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  Chile puede

  Chile puede

Domingo 30 de marzo de 2008

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39 kbOcurrió que los rusos, el 10 de octubre de 1957, lanzaron el primer satélite al espacio. El lanzamiento del Sputnik se convirtió en una representación de la ventaja científica de la URSS sobre Estados Unidos. El efecto político fue tremendo: el Presidente Eisenhower lanzó un programa masivo de inversión en el sistema educativo y de investigación que comprendió desde las matemáticas primarias de escuela hasta las ingenierías universitarias duras.

Todavía el 12 de abril de 1960 los rusos se veían en la delantera con la órbita geocéntrica del cosmonauta Yuri Gagarin. Como respuesta, EEUU decidió subir la apuesta y en 1961 el Presidente Kennedy establece la meta de colocar a un hombre en la Luna antes del final de la década. Una meta que involucraba transformar el aparato científico, académico y militar del país, que requería que decenas de miles de personas aprendieran a hacer no solamente cosas nuevas y difíciles, sino cosas que había que inventar y que nunca se habían hecho antes. Los astronautas serían ingenieros y atletas, los equipos humanos requerían, además de masas de científicos y técnicos, hordas de obreros calificados, oficiales de inteligencia, periodistas especializados, sicólogos, médicos, etc. La declaración de Kennedy es, para mí, una de las más revolucionarias y creativas formulaciones de política pública de la historia.

En 1964 los rusos continuaban adelante logrando cosas como la primera órbita de una tripulación múltiple y la primera caminata espacial. Sin embargo, hacia 1966 los norteamericanos se habían adelantado en la carrera al lograr el primer acople de dos naves en órbita. La culminación de la carrera es, por supuesto, el alunizaje del modulo Eagle en el Mar de la Tranquilidad, el 20 de julio de 1969, durante la misión Apolo XI. Derrotado, el programa espacial Soyuz ni siquiera intentó el viaje de un cosmonauta a la Luna y el programa Apolo terminó alunizando un total de 12 astronautas.

Lo interesante de la carrera espacial y el programa Apolo es como se logró resumir en un indicador público el avance o rezago en una carrera tecnológica que involucraba a todo el aparato académico y científico de un país. Cuantificaciones del programa Apolo nos muestran que dio empleo directo a alrededor de un cuarto de millón de personas y consumió un presupuesto equivalente al de un país pequeño. Pero lo más importante de la carrera espacial no fue eso, sino que sirvió como excusa para que EEUU transformara la totalidad de su aparato científico, escolar y universitario. Cuando los profesores enseñaban matemáticas en un colegio estaban contribuyendo a la carrera espacial, cuando los mateos del curso destacaban en una prueba estaban contribuyendo a la carrera espacial, cuando mejoraban los indicadores de enseñanza científica se estaba contribuyendo a la carrera espacial. Y, más importante aún, es que no era simple farsa propagandística. El estudiante de educación media de principios de los sesenta podría perfectamente haber terminado trabajando en los enormes equipos de ingenieros que lograron con éxito el último alunizaje con el módulo Challenger de la misión Apolo XVII diez años después. Sus esfuerzos podrían perfectamente contribuir al triunfo de su nación. Finalmente, fue todo el país el que llegó a la Luna.

Desafortunadamente, nosotros no tenemos la oportunidad de colocar ante nuestra ciudadanía un objetivo de logro tecnológico tan visible y con efectos tan positivos como el viaje a la Luna. Pero lo que sí tenemos en común con los estadounidenses antes del programa Apolo es que estamos partiendo de atrás, estamos perdiendo la carrera. Nuestro país logra puntajes consistentemente inferiores a los esperables en las pruebas comparativas internacionales de educación. Si uno dibuja un gráfico con nuestros puntajes, junto con una línea que representa cuáles debieran ser a diferentes niveles de desarrollo, observa que estamos sustancialmente por debajo de la curva. Estamos atrás en la carrera espacial. La carrera por el espacio de la creación y la innovación, la ciencia y el arte, las ideas y la lógica. La carrera del futuro.

El bicentenario de independencia que vamos a celebrar está demasiado cerca. Por ende, propongo usar como referencia el bicentenario de nuestra verdadera independencia: el bicentenario de la Patria Nueva, el 12 de febrero de 2018. Propongo que este país se coloque como objetivo lograr, para esa fecha el aniversario 201 de la batalla de Chacabuco , alcanzar, por ejemplo, los indicadores de calidad en educación y de alfabetismo funcional adulto del promedio de los países de la OCDE.

Un objetivo nacional como éste tendría que monitorearse año a año, con indicadores visibles para la población y comparables internacionalmente. Los ministros involucrados tendrían que dar cuentas públicas de la evolución de nuestro desempeño en las pruebas, de nuestros logros en las olimpíadas de matemáticas, de los indicadores de lectura entre la población adulta, etc. Tal como ocurrió en EEUU luego del vuelo del Sputnik, esto requeriría un esfuerzo gigantesco del Estado, no sólo en recursos, sino en reforma del sistema educativo entero: desde el sistema escolar y preescolar, pasando por la nivelación de estudios adulta, el sistema de capacitación de trabajadores, a las universidades. Pero lo más importante es que una meta como ésta, adecuadamente formulada, podría movilizar un país. No habría manera de lograrla sin el esfuerzo cotidiano y persistente de la ciudadanía. Cada padre que nivele estudios para apoyar a sus hijos en las tareas estaría contribuyendo, cada profesor, cada funcionario público, cada estudiante que decida levantarse más temprano o quedarse hasta un poco más tarde para aperrar, cada sostenedor, cada mentor.

Cuando Aldrin y Armstrong pisaron la Luna en 1969, el Presidente de EEUU era el infame Richard Nixon. La historia no lo recuerda como alguien relacionado con ese evento. No, la historia recuerda a Kennedy como el Presidente que mandó a dos hombres a las apacibles arenas del Mar de la Tranquilidad. Fue él quien tuvo la visión de convertir una carrera romántica hacia el espacio en una oportunidad para generar una causa colectiva e inclusiva de excelencia nacional, de construcción de una cultura científica e intelectual, y de creación de una sociedad de universidades, intelectuales y atletas.

¿Quién será el líder de nuestro país que nos lance en una tarea similar? LND

* Académico del Departamento de Economía y director de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Chile. En la actualidad es el secretario ejecutivo del Consejo Asesor Presidencial Trabajo y Equidad.

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