
Lunes 12 de mayo de 2008
¡QUIÉN ESTÉ LIBRE de ideologías que tire la primera piedra! Por fortuna, nadie puede decir que no ha intentado interpretar el mundo y la realidad en que vive. Los seres humanos poseemos una infinita capacidad de construir sistemas de ideas y también modelos conceptuales hasta llegar a confeccionar las arquitecturas ideológicas más refinadas y los esquemas argumentales más complejos.
Pese a ello, en los tiempos que corren hablar de ideología es una conducta muy mal vista, en especial para quienes afirman la ideología del fin de las ideologías. Esta paradójica corriente ha alcanzado en nuestro país una gran popularidad, porque ha podido instalar el predominio de la razón tecnocrática, que se basa en la administración perfecta de las demandas sociales sin mayores supuestos que la pretendida neutralidad seudo-científica de los administradores especializados. Se trataría, entonces, del Gobierno del experto, quien como un moderno filósofo-rey conoce lo que el pueblo quiere, o debería querer.
Uno de los mayores ideólogos de la tecnocracia ideológica es Niklas Luhmann, autor clave del siglo XX, pero también sociólogo críptico y difícil de penetrar. En la base de sus argumentos Luhmann ataca lo que denomina "el prejuicio humanista", que se basa en pensar que la sociedad consiste de seres humanos o de relaciones entre ellos. Si usted ha pensado que "la historia la hacen los pueblos", o que "otro mundo es posible", no se engañe, diría Luhmann.
Lo único cierto es que los sistemas sociales son sistemas de comunicación clausurados que se reproducen a sí mismos, sin fin. Por eso, dijo sin titubear, "la sociedad no es, por suerte, una cuestión de moral". La política y la ética, nos diría, no tienen nada que ver.
Un razonamiento similar es el que tiene Friedrich von Hayek, el gran utopista del "mundo sin utopías", quien criticando las ideologías, construyó la más ideológica de las interpretaciones de la economía, basada en una fe ciega en el mercado, entendido éste como un sistema de comunicación perfecto, autopoiético, autorreproductor de sus condiciones y necesidades, sin más límite que el mantenimiento al infinito del orden espontáneo que se origina en la libre competencia. A los seguidores de estos ideólogos antiideológicos les duele mucho que se cuestione la cientificidad de sus propuestas y se revele lo mesiánicas y dogmáticas que ellas resultan.
Porque nada es más utópico e irrisorio que un mundo regido sin otros límites que las leyes secretas de la caja del supermercado.
Los seres humanos, por suerte, no sólo vivimos la vida, sino que la interpretamos. Juzgamos sobre la base de criterios culturales, religiosos o políticos lo que creemos que está bien o mal, lo que es lindo o feo, lo que es conveniente o no, y deseamos con todas nuestras fuerzas que nuestros hijos vivan mejor que nuestra generación. Por eso, las ideologías, grandes o pequeñas, conservadoras o progresistas, son tan necesarias como inevitables.
El problema radica en la absolutización de nuestros puntos de vista. Se trata de un fenómeno muy recurrente, del que nadie está a salvo. Es una forma de ceguera autoinducida, que impide ver lo que no cabe en nuestros propios parámetros. "Si la realidad no coincide con mis teorías, peor para la realidad", parece ser el lema de quienes se han contagiado con el virus del ideologismo, que es a la ideología lo mismo que la indigestión es al buen comer.
Un ejemplo reciente de ideologización patológica es la sentencia del Tribunal Constitucional respecto a la píldora del día después y su "eventual efecto abortivo". La tergiversación del estudio de los doctores Horacio Croxatto y María Elena Ortiz nos muestra a qué nivel puede llegar el deseo de acomodar los hechos a los propios espejismos ideológicos.
Aunque todos los estudios posteriores a 2001 muestren que el levonorgestrel no es abortivo, se construyó un argumento basado en estudios anteriores y en recortes descontextualizados de los mismos informes que sostienen todo lo contrario al fallo del tribunal. Lo importante era dictaminar su efecto abortivo, y si los estudios científicos no lo hacían, mala suerte para la ciencia.
Cuando un grupo de la sociedad ya no distingue entre la realidad y sus deseos es para comenzar a preocuparse. Y si ese grupo es capaz de imponer sus fantasías por decreto, estamos en el peor de los mundos posibles. Ya no se trata de un debate de ideas, sino del triunfo de la sinrazón.