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  La revolución conservadora

  La revolución conservadora

  Las elecciones locales del jueves fueron un humillante castigo al Gobierno laborista y un posible anticipo de su salida del poder en 2010. Los renovados conservadores barrieron en Inglaterra y Gales y se apoderaron -por primera vez desde su instauración- del gobierno de la ciudad de Londres.

Domingo 4 de mayo de 2008

Fue el primer indicio cierto, la confirmación inicial de una amenazante marea que podría hundir en los próximos dos años al tambaleante Gobierno del Primer Ministro laborista Gordon Brown. El pasado jueves, 1 de mayo, se renovaron cerca de cuatro mil cargos en 159 distritos municipales en toda Inglaterra y Gales, además de la alcaldía de Londres el cargo elegido por sufragio universal directo más visible e importante del Reino Unido y la Asamblea de la capital británica.

Los resultados no dejaron margen a las especulaciones. En el característico tono eufemístico al que recurren los políticos cuando se ven enfrentados a escenarios adversos, el Premier Gordon Brown calificó la noche de recuentos como "decepcionante" para el laborismo, asociándola a una coyuntura económica supuestamente deprimida. Pero lo cierto es que se trató de la peor paliza electoral infligida a la centroizquierda en los últimos 40 años; según las proyecciones nacionales que se manejaban al cierre de esta edición, los conservadores o tories obtuvieron un 44% de las preferencias (su porcentaje más alto desde 1992); los liberales demócratas, un 25% (actualmente más próximos a los tories, su desempeño estuvo un punto porcentual por debajo de sus resultados en mayo de 2007), y desplazados a un humillante tercer lugar, los laboristas, con un escuálido 24% de los sufragios, muy lejos de su máximo histórico de 46% en mayo de 1995. La derrota del Labour Party alcanzó incluso a sus tradicionales bastiones en las ciudades industriales del norte inglés.

¿Son estos resultados una señal del inminente regreso al poder de la derecha británica tradicional? No exactamente, dice el analista Tony Travers, de la prestigiosa London School of Economics. "Los actuales conservadores son social y económicamente más progresistas que el resto de los partidos de derecha europeos. [El líder tory] David Cameron se sitúa a la izquierda de [el Presidente francés] Sarkozy y [el Premier italiano) Berlusconi, muy a la izquierda de Margaret Thatcher y más próximo a [la Canciller alemana] Angela Merkel. Estos jóvenes conservadores tienen una visión social-liberal del capitalismo anglosajón. Centristas no reaccionarios, comparten intelectualmente la visión de la vieja guardia tory sobre los problemas sociales, pero sin ser represivos", señala.

La batalla de Londres

En ningún lugar este recambio generacional conservador resultó más evidente que en la cerrada lucha por la alcaldía de la mayor capital de Europa, enfrentamiento que adquirió ribetes altamente simbólicos. Estaba en juego la adhesión de más de siete millones de votantes inscritos y el control del gobierno en una ciudad cuyo presupuesto municipal anual supera los 21 mil millones de dólares, y que se ha erigido en uno de los mayores centros financieros globales.

Pese al listado oficial de diez candidatos, entre los que se incluía el abanderado ultraderechista del British National Party y el aspirante de los Verdes, desde el primer día de campaña la confrontación real se estableció entre el alcalde saliente, el laborista de 62 años Ken Livingstone más conocido como "Ken el Rojo" por sus pasadas simpatías trotskistas, y autor de una auténtica revolución del sistema de transporte londinense , y el excéntrico y mediático candidato conservador Boris Johnson, de 43 años, parlamentario, periodista brillante y producto de su irreverente y cáustico sentido del humor un provocador profesional al que sus adversarios apodan "El bufón".

Las diferencias programáticas de ambos candidatos no eran ni mucho menos sustanciales, por lo que la batalla se trasladó rápidamente al terreno de las personalidades. Todo quedó reducido a la frase "Ken versus Boris"; así, designándolos sólo por sus nombres propios, como corresponde a personalidades del espectáculo más que a figuras políticas, el público y los medios se deleitaron con el fuego cruzado de intempestivas declaraciones y epítetos más o menos escandalosos o incendiarios.

El tiro de gracia al laborismo llegó cerca de la medianoche local del viernes, cuando finalizó el complejo proceso de recuento electrónico en Londres. Cada voto incluía dos opciones, la segunda de las cuales fue considerada al no registrarse mayoría absoluta, con lo que se escrutaron dos vueltas en una sola votación. Y gran parte de los votos que en primera opción habían sido para el candidato liberal demócrata Brian Paddick, ex funcionario policial y defensor de la minoría homosexual, terminaron por favorecer a Johnson, que triunfó en una apretada justa con un total de 1.168.738 votos (primeras y segundas preferencias) sobre Livingstone, que totalizó 1.028.966 sufragios.

