
Domingo 25 de mayo de 2008
Un día la guerra parece inminente entre Siria e Israel. Así se temió, por ejemplo, en septiembre del año pasado, luego de los bombardeos israelíes contra instalaciones cercanas a Damasco que presuntamente albergaban partes para el desarrollo de un programa nuclear. Ahora, de pronto, ambos países anuncian que sostienen negociaciones para acabar con el estado de hostilidades que mantienen desde la guerra que libraron en 1967. En dicho conflicto Israel ocupó una importante porción de territorio sirio, conocido como los Altos del Golán.
En el pasado, los dos países han mantenido contactos y negociaciones a través de Suiza. Esta vez, sin embargo, el intermediario es Turquía, y ello podría ayudar a destrabar algunos nudos que en el pasado obstaculizaron un acuerdo. Tanto Siria como Israel padecen de la falta de agua. De allí que los israelíes le exigen a Siria que, si le es devuelto el acceso al lago Tiberiades, llamado también mar de Galilea, garanticen que no sacarán el cotizado vital elemento. Los sirios esperan que, a cambio, Turquía les facilite los recursos hídricos que necesitan. Damasco también quiere ayuda económica para construir algunas plantas desalinizadoras.
Por supuesto, los sirios exigen la salida de todas las colonias israelíes y pone un plazo de 10 años para la evacuación. Israel pide que ese plazo sea de 15 años, además de exigir la ruptura de vínculos entre Damasco y organizaciones como Hezbollah (chiíta libanesa) y Hamas (palestina sunita). Sobre las relaciones políticas, los sirios han dicho que no aceptarán precondiciones. Pero, a su vez, han pedido que Estados Unidos los retire del llamado "eje del mal", e incluso que participe en las negociaciones. Ello busca garantizar que contribuirá a que el respeto de los acuerdos que se alcancen, los que deberían culminar en la normalización de las relaciones diplomáticas.
La participación de Turquía es llamativa y refleja su creciente poder en la región. La desaparición del Irak de Sadam Hussein y la subordinación de Egipto a Estados Unidos han descabezado el liderazgo árabe en el Medio Oriente. En cambio, Israel, Turquía e Irán son en la actualidad los países con la mayor proyección de poder. Pero el balance de poder de la zona depende de lo que ocurra en Irak, donde, tarde o temprano, Estados Unidos deberá iniciar el retiro de sus tropas. Sería un éxito resonante para la diplomacia turca lograr un acuerdo entre israelíes y sirios que permitiese mediante el abastecimiento de agua, entre otros factores una mayor influencia de Ankara sobre Damasco. Ello permitiría a Turquía acentuar su influencia sobre Irak, sobre todo con miras a neutralizar cualquier intento kurdo por obtener un Estado independiente, el anhelado Kurdistán.
Estados Unidos, en todo caso, no parece muy convencido de los beneficios del acuerdo. Washington estima que Siria ha jugado un papel agresivo en la desestabilización de Irak, permitiendo la infiltración de combatientes. Tampoco la derecha israelí ve con buenos ojos la posibilidad de un acuerdo con Siria. De entrada han desacreditado las conversaciones señalando que se trata sólo de una cortina de humo lanzada por el Primer Ministro de su país, Ehud Olmert, para distraer la atención sobre las investigaciones policiales acerca de presuntas contribuciones ilegales de fondos para su campaña. Además, la derecha israelí exige un referéndum sobre la evacuación del Golán. Es probable que la mayoría de los israelíes, confrontados entre ceder territorios que nunca les pertenecieron y obtener la paz con otro vecino territorial con el cual
a diferencia de lo que ocurre con Egipto y Jordania no tienen relaciones diplomáticas, se inclinen por salir de los disputados territorios, tal como lo hicieron de la Franja de Gaza en el 2005.
Uno de los perdedores de un acuerdo de paz entre Siria e Israel sería Hezbollah, que en el pasado ha contado con el apoyo activo de Damasco. Muchas de las armas obtenidas por esta organización en Irán transitan por Siria, país que también les aporta a su arsenal y les brinda protección. Irán, a su vez, se vería perjudicado al perder, o al menos ver distanciarse, a su más cercano aliado.
En el Medio Oriente las condiciones políticas cambian con extrema velocidad. Hay muchos protagonistas capaces, por la vía diplomática o militar, de sabotear acuerdos que son contrarios a sus intereses. La historia de la región está tapizada con iniciativas de paz que no llegaron a buen puerto. Una de las grandes frustraciones de los esfuerzos diplomáticos es que cuando se logran calzar las piezas en un frente se desestabilizan en otro. Es alentador, en todo caso, que dos países que han estado enfrentados por más de medio siglo busquen la fórmula para poner fin a la beligerancia que los separa. LND