
Domingo 6 de abril de 2008
En medio de tantas idas y vueltas artificiosas, de espectáculos lamentables y exhibiciones gratuitas, de insignificancias elevadas a la condición sospechosa de cuestiones sustantivas, de pronto algo sólido y consistente cruza el aire como un rayo.
Una decisión del Tribunal Constitucional, relativa a la píldora del día después, nos llega a todos y al hueso porque, sin más rodeos, nos coloca frente a una colisión valórica respecto de la cual todavía no tenemos, como país, la entereza moral de enfrentar con las ventanas abiertas, haciendo circular el aire.
Dicho de una buena vez, necesitamos sacar este tema del ambiente enrarecido de las influencias subterráneas y las presiones fácticas invisibles.
El asunto tiene que ver, simplemente, con la voluntad de permitir que las personas tomen sus propias decisiones en todo lo que las afecta, se trate de sus cuerpos o de sus mentes. Y que, por consiguiente, nadie se autodesigne como administrador de las voluntades ajenas.
Lo característico de este estilo de dictar cátedras morales es que, curiosamente, busca las referencias fuera de las propias comunidades humanas lejos de ellas, en verdad y las hallan en alguna entidad superior, puesta por encima de cualquier voluntad humana, entidad que dicta lo que las personas deben o no deben hacer.
Lo más pretencioso de este estilo moralizante es que asegura tener comunicación directa con esa instancia superior y, a continuación, afirma representarla y transmitir sus designios sin asomo de ambigüedad.
Por el contrario, quienes defienden el derecho a decidir respecto de sus propios cuerpos obtienen sus referencias sólo de sus propias experiencias y hablan desde ellas. No pretenden hablar en nombre de otras entidades. Hablan, en suma, por sí mismas.
Enquistados en zonas formales de influencia por razones que sólo la historia puede explicar, cada vez que pueden, los moralistas autodesignados propinan golpes de impecable jurisprudencia y correcta doctrina religiosa para torcer la voluntad de las personas que sólo hablan por sí mismas. Así, insisten en hablar por otros y decidir nuestras vidas.
Lo decía Michel de Montaigne, refiriéndose a los que se autodesignan en materia de pronunciamientos morales: "Siempre he visto estas dos cosas mezcladas, las opiniones súper celestes y las costumbres subterráneas".
*Filósofo