
Domingo 30 de marzo de 2008
Y resultaron largas las vacaciones. La caldera asfixiante de Santiago resistió sofocones de treinta y tantos grados, todo muerto, todo gaseado en el vapor de cuerpos y otras emanaciones de sopor que hicieron eterna la temporada veraniega. El ensopado tránsito de los pasajeros y sus largas horas esperando en los paraderos acrílicos, bostezando, rumiando chuchadas porque no aparece la cabalgata del computarizado Transantiago. Alarmas que aúllan en la noche estival, durmiendo en pelotas, tapados apenas por las sábanas. ¿Quién se levanta a desconectar ese aullido del auto forzado por algún punguita en su laburo? ¿De quién será esa alarma que interrumpe algún coito caluroso? ¿Quién puede tener sexo en esta caldera humeante? ¿Quién puede escribir una crónica con los dedos pegados por el sudor? Ciertamente que las ideas se evaporan antes de volverse letras en la pantalla. ¿Quién puede ver tele y quedarse horas atontado por la programación de los canales, armando y destronando luminarias que (menos mal) duran un día? Mientras, la Presi va y viene por el asfalto quemante de la Plaza de la Constitución, elegante, con paso firme, pero con sus trajes todos parecidos. Se podría decir que una mano coliza diseña con flojera marcial el mismo atuendo con diferente color. El mismo terno femenino que lleva la Mandataria y sus ministras sin ningún atrevimiento. No faltaba más, ahora se le critica la ropa. Como si no fueran muchas las encerronas que le tiene la derecha en su agenda explosiva para este año. Como si no fueran muchas las agresiones que la bombardean por su neutra opinión en algunos temas de conflicto. Como si no se hablara tanto de ella, recibiendo, homenajeando, poniendo medallas hasta al perro cantor que pasa por La Moneda. Cosas del verano nacional que ya pasó, excentricidades y festejos a poto suelto del paisito lombriz y sus espumas veraniegas. A falta de carnaval, tuvimos el teatro en enero. Hace dos años la gente se amontonaba en las plazas y parques para ver a la Muñeca Gigante tomando helado, peinándose, tirándose un flato, y después de mover hilos y palos titiriteros, la mona tiesa se iba a dormir. Igual que la masa santiaguina que aplaudió, se agitó hasta el llanto y se fue transpirando a la casa, emocionada con este montaje de cartón que costó millones. Recién fue Morricone, avalancha de público deseoso de gozar de su orquestada filmografía que pocos conocían. Pero sólo público de corbata, ordenó el italiano, para que sus músicas tuvieran una concurrencia de gente honorable, que sólo conocía "El bueno, el malo y el feo", arribistas aburridos que se fueron antes que terminara el concierto. Cosas del verano que ya se fue, largos insomnios esperando el tsunami, el terremoto, el bombardeo de meteoritos que anuncia el apocalíptico Discovery Channel. ¿Quién puede veranear así, con el poto a dos manos esperando el maremoto? ¿Qué pobre puede ir a la piscina pública sin sentirse achunchado por su guata de pan? En Cartagena es distinto, todas las guatas cerveceras relucen abrillantadas por el sol. ¿Y qué? El verano es para eso, una gran desinhibición social para eructar el letargo pobla en las arenas calientes. El verano es para eso, un atormentado relax que dura dos meses comprando el short, la sombrilla, el libro de autoayuda, y no se te olvide el bloqueador triple X con aloe vera, porque la tele dice que el cáncer a la piel está que arde. Y el verano no pasa, se alarga hasta Semana Santa con sus 30 grados, entonces los inciensos, los santos tapados, las velas y los mea culpas en la penumbra de las iglesias fresquitas como catacumbas. Que el pescado está más caro en este país con tanto mar, que los mariscos crudos tienen plaga, que la película "Ben-Hur" la sabemos de memoria, pero igual acompaña el vía crucis desde la tele con sus cornetas romanas en este Santiago con olor a desinfectante. El verano pasó y de sopetón llegó la plaga urbana a trotar por las avenidas en su neurosis metropolitana. El verano se fue, y otra vez estamos aquí, dándole a la crónica. El verano se fue, por fin, lo predice la ventisca mentolada que revolotea la tarde. Prendo un pito para inspirarme, me dejo ir en su ácido letargo, está bueno superbueno. Quedé en blanco y no se me ocurre nada. LND
