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  La derecha y su caos estratégico

  La derecha y su caos estratégico

Domingo 4 de mayo de 2008

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51 kbEs comprensible y más o menos habitual que al seno de una coalición de partidos opositores se den debates y discrepancias en torno a las estrategias de poder para acceder al control del Gobierno. Pero lo que está ocurriendo en la derecha chilena rompe ese marco normal y entendible de desavenencias y polémicas.

Hasta hace poco, las discusiones sobre esta materia parecían haberse limitado y concentrado, de un lado, en la tesis del desalojo y, de otro, en una visión estratégica más llana a los diálogos y acuerdos, aunque sin renunciar por entero a un tono opositor áspero y puntualmente confrontacional. En el fondo, la derecha se venía aproximando a un esquema único y compartido, puesto que entre la estrategia del "desalojo" y una más propensa a la interlocución se abre un arco de posibilidades para implementar políticas manejables de manera complementaria. Máxime teniendo en cuenta el nuevo cuadro de relaciones de fuerzas parlamentarias.

Pero en los últimos días paradójicamente, después de sucesivos golpes políticos asestados al Gobierno lo que se observa en la derecha es una suerte de caos estratégico o, a lo menos, una suerte de prolífico engendramiento de ideas que apuntan a revisar y rectificar sus movimientos en pos de las dos próximas elecciones.

En efecto, la tesis del desalojo, si bien siempre tuvo detractores públicos, éstos se han acrecentado y han aguzado sus reparos después del "caso Provoste" y después de lo sucedido socialmente con el fallo del Tribunal Constitucional contra la píldora del día después.

El presidente de la UDI, senador Hernán Larraín, ha tirado a la palestra un nuevo titular "nuevo consenso" para una nueva estrategia. En resumen, se trata de una convocatoria para la fundación de un gran frente anti Concertación, y con un programa muy mínimo y modesto: contra la corrupción, la mala gestión, etc. Por supuesto que tal frente tendría como base a la Alianza y a los lotes escindidos de la Concertación.

A primera vista, eso no difiere mucho de lo que ha venido planteando Andrés Allamand. Pero sí hay una gran diferencia. Lo que Allamand visualiza es la conformación de una nueva centro-derecha, presumiendo que con el dueto Flores - Schaulsohn y con los colorines la derecha puede encontrar puntos de coincidencias de orden doctrinario y programático.

Por otra parte, el senador Jovino Novoa, uno de los ortodoxos más consecuentes de la UDI, poco cree en grandes recomposiciones, y aboga por avanzar sólo en pactos electorales con ChilePrimero y con el senador Adolfo Zaldívar, avances que, además, sugiere que se hagan muy paulatinamente.

Ninguno de estos aprontes estratégicos son bien aceptados por dos de las figuras más poderosas de la UDI: Joaquín Lavín y el senador Pablo Longueira. Ambos mantienen miradas políticas más audaces y que obedecen en lo sustantivo a la ambición de representar a la derecha a través de un partido popular.

Y entre todas estas apuestas estratégicas está la de Sebastián Piñera que, a esta altura de la vida, es la que menos pesa y la que más se ha desdibujado.

Esta diseminación de opciones estratégicas por supuesto que tiene muchas causas, que van desde cuestiones que atañen a diferencias intelectuales profundas hasta las eternas pugnas por menudencias personalistas a las que son tan aficionados los liderazgos de derecha.

De estas causas aquí importa destacar dos que son, probablemente, las que más participan en este caos estratégico coyuntural. Ambas tienen en común, a su vez, el estar originadas fundamentalmente en autoentrampamientos.

La derecha se entrampó en las dinámicas que implican la discursividad y la práctica de la tesis del desalojo. Con su discurso político-ideológico, Allamand captó el alma del núcleo más arquetípico de la derecha criolla y le entregó herramientas ideológicas, discursivas y políticas para salir de su relativo ostracismo y para reactivar sus poderosas fuentes de poder fáctico (que él conoce bastante bien). Allamand despertó el monstruo impolítico que subyace siempre en el cuerpo sociocultural de la derecha. Pero, además de despertarlo, le ofreció un verbo cargado de odiosidad; el tipo de verbo adecuado para entusiasmarlo y activarlo.

Las presiones que ejercerá ese cuerpo sociocultural ancestral de la derecha para proseguir por la senda del desalojo serán uno de los desafíos más difíciles para los liderazgos que aspiren a fraguar otra estrategia.

Y el segundo entrampamiento proviene de las alianzas que han establecido y que buscan fortalecer con las escisiones del concertacionismo. Ello es una trampa, primero porque están girando demasiados cheques a una cuenta de pocos fondos. Y, segundo, porque esos grupos están impelidos, por una "ley de hierro", a conducirse en los lineamientos del desalojo.

En definitiva, el desalojo es factual e inercialmente la tendencia que se impone en la derecha. Los sectores y liderazgos que en verdad quieran enmendarla habrán de vérselas con fracciones poderosas de sus propios mundos y con las facticidades de su poder. Y, seguramente, también tendrán que lidiar con Flores, Schaulsohn y Zaldívar. Ahí, tal vez, recién detecten los cachos que se compraron. LND

Publicado con autorización del Centro de Estudios Sociales Avance (www.centroavance.cl).

 

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