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  Luces y sombras de Shanghai

  Luces y sombras de Shanghai

Domingo 4 de mayo de 2008

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25 kbEl buque zarpa desde el Bund, la costanera que recorre Shanghai, para tomar su curso por el río Huangpu con dirección al gran Yangtze, que es para China lo que el Mississippi es para Estados Unidos. Es mi tercera visita a la región y jamás he visto, en ninguna parte, semejante intervención humana sobre el entorno. Hace algunas décadas, la ribera opuesta al Bund era un territorio despoblado. Hoy se levanta el equivalente a una enorme nueva ciudad en el distrito de Pudong, donde se concluye la construcción del edificio más alto del país, de casi 500 metros de altura, y se encuentra la torrre de telecomunicaciones que se ha convertido en el símbolo de la ciudad.

El tráfico fluvial del Huangpu no tiene nada que envidiar a una carretera. Cientos de buques y barcazas navegan en forma permanente en ambas direcciones. Columnas de lanchones, cargados hasta el tope con carbón, se abren paso entre los constantes toques de sirena de los grandes navíos. El carbón está destinado a más de una decena de centrales termoeléctricas situadas en las márgenes del río. La demanda energética china parece no conocer límites. En la actualidad en el país se construyen dos centrales termoeléctricas a la semana. La razón de semejante apetito está a la vista: miles de industrias de los más variados rubros reciben los insumos por el río y sólo pueden funcionar si cuentan con fluido eléctrico. Quizá lo más llamativo son los enormes astilleros, que exhiben docenas de buques en construcción. Hace algunos años China tenía un mero 3% de la construcción de buques de carga. Hoy ya tiene un cuarto de la producción mundial y, de acuerdo a las proyecciones, para el 2015 debería lograr el primer puesto desplazando a los dos primeros, Corea del Sur y Japón. Los buques, como muchos otros productos industriales, incorporan grandes cantidades de cobre. De allí que se da por sentado que, de continuar la tendencia actual, China seguirá siendo un gran cliente del metal rojo criollo.

La vitalidad económica que golpea al navegante del Huangpu lo expone también con brutalidad a su lado oscuro. Una densa capa de esmog limita la visibilidad, en un día soleado, a algunos centenares de metros. Un médico norteamericano residente en Shanghai me comentó que ha visto pacientes que, luego de un año en la ciudad, presentan pulmones similares a los de fumadores con diez años del vicio. Algunos días en agosto, cuando la contaminación atmosférica es más intensa, la visibilidad se reduce a menos de cien metros. Las autoridades en Shanghai saben que la situación es grave y por ello cobran patentes para vehículos más caras que en otras ciudades. Pero es claro que no han encontrado la fórmula para descontaminar y mantener el crecimiento económico. En realidad, Shanghai está programado para seguir creciendo en forma galopante. Ya está prevista la construcción de cuatro ciudades satélites en los alrededores, con cerca de dos millones de habitantes cada una.

En estos momentos, sin embargo, toda China tiene sus ojos puestos en el 8 del agosto de 2008 a las ocho, por supuesto , dado que el 8 es considerado el número de la suerte por los chinos. En ese momento, la antorcha olímpica, que ha recibido tanta atracción mediática, encenderá el fuego de los Juegos. En estos días se dan por superados los incidentes en el Tíbet. De hecho, ya está nuevamente abierto al turismo local el mayor templo budista tibetano. Las autoridades anuncian que en un par de semanas también estará abierto a los extranjeros. Entretanto, la televisión muestra las autocríticas públicas de tibetanos que participaron en las manifestaciones de marzo y que fueron capturados por la policía. Las confesiones son un eco triste de los métodos utilizados por las dictaduras. Jóvenes que dicen que fueron forzados a cometer actos de vandalismo bajo amenaza, que lamentan el daño causado y niegan tener ambiciones de dividir al país. Nada convincente, pero al menos efectivo, cabe presumir, para amedrentar a otros.

Más allá del Tíbet, cuya población representa una fracción diminuta de China, los Juegos Olímpicos han desatado un gran fervor nacionalista. Ya los postes de Shanghai están forrados con los colores de la gran fiesta. La televisión destina horas a mostrar los preparativos, mientras las manifestaciones de respaldo de los chinos residentes en el exterior reciben gran cobertura.

En lo que toca al público chino, éste ha sido informado que Francia terminó pidiendo humildes disculpas por la actitud irresponsable de un pequeño número de manifestantes, que no expresan el espíritu del Gobierno y los franceses.

Muchos chinos creen que habrá un antes y un después de los Juegos Olímpicos. El después será el de una China más asertiva y que espera ser tratada de igual a igual, como lo dejó en claro frente a París. Se quiera o no, las grandes competencias atléticas nunca quedan al margen de los juegos políticos. LND

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