
Domingo 1 de junio de 2008
Acérquense, amiguitos. Acérquense, adolescentes, futuro de la patria. Voy a hacerles el mejor regalo que nadie les ha hecho. Voy a contarles la fórmula para seducir a cualquier mujer.
Equis quiere acostarse con Zeta. Equis es soltero; Zeta, casada. Equis, por ahora, no está enamorado de Zeta. Le gusta, la desea.
Una tarde la acompaña a la parada de buses. Cuando van a despedirse, Equis intenta besarla. Ella aparta la cara: no, Equis. Soy una mujer casada. Tú sólo estás jugando. Equis lo piensa. Conoce una gama de actitudes, aprendida desde el colegio, que un hombre puede adoptar para intentar vencer esta resistencia.
Pero no intenta usarlas. Mira a Zeta como se mira a alguien con quien resulta vital comunicar realmente, y le dice: La verdad, Zeta, es que quiero acostarme contigo. Si no quieres, conversaremos de otra cosa. Pero lo cierto es que me encantaría acostarme contigo. Equis irradia sinceridad y algo que, de momento, llamaremos despreocupado interés, como si en vez de su deseo le mostrara a Zeta un reloj o una maqueta del Taj Mahal: un objeto que los dos pueden contemplar, divertidos o curiosos. Espera que Zeta le dé una bofetada. Para su sorpresa, Zeta sonríe y dice: Lo voy a pensar.
Amiguitos, olviden lo aprendido. Que las hembras de la especie quieren relaciones estables, mientras que los machos quieren sexo. No. Todos queremos lo mismo, sexo y ser tomados en serio. No hay razones claras para esto. El sentimiento de la dignidad, que consiste en ser tratado como un fin y jamás como un medio, no tiene demasiada lógica, pero ahí está.
Olviden las estrategias, los ritos propiciatorios. Lo que tienen delante no es ni una diosa ni un animal. Adopten esa actitud de escucha, de leve perplejidad frente al misterio y de simpatía de principio que por instinto adoptamos en presencia de un igual. Y digan la verdad.
Eso, fuera de la cama. Una vez que cae la ropa descubrirán que el sexo, el verdadero sexo, tiene todo que ver con la desigualdad, el sometimiento, el poder. Descubrirán que sin el placer de dominar y de ser dominados el sexo nunca termina de ser auténtico. No me pidan que explique la paradoja. Soy una persona, no un jodido mago, amiguitos.