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  Barack, ¿el próximo Presidente?

  ¿Y si los estadounidenses vieran en su rostro moreno, no la esperanza de un mundo mejor y tolerante, sino el recuerdo incesante de la culpa?

Viernes 9 de mayo de 2008


Es probable, más que probable, extremadamente probable, que el joven senador por Illinois sea en poco tiempo el candidato unánime de los demócratas. Y más aún, que en enero de 2009, para asombro y placer nuestro, veamos a un afroamericano hacer una entrada victoriosa en un palacio presidencial construido hace ya 200 años por miles de esclavos.

Para arriesgarme a tamaña profecía no necesito apoyarme en estadísticas ni en encuestas ni en la certeza de que las aspiraciones de John McCain van a ser barridas por la tempestad de Irak, la recesión económica y tantos otros desastres legados por George W. Bush.  

Basta con observar el entusiasmo que genera Obama entre los ciudadanos y especialmente entre los jóvenes. Basta ver renacer la esperanza, la militancia y la determinación política, que yo no he vuelto a ver en Estados Unidos desde 1968, el año fatídico de los asesinatos de Bob Kennedy y de Martin Luther King. Basta observar cómo ha conseguido el milagro de equilibrar las dos zonas de su ser, la experiencia y la historia del Negro y del Blanco mezcladas en su sangre y sus ideas. Basta con esta increíble hazaña para augurar su triunfo.  

Pero, ¿y si le fuera imposible mantener semejante postura de equilibrista? ¿Si los estadounidenses blancos, todavía mayoritarios, se sintieran de pronto amenazados por el origen negro de un Obama hasta ahora gentil, sereno y cool? ¿Si vieran en su rostro moreno, no la esperanza de un mundo mejor y tolerante, sino el recuerdo incesante de la culpa (la esclavitud y la explotación) que contamina al pasado norteamericano? ¿No estaría acabada entonces la promesa que él representa?  

Esto me trae a la mente el capítulo inicial de una de las más magníficas novelas de la literatura estadounidense: "Hombre invisible, ¿para quién cantas tú?", de Ralph Ellison. Aunque haya sido publicada en 1952 creo que contiene la clave de lo que puede advenir en su candidatura.  

En ese primer capítulo un joven estudiante negro de Alabama, el más destacado de su generación, lucha por una beca universitaria, indispensable para seguir sus estudios, subir en la escala social y alcanzar el "sueño americano".  

Pero antes de concedérsele semejante posición de poder, será sometido a la prueba de fuego. Se le exige que luche violentamente contra otros negros en un pugilato feroz, que se destripen y desangren para el disfrute de un grupo de espectadores blancos. Es el precio de su éxito futuro y, sugiere Ellison, el precio que debe pagar todo hombre negro en la sociedad estadounidense: someterse a lo que quieran los blancos o hacerse invisible.  

Tal es el destino final del protagonista: cuenta su historia desde un refugio secreto en Nueva York, un subterráneo dostoievskiano alumbrado por 1.369 ampolletas encendidas día y noche. Pese a tanta luz, nadie ve a este hombre.  

¿Ha cambiado algo desde la publicación de la novela? Espero que sí. Creo que sí. Porque hoy no son los negros los que sufren la verdadera prueba. Son los blancos estadounidenses los que están sometidos a una experiencia, a una tentación, a un examen de fuego y de sangre.  

Corresponde a ellos elegir el país que quieren. Les toca empezar a vaciar los sótanos inagotables de este país de todo lo que ellos contienen de invisibilidad, de dolor y de rencor. Si no lo hacen ahora con Obama, ¿con quién llevarán a cabo esta hazaña desgarradora?

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