
Domingo 11 de mayo de 2008
Estudiaba Derecho en la Universidad de Concepción cuando un amigo lo invitó a los talleres de teatro de la facultad y, aunque lo encontraba ñoño, le gustó. Dejó la carrera y se fue a Paraguay. Cuando se aburrió de carretear en guaraní, volvió y se metió a la Universidad Arcis. Carrera: teatro. Imperativo: recuperar el tiempo perdido. Lectura: Darwin, Freud y dramaturgos locales, como Marco Antonio de la Parra, Ramón Griffero y, sobre todo, Juan Radrigán.
Han pasado ocho años desde que Luis Barrales (30) inició sus estudios de actuación, cuando "nadie quería escribir", recuerda. Pero él sí, e inmediatamente sus compañeros vieron en él a un dramaturgo. A los pocos años ya le decían "el Radrigán chico" y, a pesar de nunca haber tenido clases con el mentado dramaturgo, se convirtió en su ayudante luego de ganar la Muestra de Dramaturgia con "Uñas sucias", una obra que mete los pies en el barro de unos cadetes poblacionales.
Hoy es el responsable de "H.P." y "La chancha" (Teatro del Puente, hasta el 15 de junio), dos montajes que juegan con balón dominado en la línea de la marginalidad: la de un despedazado por pobre y la de unos escolares ocultos bajo sus peinados de tribu urbana y conectados en un foro para suicidas. Barrales, además, lo hace con la asertividad del lenguaje de las clases populares, pero con juegos de palabras, rimas libres y referencias pop que evidencian que su discurso no es impostor.
"No nos avergonzamos de ser pequeñoburgueses. Tiene que ver con la sinceridad desde donde se aborda la obra, porque el teatro es un espacio generado desde burgueses para burgueses, y pretender hacer un teatro popular no es arrogante, sino inútil. Eso lo tienen que generar las clases populares. Cuando nos metemos en las poblaciones vamos a entender una estética, no una ética de la marginalidad", dice el dramaturgo de las compañías La Nacional y Centro de Inteligencia Teatral.
DE QUÉ SE SORPRENDEN
A Barrales le gusta estar al día. Ahora estudia las economías de subsistencia en las zonas urbanas y ejemplifica diciendo que en Chile "hay mujeres de poblaciones que juegan en las máquinas tragamonedas para ganar 500 pesos, comprar pan y salvar el día".
Allí entran "Las niñas araña" (agosto), obra que dirigirá Daniela Aguayo y basada en las adolescentes que robaban en departamentos del barrio alto escalando balcones. "Me interesa retratar cómo el capitalismo genera la pulsión del deseo y después pretende restringirla. En una de las muchas veces que las tomaron presas, les preguntaron por qué lo hacían y una respondió con una simpleza arrebatadora: 'Para tener cosas bonitas'. Si el sistema genera deseo es lógico que haya gente que quiera obtenerlo a cualquier precio".
También "Patas de gallo", obra sobre el femicidio que ya está en manos del director Omar Morán para montarla con Manuela Oyarzún y Rodrigo Soto, entre otros. "Me pregunto de dónde viene la sorpresa con este tema, si es lógico que en una sociedad donde las clases luchan, el hombre explotado en el trabajo traslada la explotación al centro de la familia", anticipa.
Pero calma, queda Barrales para rato. Rodrigo Soto montará en noviembre su texto "La epopeya de Lucho Chaveta", obra pensada para la calle, "construida en un 90% en rima y que habla de un mocoso pobre que producto de su empatía se convierte en Presidente de la República". Y, por último, ya trabaja en un texto basado en "Una novelita lumpen", de Roberto Bolaño, que en 2009 dirigirá Mario Horton.
Durante ese tiempo, seguramente este dramaturgo seguirá poniéndose al día, tratando de entender las dinámicas de la posmodernidad desde el teatro, pero sin dejar de lado al viejo Marx: "El fenómeno de la explotación es violento en sí, está sublimado, pero es el que produce las demás violencias. Si usted, señor, que le preocupa tanto su propiedad privada, no quiere que se la toquen, permita que el otro también la tenga". LCD