
Domingo 25 de mayo de 2008
Me gustaría que me gustara Cesar Aira. Le gusta a gente cuya opinión respeto. Detesto, además, ser incapaz de encontrar placer donde otros lo encuentran. He visto a gente comiendo grillos fritos y no me queda más remedio que aprender a gustar del grillo frito. Pero a Aira no logré nunca freírlo de modo aceptable. Hace poco conocí a Fogwill, uno de los mejores escritores argentinos, y le dije mi asombro de que le guste Aira. Le dije que cuando lo escuchaba deshacerse en elogios del autor de "Cómo me hice monja" me parecía que era víctima de una alucinación y que estaba intentando hacerle el amor a una silla. Fogwill contestó relamiéndose:
Es que hay cada silla
Recapitulemos entonces. Aira, en cierto momento de su vida, decide dejar de escribir "de verdad". Deja de intentar ser inteligente, inventivo, poético. Se convierte en escritor conceptual. Empieza a escribir "ready-mades", como los de Duchamp. Es decir, que escribe sucesiones de frases hechas, conceptos hechos, personajes hechos. Esos "ready-mades" verbales pueden venir de la alta cultura o de Corín Tellado: "Para ellos siempre era primavera, siempre florecían los árboles y empollaba el zorzal gritón y subía de la tierra el aroma del amor" ("Las noches de flores"). En la misma novela aparece un ser mitad loro y mitad murciélago que se presenta como "Nardo Sollozo, el Pulgarcito de las estrellas". El grado cero de la invención, el epítome de la fantasía entre comillas.
Y el problema, ahora. La lata de Warhol o el bidé de Duchamp están pensados para denigrar la idea de autoría y para subrayar que el "arte" depende de la mirada del espectador. Es una tontería, pero al menos una tontería que se entiende en una sola mirada. Pero una novela, aunque sea muy breve, tiene un efecto acumulativo. Y en Aira lo que se acumula es tóxico. La frase hecha, la convención pura, es lo que queda al cabo del proceso del pensamiento; son las heces de la invención. Leer a Aira me produce un efecto de obnubilación y de náusea que no puede ser muy distinto del que provoca ingerir desechos industriales. Y a veces me pregunto si quienes siguen consumiendo a Aira tienen el estómago más resistente que yo, o es sólo que se han acostumbrado a comer mierda.