
Sábado 17 de mayo de 2008
Europa vota por los demócratas, pero Asia tiende a los republicanos. Ese es el titular proveniente de la parte de más rápido crecimiento en el mundo, donde la elección estadounidense está provocando apasionado interés.
Muchos en Shanghai (China) participan con avidez en los chats sobre los superdelegados. Eric John, embajador de Estados Unidos en Tailandia, me dijo que la campaña era "la mejor herramienta de diplomacia pública que hemos tenido en mucho tiempo".
La democracia en acción es fascinante. Con los demócratas en liza Hillary Clinton y Barack Obama y el confirmado republicano John McCain, Estados Unidos ha producido tres notables candidatos.
No es sorpresa que una encuesta global de la BBC haya mostrado que las opiniones positivas sobre Estados Unidos aumentan por primera vez en años. El alza fue de 31 % el año pasado a 35 %. Las opiniones negativas cayeron desde 52 % a 47 %.
El cambio no es sísmico pero muestra que el mundo está mirando más allá de la administración de George W. Bush. Lo que ve, sin embargo, en ningún caso es uniforme.
A través de Europa, el consenso demócrata es abrumador. No debe sorprender: el odio a Bush es un deporte sangriento. Los valores del oficialista Partido Republicano respecto de todo lo que va de la pena de muerte al sitio de la religión en la sociedad están fuera de la corriente mayoritaria europea. Para el Viejo Continente, Estados Unidos es el Estados Unidos demócrata. El resto es un desconcertante manchón de iglesias, cowboys y sillas eléctricas.
Visión oriental
Pero en Asia hay una visión diferente. Las tres principales potencias (China, India y Japón) han tenido razones para ver a Bush en términos favorables y todas tienen persistentes temores respecto de una administración demócrata. A un nivel más profundo, se han sentido bastante cómodas con unos EEUU que juegan a la política del poder, mientras que ese estilo desanima a los europeos motivados por el consenso.
No estoy diciendo que la invasión de Irak agradara a los asiáticos. No lo hizo. Pero las emergentes China e India ven al mundo más en términos de ecuaciones clásicas de balanza de poder, impulsadas por el poder y el interés propio de las naciones, que a través del prisma post-soberanía europeo de la construcción de instituciones internacionales y del poder blando.
China e India ya pujan por el predominio, sobre todo en el océano Índico y África. La reunión cumbre India-África de hace unas semanas refleja la convicción en Nueva Delhi de que China ha avanzado demasiado en África. Esta fricción se agudizará a medida que ambos países desarrollen su poder económico y militar.
Para Beijing y Nueva Delhi, la proyección del poder estadounidense no es un misterio. Los dichos europeos de que se trata de un "imperio normativo" les llevan a burlarse o los desconciertan.
En los temas específicos, las grandes potencias asiáticas también se han sentido más a gusto con la política republicana. En India, el sentimiento general es que los republicanos se orientan más al libre comercio, se inclinan menos a objeciones acerca de externalizaciones o el trabajo infantil y están más dispuestos a asumir un categórico enfoque estratégico pro-indio.
La iniciativa del Gobierno de Bush de un acuerdo nuclear con India, su respaldo a mejores vínculos militares, su negativa a inmiscuirse en Cachemira y su apoyo simultáneo a intensificar las relaciones de Estados Unidos con India y Pakistán, han generado respeto en Nueva Delhi. El temor es que un presidente demócrata, empujado por proteccionistas o promotores de la no proliferación, pudiera revertir estos logros.
Entiendo esas preocupaciones. Reforzar una relación especial entre Estados Unidos e India debiera ser una prioridad estratégica para el próximo Presidente estadounidense. En China se teme con intensidad un creciente proteccionismo comercial si ganan Obama o Clinton. Las autoridades chinas también están preocupadas de que un Presidente demócrata planteará mayores objeciones a los abusos contra los derechos humanos en Tibet y otras partes.
Juego de intereses
Junto con criticar la invasión de Irak, a China le ha gustado que el baño de sangre en Bagdad haya sacado el foco de Beijing. Un sesgo histórico chino es que es más fácil tratar con los republicanos. Las conversaciones a seis bandas sobre Corea del Norte, que han producido avances desiguales pero significativos, han consolidado la profundización en la interacción diplomática chino-estadounidense bajo Bush.
China no quiere a un Estados Unidos volcado hacia adentro. Tampoco Japón, que ha reaccionado al auge de China reforzando sus lazos estratégicos con Estados Unidos y que ha recibido seguridades sobre el inequívoco compromiso de la administración Bush con las alianzas militares asiáticas de Estados Unidos.
Estados Unidos en Asia sigue siendo una prioridad japonesa, a pesar de los feos incidentes en Okinawa. Los republicanos han estado dando seguridades respecto de ese imperativo estratégico.
Por eso Asia tiende hacia los republicanos, pero no creo que deba temer a la Presidencia demócrata que espero ver. En Asia, la continuidad debiera ser un significativo aspecto de una Presidencia de Obama o Clinton.
Hay políticas que corregir (especialmente en Afganistán y Pakistán), pero muchas que preservar. Sobre todo, Estados Unidos debe seguir siendo la potencia decisiva en Asia, lo que es esencial para calmar las inquietudes de Japón y otros sobre el auge de China; una fuerza a favor de libre comercio con una región que está sacando a cientos de millones de personas de la pobreza; un poderoso aliado de una India democrática que está desarrollando el contra-modelo más persuasivo del mundo al defectuoso capitalismo leninista; y un socio vigilante de China.
El TMC (Todo Menos Clinton) fue la estúpida política exterior de Bush al llegar a la Casa Blanca. De ser elegido, un Presidente demócrata debe demostrarse más sabio respecto de Asia, donde el TMC no funcionará.