
Domingo 30 de marzo de 2008
"Matar a todos" suena a panfleto. Una película sobre la muerte del químico de la DINA Eugenio Berríos, ocurrida en Uruguay, suena a una denuncia más de la ya demasiado larga lista de crímenes y canalladas de la época de la dictadura. Pero en realidad no es nada de eso. "Matar a todos" es una película espléndida, un thriller político entretenido y de una factura exquisita, donde la muerte de Berríos es el centro gravitatorio en torno al cual se mueve una historia mucho más amplia, mucho más fuerte, mucho más dura... la historia de una mujer que investiga el caso y descubre que la verdad puede ser mucho más díficil de aceptar.
"Matar a todos" tuvo su avant premier hace dos días en el Palacio Legislativo de Montevideo. Por primera vez, una película se daba a conocer en la sede del Parlamento de Uruguay. Y allí estaban los embajadores de Chile y Argentina, un senador y el subsecretario de Cultura chileno, la ministra de esa misma cartera uruguaya y centenares de personas más; todos ansiosos de ver el filme, coproducido por los tres países. Mientras la veía pensaba en algunos alcances curiosos. El espacio donde se proyectó, un majestuoso recinto de mármol, se llama el Salón de los Pasos Perdidos. Irónico, ¿no? En el Salón de los Pasos Perdidos, chilenos, argentinos y uruguayos juntos exponen y ven una obra que gira en torno a la muerte de Berríos. Un miembro de las fuerzas represoras que formaron la Operación Cóndor y que terminaron ejecutando a uno de los suyos, mucho después que las dictaduras habían salido del poder.
Y ahora que el caso podría estar a punto de llegar a un fallo contra tres militares uruguayos encausados y detenidos en Chile, los recuerdos de esa fea historia vuelven. Porque, para mí, Parque del Plata, Las Toscas y El Pinar no son sólo nombres. Por Las Toscas yo paseaba en bicicleta, llenando mis pulmones del aire salado del mar y del aroma de los pinos y eucaliptos. A Parque del Plata iba a jugar a un bowling donde las bolas no tenían hoyos y eran más chicas que las profesionales, y donde los pinos no los reubicaba una máquina, sino un tipo que gritaba que esperáramos un rato y no fuéramos a tirar otra bola. El Pinar quedaba a un par de cuadras de mi casa cuando vivía en Salinas. En invierno yo recorría sus médanos y bosques buscando piñas para la chimenea. Cuando Berríos fue sacado desde la comisaría de Parque del Plata donde llegó pidiendo ayuda y luego apareció muerto en El Pinar, yo ya vivía en Chile y ya estábamos en democracia. Pero, de alguna manera, la dictadura chilena había logrado salir del pasado y extenderse hasta mi tierra materna, manchando con sangre y vileza esos refugios de mi niñez y adolescencia. Súbitamente, aquellas arenas que yo había recorrido admirando su luminosa blancura se habían teñido de sangre y el viento arrastraba gritos de odio y agonía. En alguna parte, el olor del fuego y la podredumbre se imponían al de los pinos, los eucaliptos y las acacias, y esa bocanada asfixiante borraba la belleza y hablaba de muerte. Alguien, desde la oscuridad, se había robado algo que no tiene repuesto.
Esa angustia, la de sentir que los asesinos habían violado los espacios de mi infancia en Uruguay, no me abandonó nunca. Hasta ahora. Porque después de ver "Matar a todos" en ese imponente palacio de mármol siento que, después de tantos años, mi parte uruguaya y mi parte chilena se reconcilian y saldan aquella deuda. Siento que Esteban Schroeder, ese loco genial y lleno de ternura que dirigió la película, logró lo que tantos juicios, tantos jurados y tantas denuncias no habían logrado. Porque Esteban, que en esa cuenta de lo perdido sin repuesto tiene mucho, muchísimo más que mi torpe angustia, no se detuvo en Berríos ni en los milicos. Lanzó su mirada más allá, hasta Julia, una mujer que trata de saber la verdad aunque duela, y que se mueve a tientas en medio de lo incierto, como nos movimos tantos que vivimos aquellos días.
Y yo no puedo dejar de sentir orgullo. Después de todo, esta es la primera vez que se hace una película que revisita aquellos días de mierda, cuando nuestras nacientes democracias se alzaban entre boinazos, chantajes, amenazas, transiciones pactadas, impunidades a punta de pistola, justicias en la medida de lo posible y todo eso. Y que lo revisa ya no desde el panfleto, sino desde el arte, esa entelequia caprichosa y perversilla que nos embauca con su belleza y hace que finalmente, y muchas veces a pesar de nosotros mismos, nos pongamos a reflexionar. LND