
Lunes 12 de mayo de 2008
NO ALCANZAR EL poder y siempre llegar segundos es un fenómeno que puede llevar a muchos a sentir envidia, un defecto que encierra una serie de frustraciones y un innumerable conjunto de mezquindades, propias de alguien que nunca ha logrado ser feliz con lo que tiene y siempre desea poseer las virtudes y las capacidades que puede percibir en los otros. Nuestra sociedad está llena de personas que practican esta suerte de deporte y que muestra con nitidez su imposibilidad de ser plenos, de conocerse, de ser capaces de aceptarse.
Cada cierto tiempo, debido a las variadas actividades que hago, tengo posibilidad de analizar mi entorno y darme tiempo para ver cómo nuestros iguales nos envidian o simplemente nos creen incapaces de hacer una actividad en forma concreta. Piensan que no somos aptos para entregar el resultado esperado o de finalizar la actividad en cuestión. Algunos, sin duda, hacen estos reparos por desconfianza, incompetencia, celos o simplemente por pensar que el otro no puede ser más que uno. La envidia es la resultante de una cantidad de complejos que se suman y derivan en rivalidad; además, es la tristeza que provoca el bienestar ajeno, es ese sentimiento que nace en aquel que desea intensamente algo poseído por un tercero.
Miguel de Unamuno afirmaba que la envidia era el rasgo propio de los españoles y, sin duda, como algo traemos de ellos en nuestros cruces culturales, hemos heredado en parte ésta y varias otras estupideces. Este mismo pensador peninsular advirtió con sabiduría que el silencio del envidioso siempre se encuentra lleno de ruidos. Porque la envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten y cuán constante es su atención a lo que hace o a lo que deja de hacer el resto. Esta tristeza que causa el bienestar ajeno constituye en el hombre un sentimiento de desagrado y frustración, donde se mezclan emociones que llevan al dolor por no tener lo que tiene el otro, la indignación por considerar injusta la diferencia que se observa y no saber por qué el otro es más capaz y mejor en una disciplina o acción.
Me ha tocado conocer a envidiosos de buena presencia, trabajo inmejorable, familia íntegra, salud de roble, en definitiva no tendrían por qué ser tan elementales al momento de estar con sus pares. Pero su mala forma de relacionarse les revela que son individuos enfermos de envidia que, como reza el dicho, si fuera tiña estarían hasta las uñas con ella. Lo más complicado de un envidioso es que constantemente une deseo con comparación, suple la empatía por el desprecio y convierte esta frustración en malestar por la presencia del otro, buscando alguna fórmula para anularlo o, definitivamente, hacerlo sentir mal.
Cada vez que este envidioso percibe un acierto, descubre alguna virtud que hace que el otro brille y resalte por sobre los demás, él desarrollará una suerte de cólera que puede perfectamente ser imperceptible por el entorno. Sin embargo, en el interior de este ser enfermo ese sentimiento estará claramente destruyéndole su estima y llevándolo a tener actos inexplicables. La competitividad en que nos estamos formando y que se nos muestra cada día nos lleva a ser personas que sólo vivimos por ser alguien mejor que los demás, pero como el otro está en mi mismo carril y me ve que surjo, crezco y sumo logros, eso lo llevará a él a sentirse humillado, lo que convertirá ese sentimiento de competitividad en envidia. Desde ese momento ansiará entonces sacarme a como dé lugar de su paso, llevando incluso a utilizar cualquier vía para que su objetivo se cumpla.
Cuántas veces habrá escuchado exclamaciones tan comunes como: ¿Cómo ese negro puede tener ese auto?, ¿cómo es posible que ese indio lleve tan buen traje? o ¿ese guatón absurdo puede tener una mujer tan hermosa?, ¡se nota que a nadie le falta Dios! Frasecitas así nacen muy a menudo producto de situaciones que son vividas como una amenaza y que se desarrollan desde nuestros primeros años.
Si aprendemos desde pequeños a afrontar situaciones de competencia con tranquilidad y si miramos positivamente nuestro entorno, resulta muy probable que la envidia sea algo que no nos afecte. Sin embargo, este sentimiento nunca podrá ser controlado sin algo de ayuda. Además, resulta difícil descubrir al envidioso, porque muchas veces se esconde detrás de una apariencia agradable, grata y hasta cordial; otros disimulan con actos de excesivo respeto o de admiración. Pero debemos tener claro que el envidioso se deleita con los fracasos ajenos y, al mismo tiempo, sufre con los triunfos del otro, desperdiciando una gran cantidad de energía, la misma que podría usar para alcanzar sus logros particulares que, sin duda, le serán mucho más complementarios para su desarrollo personal y comunitario.