Pese a que fue elegido entre las filas conservadoras debido a su gran perfil mediático con el claro objetivo de contrarrestar el aura pública de Livingstone , son muchos en su propio partido los que habrían preferido que Johnson sufriera una derrota "honorable" en las elecciones a la alcaldía de Londres. No por nada el mismísimo gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, ha dicho de él que "anda dando tumbos por todas partes". Es que, pese a ser una figura sobresaliente, Johnson no ha destacado en su carrera política y periodística precisamente por sus grandes capacidades administrativas. Todo lo contrario: sus amigos destacan que carece de todo sentido práctico. Y si llega a fallar como alcalde de Londres, el gran perjudicado sería el Partido Conservador, de cara a las elecciones generales del 2010. Es que hay que cuidarse de un tipo capaz de lanzarle al público: "¡Vote tory, su mujer tendrá las tetas más grandes!".

Así las cosas, cabe preguntarse quién es realmente Boris Johnson.

La estrategia del payaso

Su verdadero nombre es Alexander Boris de Pfeffel Johnson. Lo de Boris le viene porque sus padres con un sentido del humor no menor al suyo agregaron ese nombre para agradecer al ruso homónimo que en 1964 les pagó un pasaje aéreo de urgencia desde Ciudad de México a la maternidad en Nueva York. Fuera de la pantalla televisiva y la vida pública, Boris es "Al", con ascendencia turca, suiza, judía y francesa. Y su segunda mujer, con la que ha tenido cuatro hijos, es en parte india. Pero pese a todos estos antecedentes, Johnson es un británico de tomo y lomo, un conservador jovial atento a la defensa de los valores tradicionales de la Corona y amante de la caza de zorros con corno aunque extrañamente liberal respecto a sus propias costumbres , antiestatista, atlantista y liberal en temas económicos.

Como no podía ser de otra manera, el joven Boris estudió en Oxford. Más debido a su notable inteligencia que a su talante perezoso, egresó de Lenguas Clásicas. Antes de eso había estudiado en Eton, el colegio reservado a la elite (los únicos que pueden pagar los 24 millones de pesos chilenos anuales que cuesta educarse en el establecimiento). Su padre, Stanley Johnson, ex funcionario del Banco Mundial y parlamentario tory en Bruselas, explica con infaltable humor que "Eton estaba cerca del aeropuerto, era práctico". Claro, sobre todo si se está divorciado y hay que viajar por todo el mundo.

En Bruselas, Boris Johnson comenzó a destacar como periodista. Luego de ser despedido de "The Times" por inventar una cita en un artículo, el diario conservador "Daily Telegraph" lo designó en 1989 como corresponsal en la sede de la Unión Europea, desde donde envió satíricos despachos referidos a abstrusas normativas comunitarias sobre el tamaño obligatorio de las salchichas o el grado de curvatura de los plátanos. Por supuesto, hizo las delicias del conservadurismo británico antieuropeo, e incluso sacó risas entre muchos proeuropeos. Poco a poco, Boris se convirtió en una estrella polémica y a veces de gusto dudoso, como cuando en un artículo describió a Portsmouth como una ciudad "llena de drogados, de obesos, de buenos para nada y de diputados laboristas". Pero es una estrella.

En 1999 fue designado como director del semanario "The Spectator", puesto considerado como un trampolín para acceder a los altos cargos del Partido Conservador. Elegido diputado por Henley-on-Thames, cerca de Oxford, ingresa al gabinete tory "en las sombras" como secretario de Cultura. De allí fue expulsado rápidamente debido a una excesivamente publicitada aventura extraconyugal. Pero nada de eso importó, porque con su característica y desordenada cabellera rubia platinada y sus desplazamientos en bicicleta por Londres, Johnson se convirtió en invitado habitual de los talk shows televisivos y figura mediática, lo que le valió la candidatura como alcalde de Londres.

Ya en el gobierno de una de las ciudades más importantes y observadas del mundo, el futuro desempeño del alcalde Boris Johnson sigue siendo una incógnita. Aunque el partido le impuso un experto comunicacional y político especialmente venido de Australia, lo que logró controlar sus habituales salidas de madre durante la campaña, los resultados apenas son perceptibles hasta ahora. Quizás, como advierte su hermana Rachel, "hacerse el payaso es una estrategia. Boris aprendió eso de Churchill: farfullar primero como un ebrio, para luego tomar por sorpresa a sus adversarios". LND

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