Inicio » Mundo

  Reflujo democrático en la ex Unión Soviética

  Reflujo democrático en la ex Unión Soviética

  Las movilizaciones populares de rechazo al modelo autoritario de ejercicio del poder que se produjeron hace unos años en los antiguos territorios de la hoy extinta URSS han dado paso a inquietantes signos de autocracia. ¿Se trata de una vuelta al pasado o de un progresivo proceso de asimilación?.

Sábado 3 de mayo de 2008

Los optimistas tienen bastante mérito cuando se asoman al antiguo espacio soviético.

Después de la "revolución de las rosas" en Georgia a fines de 2003 y la "revolución naranja" en Ucrania a fines de 2004, la idea de una marejada democrática que vendría a sumergir los restos del mundo antiguo y sus elites conoció un abierto éxito. No obstante, desde hace algunos meses, una serie de escrutinios organizados en esta zona trajo a la luz una tendencia inversa: un reflujo democrático.

No tiene en todas partes la misma gravedad. En Georgia, pequeño país en auge espectacular que tiende hacia la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), podemos mencionar simples señales de alerta.

En Rusia, asistimos al triste espectáculo de una democracia vaciada de su sustancia, convertida no en la expresión de una opción popular (lo que fue de manera muy parcial bajo Boris Yeltsin) sino en la validación estrictamente formal del poder establecido. Cada país difiere en sus relaciones de fuerza interiores o su nivel de desarrollo, pero es posible distinguir un esquema común.

El poder saliente explota todos los recursos administrativos para promover a su candidato, postulando sólo la continuidad de las reformas emprendidas, en contraste con el período anterior, ennegrecido a trazos gruesos; sus adversarios de la oposición encuentran obstáculos (a veces insuperables) durante los procedimientos de inscripción, luego en sus campañas; los medios públicos aseguran a coro la comunicación del régimen; la oposición denuncia las presiones sobre los electores, las violaciones del código electoral.

Casos concretos

En Georgia y Armenia, el poder ha sido acusado de haber privado al pueblo de una segunda vuelta electoral al proclamar su victoria por un estrecho margen en la primera vuelta, lo que alimenta las sospechas. Luego, después de la votación, la expresión popular cuestionó en la calle la legitimidad de las urnas. Otro punto en común: en esos dos países, el poder ha recurrido a la violencia policial, llegando incluso a instaurar el estado de sitio, a pesar de las críticas de la comunidad internacional.

En Georgia, el 7 de noviembre de 2007, la policía empleó gas lacrimógeno y balas de caucho contra los manifestantes en Tbilisi y tomó a la fuerza la cadena de televisión privada de oposición Imedi.

El régimen adujo una tentativa de golpe de Estado financiada por el hombre de negocios Badri Patarkatsichvili, fallecido el 12 de febrero. Mikhail Saakachvili optó en seguida por provocar una elección anticipada con el fin de legitimar nuevamente su poder. La oposición denunció entonces una campaña desequilibrada y después una falsificación de la elección presidencial del 5 de enero.

En Armenia, los actos violentos y el estado de emergencia tuvieron lugar después de la votación. Al día siguiente del escrutinio del 19 de febrero, el ex Presidente Levon Ter Petrossian, prolongó el cuestionamiento en las calles de Erevan, convocando a sus partidarios a denunciar la victoria del Primer Ministro Serge Sarkissian.

El 1 de marzo, al cabo de 10 días de manifestaciones, el Presidente Robert Kotcharian ordenó a las fuerzas del orden dispersar a la muchedumbre, denunciando también en ésta una desestabilización urdida para provocar una "revolución de color". Ocho personas, entre ellas un policía, murieron en enfrentamientos muy violentos.

En Asia Central, la mayoría de los regímenes parecen haberse congelado desde hace años. En Uzbekistán, la reelección de Islam Karimov el 23 de diciembre de 2007 sólo sirvió para confirmar un poder dictatorial. Hasta Kirguistán parece orientarse a la pendiente autoritaria.

Pero la peor regresión de la zona de la ex URSS proviene de Rusia. La elección parlamentaria del 2 de diciembre de 2007 y la presidencial del 2 de marzo ofrecieron el espectáculo de una especie de "aldea Potemkin", en la que no creen ni sus constructores, ni sus habitantes, ni sus visitantes.

El 31 de diciembre de 1999, inaugurando un proceso casi feudal de transmisión del poder, Yeltsin había cedido su sitio a su Primer Ministro Vladimir Putin. Esta vez, este último deja su despacho del Kremlin a Dimitri Medvedev. En ese sistema, criticar al poder equivale a ser su enemigo. Toda contradicción es un desafío lanzado a las autoridades, que utilizan todos los medios para extinguirla o dejan a celosos afiliados que se encarguen de ella.

A eso se agrega, en Rusia, una especificidad del régimen, cultivada tras las "revoluciones de color": su paranoia respecto de occidente, el que buscaría comprometer la rehabilitación del país y sostener a una oposición sin embargo residual.

Maduración lenta

Los países occidentales se encuentran ante una ecuación compleja. Ese reflujo democrático afecta tanto a Rusia, gran potencia sobre armada, rica en envidiable recursos naturales, como a pequeños países de emplazamiento estratégico, como Armenia y Georgia. Estos últimos deben ser respaldados en la vía de las reformas y la emancipación de la tutela rusa.

De allí el sentimiento, expresado por Moscú, de una política de doble estándar aplicada por los observadores internacionales de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), los que serían despiadados con Rusia, pero demasiado blandos con sus antiguos vasallos. Es cierto que la ambigüedad de sus misiones quedó a la vista durante los últimos escrutinios. La organización se equilibra entre su trabajo técnico de observación y una lectura política. ¿Cuál es la proporción aceptable de violaciones? ¿Debe variar en función de los países y los dirigentes?

A menudo aparecen dos posiciones extremas en la percepción occidental de la democracia en esas antiguas comarcas soviéticas. La primera consiste en presentarla como una prescripción médica de la que bastaría con respetar todas las indicaciones; de allí los yerros de los años '90, especialmente en Rusia, donde se prefirió firmar cheques en blanco sin preocuparse del acompañamiento de las reformas económicas y de la formación de las elites post-soviéticas.

La segunda posición, nacida bajo la era Putin, pretende que, después de todo, esas poblaciones no tienen las mismas necesidades y que, en vista de su historia llena de furor y de sangre, les es difícil vivir sin una guía autoritaria.

El espíritu democrático no es innato; el aprendizaje de la libertad y de la responsabilidad política es una maduración lenta. Dado que, en la ex URSS, la democracia se asocia al caos de los años '90 o bien al juego formal de roles practicado hoy, no es para nada sorprendente constatar el poco apetito actual de las poblaciones. Ellas anhelaban mucho más las libertades que aseguraran el bienestar material que las libertades políticas. Llenar ese déficit exigirá tiempo. Más que el sueño de una democracia inmaculada, podemos esperar que el porvenir estará marcado por la afirmación del derecho en detrimento de la fuerza.

La Nación

Agustinas 1269 Casilla 81-D Santiago
Teléfono: 562+787 01 00
Fax: 562+698 10 59

Director Responsable: Álvaro Medina J.
Representante Legal: Francisco Feres Nazarala

© Empresa Periodistica La Nación S.A.
Registro 136.898 - Se prohibe toda reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio.