
Martes 29 de abril de 2008
Las técnicas digitales son ideales para almacenar la información: compacidad, ahorro de espacio, facilidad de las investigaciones, comunicación a distancia casi instantánea, copiado casi sin costos y estrictamente idéntico, etc. Ya no es sorprendente que la memoria de la humanidad se haya vuelto cada vez más digital, que concierna la información administrativa, artística, médica, científica. Y sin embargo, lo digital es un coloso con memoria de barro: olvida la información con una rapidez insospechada por la mayoría de nuestros contemporáneos. Ninguna razón fundamental para ello, si no es por la negligencia de nuestra sociedad en desarrollar tecnologías adaptadas.
Cada uno sabe que la evolución constante de los formatos de escritura y de los lectores digitales, el cambio de estándares hace que, rápidamente, se vuelve imposible procurarse el material necesario para la lectura de una grabación antigua. Un ejemplo es la desaparición casi total del formato DAT, siendo que dominó la grabación de sonido durante años.
Pero hay ejemplos aún más graves: los soportes sobre los cuales está inscrita la información digital son constantemente roídos desde adentro por el tiempo; incluso si conserváramos todo lo necesario para leerlos, la información desaparecería igual de inexorablemente. Las bandas magnéticas envejecen en una decena de años, y la única manera de conservar las informaciones es copiarlas de nuevo en una cinta más nueva, etc. ad infinitum. Es lo que hacen las grandes bibliotecas para conservar sus datos; pero si la copia es olvidada durante un cierto tiempo, todo está perdido. Los discos duros, por su lado, se apoyan en un principio físico un poco análogo de las cintas magnéticas: si su rapidez de acceso es innegable, para la longevidad no son para nada mejores. De hecho, nunca, en toda su historia, la humanidad ha empleado técnicas tan inestables para registrar sus datos.
Para siempre
¿Y los CD regrabables?, dirán. ¿No vimos hace algunos años la promesa de "Grabe en CD-R sus fotos para la eternidad?". Una publicidad de lo más mentirosa puesto que, en los hechos, muchos CD grabables tienen una vida útil de sólo algunos años. A veces se cita un promedio de cerca de cinco años, con enormes fluctuaciones: algunos CD-R se vuelven ilegible en uno o dos años, otros sobrepasan los diez años.
¿Y donde está la longevidad de las fotos tradicionales en papel? Para los DVD grabable, no es nada mejor. En cuanto a la nueva generación de los DVD de alta definición, ninguno de los grandes estándares (HD-DVD y Blu-Ray) fue especialmente concebido para resistir al paso del tiempo. Bajo a la presión comercial, la única cosa que prima es la densidad de información; como siempre, la longevidad fue "olvidada".
Se puede temer en algunos años grandes dificultades en muchos ámbitos de la actividad humana si el problema no es tomado por las astas cuando aún es tiempo. La humanidad pierde la memoria.
Sin embargo, nada en el aspecto técnico impide imaginar discos ópticos digitales que tengan una buena estabilidad. Se puede incluso soñar con la aparición de un "estándar de larga duración" de soporte digital óptico del cual, se puede pensar, los clientes públicos y privados serían numerosos. Para ello sólo es necesario un estándar lo suficientemente abierto y precios razonable, lo que no es el caso de algunos intentos aislados en ese sentido (discos UDO por ejemplo). Los escasos CD-R "archivo" ofrecidos en el mercado no han sido objeto de controles independientes. No sólo ese estándar no existe de momento sino, peor aún, nada nos asegura que esté emergiendo.
Hasta el momento, lo que a los fabricantes de soportes de grabación y de lectura parece haber sido la capacidad de almacenamiento y la velocidad de grabación. Por sí solas, las fuerzas del mercado parecen incapaces de desarrollar un soporte de grabación que tome en cuenta la necesidad imperiosa de una conservación a largo plazo, comparable a la de un documento escrito sobre papel (algunos siglos). La única posibilidad de progresar en ese ámbito parece ser entonces que los poderes públicos tomen la iniciativa para estimular una acción.
El tema no es especialmente difícil en el plano técnico, sobre todo si se le compara con otros desafíos tecnológicos de las sociedades actuales. Los pocos laboratorios públicos que muestran interés en ese problema chocan con el hecho que no es considerado como prioritario. Si se quiere que las fuerzas de los sectores público y privado se alíen al fin en ese expediente urgente, es necesaria una toma de conciencia del público general. Cada uno debe comprender lo que está en juego, y que no se esperen diez o veinte años para constatar que los testimonios de una generación han desaparecido. Los propios investigadores deben preocuparse por ello, ellos que acumulan tantos datos que conviene conservar, por ejemplo los de los grandes aceleradores de partículas cuyo precio es enorme y que nadie desea perder. Esperemos que el problema no será dejado en el congelador por más tiempo!
Le Monde
The New York Times Syndicate