
Domingo 25 de mayo de 2008
En ese tiempo, Cecilia todavía estaba en la escena. Ocho meses antes de las elecciones presidenciales en Francia, Nicolas Sarkozy llegó a Estados Unidos a presentarse con su esposa. Entre sus interlocutores, la Embajada francesa en Washington seleccionó a un joven senador lleno de promesas, Barack Obama. En el menú de las discusiones había temas como la discriminación positiva, la situación en Darfur... y entonces Obama habló un poco con Cecilia. "Yo sé hasta qué punto es difícil ser la esposa de un político", le dijo a ella.
El senador por Illinois no había leído "Paris Match", y no estaba al corriente de los altercados de los Sarkozy. Cuando habló, él pensaba más bien en Michelle, su propia esposa, que no había aceptado fácilmente que él se dedicara a la política. "¡No piensas más que en ti!", le decía ella. La misma Michelle que, en ocasiones, se ponía furiosa y "enrollaba el periódico y lo lanzaba a un rincón de la habitación", cuando leía algo que le parecía "injusto".
Michelle, de 44 años, tenía reticencias cuando se marido se lanzó a la competencia por la investidura presidencial del Partido Demócrata. Ella quería preservar su vida de familia. Quería saber también si Barack tenía oportunidades ante la "maquinaria" de los Clinton o si sólo iban a perder el tiempo. Y sólo dijo que sí después de imponer sus condiciones: que Malia, de 9 años, y Sasha, de 6 años, vieran a su padre una vez por semana. Y que él dejara de fumar.
MICHELLE, COMO HILLARY
La temporada de las primarias ha demostrado que Michelle Obama se ha sabido adaptar. Aun más: parece amar el estrado. Nacida en una familia modesta de Chicago, titulada en Harvard como su marido, de 46 años de edad , ahora ella se dirige sin problemas a públicos de varios miles de personas. Les dice que se equivocarían al no confiar en que su marido arreglará los problemas de Estados Unidos. "Yo estoy casada con la solución", afirma. La joven mujer no interviene en la estrategia, pero se ha convertido en uno de los pilares de la campaña. Ha concedido cientos de entrevistas, desde el programa de Larry King hasta "Glamour Magazine". "Da la impresión de que quiere la Casa Blanca tanto como él", afirmó el semanario "Newsweek". "Me recuerda a Hillary en sus primeros tiempos", dice un funcionario de Washington, cuya esposa estudió derecho en la misma generación que Michelle.
Michelle mide 1,82 metros. Su familia no recuerda haberla visto llorar. En el colegio, ella no quería hacer deportes precisamente porque es "alta, negra y atlética", según explicó uno de sus ex profesores al "New Yorker". Y nada de deportes colectivos: competitiva a más no poder, se pone enferma si no gana. En Princeton, su hermano Craig, actualmente entrenador de básquetbol, contó que ella ponía en su lugar a los profesores de francés porque no le encargaban suficientes tareas. "Haz como si no supieras", le aconsejaba la mamá.
A VECES, UN PROBLEMA
En la ruta de campaña, Michelle ha tenido que aprender a medir su espontaneidad. No todos aprecian su sentido del humor ni la manera en que ha hecho saber que ella no está impresionada por el candidato que el mundo entero adula. "Él ronca y tiene mal aliento en la mañana", o "es incapaz de poner sus calcetines en la ropa sucia", ha dicho. La cronista Maureen Dowd, árbitro de la elegancia, le ha reprochado por romper el sueño. "Si lo único que Obama tiene que ofrecer es la mitología Kennedy, ¿por qué desinflar el mito?". También se le critica por su actitud: es "castrante". Pero Michelle bromea con eso. "Me gusta molestar a mi marido. Él es totalmente capaz de manejar a una mujer fuerte y esa es una de las razones por las que es capaz de ser Presidente".
Michelle también ha tenido meteduras de pata políticas, como en febrero, cuando declaró que "por primera vez" estaba orgullosa de su país. O cuando puso mala cara al preguntarle si votaría por Hillary Clinton. Algunos consejeros de campaña encontraron que estaba ayudando a los republicanos a salir de apuros, así que, durante algunas semanas, se le vio aparecer con menos frecuencia. Pero David Axelrod, el maestro de las imágenes, "la volvió a sacar" con motivo de las primarias de Indiana. Michelle fue mostrada sistemáticamente al lado de Barack, en pequeñas reuniones íntimas con los electores, lejos de las grandes aglomeraciones que acabaron dándole una imagen de político-espectáculo y de candidato estrella de rock. "Somos una pareja joven con hijas pequeñas", aprovecha ella de decir. "Seguimos llevando la misma vida que la mayoría de los estadounidenses".
