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  Con alma por dos votos

  Con alma por dos votos

Domingo 4 de mayo de 2008

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21 kbNos parece adecuado en estos días, tan apretados para la libertad íntima de la mujer chilena, traer a la memoria una abierta y clara reflexión hecha por la anarquista española Belén de Sárraga, de visita en nuestro país allá por 1913. Entonces, y en el contexto de una charla que dictó en Santiago, la luchadora social recordó que fue en el Concilio de Nicea donde se determinó si las mujeres tenían alma o no la tenían. Y que por dos míseros votos se resolvió que las féminas sí poseían ese resbaloso fluido. Ese humillo invisible que tanto deben cuidar los creyentes para disfrutar de la inmortalidad. Y, con razón, apuntaba luego la brava vasca, hubiera bastado que cualquiera de los dos votantes estuviera impedido de votar malitos de la guata, con resaca, agripado o lo que fuera , imaginamos, para dejar a las mujeres sin esa preciosa e impalpable esencia que supuestamente flotará eternamente entre el éter de los purgatorios y los infiernos y los paraísos de la felicidad sin fin. Pareciera que no quedaron muy conformes muchos con este reñido y resultado electoral. Y que tampoco lo están hasta el día de hoy. Es profundamente misógina la cultura cristiana. Tanto que la ley canónica prohíbe a los sacerdotes católicos compartir con las chicas la misma cama, amarlas carnalmente, preñarlas, escuchar sus quejas, disfrutar sus arrumacos y soportar sus períodos menstruales. En todas las expresiones cristianas rezuma una profunda sospecha hacia las hijas de Eva. Es un hecho que el cristiano desprecio a la mujer no fue derrotado por ese pobre par de votos de Nicea. Para San Ambrosio, "la mujer es la puerta del infierno", mientras San Agustín afirmaba: "La mujer no puede enseñar, no puede juzgar ni ser testigo". Otro preclaro varón de la Iglesia, el abate Gaón, nos asegura por ahí que "el infierno está enlosado con lenguas de mujeres". La cuestión es vieja. Se arrastra junto con la culebra del Edén que tentó a la primera de todas las mujeres, condenándonos a habitar este valle de lágrimas. A ganar el pan con el sudor de la frente. A vivir con ropa, lejos de esos huertos de promisión cargados de mangos, guayabas y guineos maduros. En largas y blancas noches de insomnio hemos contado que de los tres mil nombres propios que aparecen en toda la Biblia, 2.830 (94,3%) son de hombres y sólo 170 (5,7%) son nombres femeninos. Una santita por aquí y otra por allá son golondrinas que no hacen verano. Lo central sigue en pie: las mujeres tienen alma por un chiripazo. Y tercamente han sido excluidas de la historia católica. De la jerarquía y del ejercicio sacerdotal. ¿Qué propiedad pueden tener sobre sus cuerpos estos seres de segunda, que se salvaron de ser unas desalmadas sólo por dos votos en el cónclave convocado por el emperador Constantino? ¿Decidir cuándo se embarazarán? ¿Si tendrán o no al ser que les instaló en el vientre? Ni hablar. Y es esta ideología, tan ligada desde siempre al poder terreno y sus pompas, la que lleva a algunos laicos insustanciales (no sé por qué pienso en el Peta Fernández) a hacerse eco de esos murmullos bizantinos. Las creyentes, pues bien, allá ellas. Que bajen la cabeza cubierta con un velo de encaje en sus parroquias y hagan lo que les señale, con manzanitas, el padre párroco. Tienen alma casi por cueva, así que se lo aguanten. Pero hasta ahí. La gran Belén de Sárraga no daría crédito a sus ojos. Desde que vino a Chile, hace 105 años, para las mujeres todo ha retrocedido. LND

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