
Domingo 6 de abril de 2008
Si algo tan privado e íntimo como el sexo termina siempre debatiéndose públicamente es simplemente porque lo que pasa debajo de las sábanas es parte del voraz y mercenario contexto económico y político mundial.
Obviamente, Chile no está exento de este hecho, pero la diferencia con el resto del mundo es que aquí, aunque se habla demasiado de sexo, siempre terminamos atascados entre la hipocresía y la tragedia de nuestras propias obsesiones sexuales.
Me parece fantástico el nuevo intento de la Alianza por imponer su modelo victoriano, su mojigatería sin disfraz, y su clasismo (el 100% de los anticonceptivos entregados por el sector público están compuestos por el satánico Levonorgestrel, y mientras en el quintil más pobre una de cada cinco menores de 20 años es madre, en el quintil más acomodado, una de cada 30 tiene un hijo).
Es notable que la Alianza siga entorpeciendo los derechos sexuales y reproductivos de la población, ya que deja en evidencia la voluntad que la mueve, su interés por la censura, la prohibición, la denegación del placer y todo lo que no sea compatible con una dedicación intensiva y exclusiva al trabajo y la oración.
Me es sumamente gratificante que apoyen causas tan groseras e indecentes, y que a través de éstas pretendan imponer su ley donde el sexo simplemente por placer no tiene sitio.
La impugnación de la píldora del día después, los dispositivos intrauterinos, el método Yuste y la entrega de anticonceptivos a menores de 18 años, anticipan lo que podría pasar con nuestra libertad futura ante una arremetida electoral de la Alianza, ya que demuestran, una vez más, cómo la represión está profundamente anclada en sus huestes, que tienden a convertir el goce en la raíz de todos los males (pecados).
Con esta arremetida queda claro de qué forma y a través de qué discursos la derecha pretende imponer su poder hasta en las conductas más individuales, infiltrándose y controlando el placer más cotidiano, rechazando y descalificando cualquier forma que se oponga a sus preceptos victorianos.