
Domingo 30 de marzo de 2008
Con James Bond en Antofagasta podemos decir que, al fin, tenemos un verdadero agente secreto en Chile. Está claro que no es un tipo perfecto. Y sea con el rostro de Sean Connery, Roger Moore o David Craig, es un misógino incorregible y en más de una oportunidad se le ha visto brindando con los agentes de la CIA. Tampoco se puede obviar que los misiles alojados en el parachoques de su Aston Martin defendieron los intereses de una de las tres potencias que en el cerrado club de Yalta se repartieron el mundo a su antojo.
Pero no hay punto de comparación con los aprendices de brujo de la inteligencia nacional que durante 16 años persiguieron, torturaron y humillaron a sus compatriotas. En cambio, James Bond tiene licencia para matar a los que atentan contra la integridad de los británicos y los villanos son verdaderos cerebros del exterminio, como Goldfinger o Blofeld, de la temible organización Spectra.
Ni siquiera en los buenos modales se puede encontrar alguna remota semejanza. Mientras 007 trata de pasar inadvertido por algo es secreto , los esbirros nacionales no fueron más que una caricatura de agente, cuando con gafas oscuras circulaban aparatosamente a bordo de sus Opala por la Alameda.
Y para qué nos vamos a engañar. No es lo mismo tomarse una "piscolita" con la Maripepa Nieto que beber una copa de champaña Bollinger con Pussy Galore. Por eso, no llegan ni a las suelas de los Church's que calza el británico.
En todo caso, esta visita ha contribuido a reconsiderar nuestra visión sobre ese oficio tan particular. Luego, para los nortinos ha significado recibir una inesperada propina en dólares, aunque como están las cosas habrían caído mejor las libras esterlinas. Además, muchos chilenos ya conocen de memoria los nombres de todos los habitantes de Cobija, gracias al bombardeo mediático que se origina cada vez que a una "star" extranjera se le ocurre venir a este rincón del mundo. ¿Y para qué más podría servir la breve estadía de esta criatura de Ian Fleming?
Se nos ocurre que la Universidad Chanto Tomás debería saltar sobre la ocasión para organizar un seminario sobre "espionaje inteligente" y otorgar una beca a Dante Yutronic, que es nuestro único espía patentado.
Así aprendería a elegir cuidadosamente a sus empleadores, porque no es muy brillante ponerse al servicio de un rector que con bidones de bencina persigue a los amantes imaginarios de su pareja. Podría comprender que escuchar las conversaciones telefónicas de los sindicalistas es tan miserable como el "sapeo" de los empleados que practican algunos supervisores de supermercado. Esto no está a la altura de un profesional que se jacta de ser un sabueso de alcurnia.
Y un cursillo de refinamiento no vendría mal. Porque no es lo mismo subirse a un vagón de primera clase del Orient Express para ejecutar una misión en Estambul que trepar a los Expresos del Pacífico para viajar a El Quisco.
En la tradicional ceremonia de clausura de seminario, en lugar de entregar el clásico diploma de cartulina con bordes dorados, el profesor Bond debería premiar a los alumnos con extintores. En ciertas ocasiones, cuando se desea abortar una misión especial, pueden ser indispensables. LND