
Domingo 4 de mayo de 2008
Era sólo una cancioncita, la más ingenua balada ecológica del hippismo argentino. La más tontona y bella canción de toda una época. Quizá su equivalente en Chile sería "Los momentos", de Los Blops, o "Todos juntos", de Los Jaivas.
Escuché "El oso" a fines de los setenta, interpretada por Moris, una voz del sótano porteño. En ese tiempo por acá, la onda disco facha llenaba todo: la tele, las radios, la insoportable melodía pinochetista.
Me la enseñó una loca amiga que había traído el casete de Buenos Aires y lo usaba para engatusar a un chico enloquecido con ese rockero vaivén. El pendex le decía: colócate "El oso" y yo te hago feliz. Colócate "El oso" y yo te dejo loco. Era un jovencito fumón tirado en el pasto del Forestal, que jugaba a desdibujar las nubes con el humo de su pitillo. Ya pos, ponte "El oso" y yo El nene amaba esa canción, la cantaba, la fumaba, la repetía y la volvía a cantar sin botar el humo. "Yo vivía en el bosque ", como si fuera su pulmón musical.
La canción "El oso" tiene un origen difuso, aunque la verdad la compuso Moris y aparece en el álbum "Treinta minutos de vida". Otros aseguran que la inspiración le vino de Tanguito, el mito sacrificial del rock bonaerense, un loco estéreo que vestía calzas rojas, en esos años, jugándose en el aventureo perruno de la gran ciudad. A Tanguito se le fue la vida, murió el año 72, apenitas antes de los treinta, en una estación de Palermo. Pero quedó la canción de Moris, "El oso", en la memoria del rock latinoamericano y en la película "Tango feroz", de Marcelo Piñeyro. Play:
"Yo vivía en el bosque muy contento, caminaba, caminaba sin cesar, las mañanas y las tardes eran mías, a la noche me tiraba a descansar".
Casi se puede divisar al oso flojo, improductivo y volado, paseando en la foresta. Igual que el chico que se cogía a mi amiga sólo por escuchar esa canción (muy barato le salía el favor). Cuántos osos de aquellos había entonces muchachos de chasca revoltosa y guitarra al hombro.
"Las mañanas y las tardes eran mías".
Era evidente que no servían para ningún proyecto laboral de la izquierda. Ojos lacios, pelo suelto, dedos largos y huesudos armando un caño. Nada más. El mundo era de ellos, amanecía acuario y el olor a pachulí era mareador y celeste, como aquel cielo donde vagaba el oso canturreando su baladita pegona.
"Pero un día vino el hombre con sus jaulas, me encerró y me llevó a la ciudad. En el circo me enseñaron las piruetas, y yo así perdí mi amada libertad".
Al parecer, hasta ahí llegó el lírico vagabundeo del oso bambula, a quien lo atrapó la civilización, lo enjaularon y lo embalaron en el tren de un circo, amaestrándolo para hacerle acrobacias al público infantil.
"Confórmate, me decía un tigre viejo, nunca el techo y la comida han de faltar; sólo exigen que hagamos las piruetas, y a los chicos podamos alegrar".
Después de unos años, viajando en el Metro vi al chico de "El oso" transformado en un oficinista con pinta de Chicago boy peinado a la gomina. Fingió no conocerme en la neurisma alborotada del tren. Se veía serio, de terno, maletín y corbata al tono. Se veía triste, con sus ojos caídos, como avergonzados de mirarme. Era difícil identificarlo sin la chispa florida del lunático sin fin. Era difícil reconocer al oso, sin melena, vendiendo maní en su jaula del coliseo metropolitano.
"Han pasado cuatro años de esta vida, con el circo recorrí el mundo así, pero nunca pude olvidarme de todo, de mis bosques, de mis tardes y de mí".
A su lado, sus compañeros oficinistas reían sintéticos arreglándose el nudo de la corbata. Uno le pegó un codazo indicándole que se tenían que bajar.
"En un pueblito alejado, alguien no cerró el candado".
¡Bájate pos, huevón, qué te pasa!, le gritaron. Vamos tarde a la reunión de la empresa.
"En una noche sin luna que yo dejé la ciudad".
El Metro se detuvo y los hombres, bajándose a codazos, lograron arrastrar al chico con ellos. El tren partió nuevamente y su figura se esfumó en el dorado verdor de aquella música. Fue la última vez que lo vi.
"Ahora piso yo el suelo de mi bosque, otra vez el verde de la libertad, estoy viejo pero las tardes son mías, vuelvo al bosque, estoy contento de verdad la la la larará".
Yo también tuve un oso de trapo cuando niño, no se qué fue de él. Debe haberse destripado en tantas mudanzas de alocada juventud. Pausa. LND