
Domingo 25 de mayo de 2008
La televisión mundial está en pana de creatividad. En las últimas décadas el aumento de señales ha sido formidable, pero la uniformidad del plasma planetario es asfixiante. La falta de ingenio es suplida por la fórmula "paga, copia y pega". Así, un turista inglés, de paso por Asunción, termina viendo el mismo programa que le ofrece un canal londinense. Los matices son la lengua y los protagonistas.
Siguiendo este derrotero llegó a Chile "¿Sabes más que un niño de quinto básico?", donde las estrellas del espectáculo y los políticos "taquilla" responden, con la ayuda de un grupo de estudiantes, las preguntas de un cuestionario escolar. La idea original es "Are you Smarter than a 5th Grader?", que en Estados Unidos emite Fox, a lo que se agregan copias transmitidas en más de veinte países.
Pero, más allá de las consideraciones sobre la monotonía de la pantalla universal, es interesante observar la manipulación de la solidaridad. Por contrato, que conocen y firman todas las partes concernidas, se establece que el famoso donará parte del premio a un establecimiento educacional. La regla general de la repartija es "miti-mota", a partir de un monto interesante. En algunas oportunidades, las figuras han entregado la totalidad del premio a una escuela; pero, en otras, el "rostro" ha dejado en su billetera o cartera la parte que contractualmente le corresponde.
Es probable que a muchos esta manera de abordar la "beneficencia espectáculo" les parezca normal y no se preste a controversia. Sin embargo, puesto que la transparencia está de moda, sería correcto que durante el programa se informe a los telespectadores el porcentaje de la tajadita que se lleva a su casa el representante del "star system". Con este programa se agrega una nueva faceta a la "solidaridad privatizada".
Ya conocemos la evolución que ha experimentado, en farmacias y supermercados, lo que comenzó como un simple chaucheo. Al principio, la invitación consistía en deshacerse de las pequeñas monedas que abultan los bolsillos. Hoy, en esas grandes cadenas, la ayuda tiene un monto fijo y un destinatario preciso. Suele ocurrir que se origina un conflicto de intereses entre las cajas electrónicas y el mendigo que espera en el estacionamiento. Más de una vez los hemos escuchado putear alto y fuerte porque no creen que los últimos 200 pesos que podrían haber caído en sus bolsillos ya fueron capturados por una obra benéfica que tiene una estrategia mucho más sofisticada que la mano estirada de un pordiosero.
Hay otro ejército, y no precisamente de salvación, que se atrinchera en las puertas de los hipermercados. Son las captadoras que, como ellas mismas lo han relatado, reciben una comisión por cada contribución convenida a través de una cuenta corriente. El argumento es implacable por partida doble. La cuota no sólo ayuda a desarrollar un proyecto, sino que además aumenta las posibilidades de un ingreso mensual digno para la promotora de la ayuda social. Vale. Con una sola firma matamos dos pájaros de un tiro: partir convencidos de pertenecer al bando de las almas piadosas y contribuir con el empleo.
Evidentemente, todas las estrategias de estos "puntos de venta de la solidaridad" sirven para amortiguar la miseria humana en sus diversas formas. Sin embargo, es un riesgo que la ayuda dependa de la mayor o menor codicia de un famoso, de la cantidad de monedas que se llevan en el bolsillo, o del nivel de tacañería de la persona que escucha a la colocadora de una organización.
Y esperemos que los ciudadanos no terminen convenciéndose de que esta contribución, estimulada por concursos e historias tristes, puede reemplazar a la única solidaridad que está garantizada, porque no depende de los estados de ánimo: los impuestos. LND