
Domingo 11 de mayo de 2008
Así ha sido siempre el puerto, específicamente la subida Ecuador: herida por la gracia versátil de un colorido que ofrece escenario para los que buscan de todo: casas de antigüedades, joyerías de viejo, el taller de marionetas del colectivo La Manzana Podrida, antiguas cárceles y el lúgubre Cementerio Número 1, junto al Disidentes, que data de 1825, se alzan aquí como un todo. Y es que yendo hacia los recovecos impensados que coronan la ciudad de Valparaíso, la fama nueva de centro universitario se hace patente por la gran cantidad de atracciones que se encuentran al paso del curioso, sobre todo en materia de bares. Ya históricamente durante los ochenta se encontraba el conocido Lo Devi, concurrido por la "whisky izquierda" de esos años difíciles, ubicado al lado derecho de la calle. Casi justo al frente sigue estando El Triunfo, donde la izquierda más dura tenía su tribuna. En esa época eran los únicos sucuchos que adornaban la solitaria subida en la que hoy las luces toman un protagonismo en ascenso.
Aquí todo tiene cabida; desde lo tradicional, tipo Gato en la Ventana, pasando por El Canario, y llegando a lo rupturista, como El Boliche. Rupturista entre comillas claro, ya que este último lugar, al igual que su par El Cinzano muy cerca de ahí , ofrece aquellos viejos ritmos porteños de tango y milonga argentinos, tan queridos por el oriundo de Pancho.
Caminando por los cerros cercanos se pueden encontrar diversos desvíos y sus clásicos ascensores como El Reina Victoria, El Peral del Cerro Alegre, que le hace honor a su nombre. Un conjunto de apretados caserones de calamina dan espacio a un mirador y a calles empedradas que sobrecogen por su colorida belleza alabada siempre por los poetas; Neruda, quien vivió por aquí, llamó a estas casas los castillos de lata de Valparaíso. Joaquín Edwards Bello, a través de su melancólica pluma, fue uno de los que construyó la épica de esta ciudad, cuyos ecos del terremoto de 1906 aún se confunden con la estridencia del gentío que cruza en estos altos que, pese a la hermosura de sus cumbres que colindan al cerro Concepción por una tenue frontera de calle cualquiera, están hoy gobernados por una fauna de turistas que han hecho subir mucho los precios de hospedaje y comida.
Sin embargo, los atractivos continúan: ya adentrándose por las sinuosas avenidas en pendiente encontramos la Sala de Arte Wenteche, escondidos talleres de joyería y más miradores y paseos, como el Atkinson. También está el museo del dibujante Lukas y un conjunto enorme de pequeños puestos de artesanía que se agolpan en los diminutos bordes que dan en balcones intrincados hacia el plano. Se puede bajar de acá en ascensor o por la escalera que llega a "El Mercurio" para culminar en la Cueva del Chivato. Es como dice el autor de "Veinte poema poemas...": "Valparaíso, qué disparate eres, qué loco, puerto loco, qué cabeza con cerros, desgreñada".