UNA EXTRAÑA EN LA ELITE
Michelle Obama creció en Chicago, en un hogar muy unido del South Side, los barrios negros del sur de la ciudad. Padres e hijos vivían en un pequeño departamento. Su padre, Frazer Robinson, empleado de la alcaldía, trabajó toda su vida, a pesar de sufrir esclerosis. Marian, la madre, crió a los hijos. Michelle no era la primera de su grupo, pero logró entrar en la Universidad de Princeton en 1981. No tanto por la "acción afirmativa", piensa ella, como por su hermano Craig, que obtuvo ahí una beca y se había convertido en la estrella del equipo de básquetbol.
Por entonces, el paisaje en Princeton era todavía muy monocromático. Ella se sentía "como una visitante". Su tesis de sociología habla justamente de la división racial: los estudiantes negros se impregnan de la "estructura social y cultural blanca" al paso de sus años de estudio y se identifican cada vez menos con su comunidad de origen.
En un principio, los Obama pidieron a Princeton que mantuviera la tesis fuera del acceso público hasta después de las elecciones presidenciales de noviembre de 2008. Pero ante la insistencia de la prensa, Michelle tuvo que publicar el texto. En él se siente cierto escepticismo, casi una amargura, a diferencia de la experiencia de Obama. Su conclusión es que su título de Princeton le permitiría, cuando mucho, instalarse en la "periferia de la sociedad", nunca "convertirse en participante de tiempo completo".
LA SEÑORA OBAMA
De su primera universidad, Michelle pasó a la Facultad de Derecho de Harvard. Y de ahí siguió el camino trazado por la "elite blanca" y entró a trabajar de abogada en un estudio de negocios de Chicago. Allí se encargaba de los casos de propiedad intelectual. Nada muy emocionante, hasta ese día de 1989 en que la dirección le encargó que se ocupara de un pasante que llegaba de Harvard, un tal Barack Obama. La pareja ha contado en detalle su encuentro. Ella se resistió al principio hasta que una tarde, por fin, él la llevó al cine a ver una cinta de Spike Lee.
Barack Obama no tenía ataduras. Sus referencias eran los horizontes lejanos de Hawai y de Indonesia. No conoció a la generación que luchó contra la segregación. Michelle le aportó raíces sólidas en el South Side. Le dio una familia, pero también una familia política, un clan. Después de conocer a Barack, ella dejó el sector privado para entrar a trabajar en la Alcaldía de Chicago y después al Hospital Universitario, donde actualmente es vicepresidenta a cargo de las relaciones exteriores.
Michelle ha tenido que acostumbrarse a las miradas críticas. Los periódicos de Chicago informaron que su salario había aumentado al ritmo del ascenso político de su marido, pasando de 121 mil dólares en 2004 a 317 mil en 2005, después de que Barack entró en el Senado. Se han preguntado por qué dos abogados formados en Harvard no vieron el posible conflicto de intereses en el hecho de comprar un terreno adyacente al que ese mismo día compró uno de los financieros de su campaña, Tony Rezko. Cuando Michelle habla acerca de los créditos estudiantiles que la pareja acaba de liquidar, los críticos señalan que desde hace tres años los Obama viven en una casa de 1,6 millones de dólares, la que pudieron costear gracias al éxito de ventas de los libros que escribió el ahora candidato.
PENSANDO EN LA CASA BLANCA
Como su marido, Michelle está en vías de adquirir una notoriedad considerable. Ella sigue el juego, pero en el fondo no está segura de creer en él. Se sigue considerando la niña del South Side que se levantaba a las cinco de la mañana para hacer sus tareas. Como su marido, ella "vende" su improbable historia. "Soy una singularidad estadística. Una chica negra, criada en el South Side de Chicago... Definitivamente no se suponía que yo estuviera aquí". En sus discursos, ella no habla de programas, sino que elabora una crítica sociológica. "Nosotros no nos hablamos. Estamos divididos y somos cínicos. Como nación, somos los malos. Malos los unos con los otros. Y el problema es que les pasamos eso a nuestros hijos".
Hace algunos días, Michelle Obama habló en la capilla de la Universidad Benedictina de Columbia, en Carolina del Sur. Trataba de convencer a los asistentes de que en el curso de su vida podía ocurrir lo impensable: la elección de un Presidente negro. "Barack está listo. La cuestión es si nosotros estamos listos", dijo, e invitó al auditorio a "exigir su lugar en la mesa de la democracia". A tener confianza en sí mismos. "Siempre hay alguien que nos empuja hacia abajo, que le pone límites a nuestro lugar, que nos dice que no estamos listos, que no somos capaces, que somos demasiado altos...".
Si Barack Obama es elegido, Michelle se convertirá en la primera dama más joven desde Jackie Kennedy. Y ella ya está pensando en eso. Si Malia y Sasha se adaptan bien a Washington y le dejan tiempo, Michelle considera hacer "muchas cosas". Llevar niños "de todos los orígenes" a la Casa Blanca, por ejemplo.