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  El cliché de innovar

Domingo 30 de marzo de 2008

Hoy en Chile, siguiendo un fenómeno mundial, todos quieren "innovar". Respirar innovación, hablar de ella, fomentarla, distribuirla, impulsarla. Definitivamente es la moda, la salida a los problemas de esta realidad globalizada que va modificando más ámbitos de nuestras vidas. Si hasta al manicero que recorre las calles con su bote de maní le aparecen hoy puestos de maní transnacionales, con todo lo que ellas traen: marketing, publicidad, etcétera. Así, casi cada empresa y negocio sobre todo en Chile, con todos sus tratados de libre comercio está bajo esta amenaza.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo sobrevivir? O, en el mejor de los casos, ¿cómo aprovechar la oportunidad y salir al mundo a ofrecer nuestros productos, servicios, cultura o ideas? Con innovación, pues. Y damos mil declaraciones de intenciones, ponemos principios y la "innovación" pasa ser un valor fundamental para sobrevivir en estos días.

Para empezar copiemos una buena idea. Vamos a lo grande y copiamos las más exitosas. A Google, a Facebook, o al innovador que la reventó. La idea en los países desarrollados es seguir una receta bien conocida y bastante en boga: se necesita armar un staff de elite, contratar a "los mejores", los que tengan el perfil adecuado para transformar nuestro proyecto en uno "innovador". Incentivar la producción de ideas de esta elite y esperar que el éxito de la innovación llegue. Normalmente, esta receta funciona en el norte del planeta. Y probablemente lo podríamos hacer aquí. Podemos conseguir buenísimos profesionales chilenos porque, aun contra la creencia nacional, en Chile tenemos profesionales muy buenos. Es sabido que los que tienen la oportunidad de salir, normalmente se destacan afuera. Así que armar buenos equipos se puede hacer.

¿Pero por qué no prenden las innovaciones nacionales? ¿Por qué, ya dedicados algunos años, no se ven grandes proyectos exitosos, más allá de los que normalmente se solían producir antes de la llegada de esta fiebre? Ni siquiera destacan proyectos de ingeniería como el Transantiago o la fusión de un banco, que habiendo partido de muy buenas ideas terminan en grandes fiascos, parchados, modificados, funcionando a medias.

El asunto parece ser que las condiciones del entorno son las que nos están fallando. ¿Por qué? Quizá por la concepción que existe en la mayor parte de nuestras economías en vías de desarrollo sobre el funcionamiento del trabajo.

Existen varios factores comunes. Primero, la concepción de jerarquía: la idea de que el jefe define el trabajo que se debe hacer, el método y con qué recursos, para luego delegar las tareas entre los subalternos. Pero como el jefe no participa de la solución, normalmente el dimensionamiento, la metodología y los recursos tienden a ser mal estimados, dando como resultado que el trabajo termina siendo mediocre, lleno de parches y muy desgastador. Entonces, quienes frecuentemente tienen la culpa son los trabajadores, su ineficiencia, la irresponsabilidad, la inutilidad de la mano de obra. Los pésimos profesionales chilenos.

Luego, bajo esta premisa de que nuestros "trabajadores del conocimiento" dejan bastante que desear, es imposible delegarles nada, porque siempre están en falta o, en el mejor de los casos, son del montón.

Sin mencionar las condiciones laborales, que normalmente son malas porque, dejándose de engaños, en Chile poco se respetan. Las empresas que realmente entregan climas laborales buenos son muy pocas, y terminamos en el paradigma de que aquí uno casi debería estar agradeciendo cuando tiene un trabajo digno, aunque no sea innovador. LND

* Ingeniero civil electrónico y máster en Telecomunicaciones.

 

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