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  Motel a Quina

  Motel a Quina

  Por fuera parecen locales comunes y corrientes para navegar por internet, pero adentro cambia la temperatura. Las parejas furtivas se conocen gracias a una intranet. Chatean, se conocen, se tocan y tienen sexo. La única luz proviene del computador. Los ruidos: arañazos a puertas y gemidos. Es el sexo ambulante.

Domingo 1 de junio de 2008


Con las 8 de la noche y en la calle Merced, a pesar del frío y los grados bajo cero, hay que hacer fila para esperar por un computador en un ciber. "Todas las cabinas están ocupadas, el local está lleno", advierte el chico con peinado de pokemón que atiende la caja. En el local sólo hay hombres, una variedad de estereotipos.

En el local se pasean oficinistas maduros, veinteañeros enfundados en jeans ajustados y chaquetas de cuero, también jóvenes con la chasquilla relamida hacia al lado. Ante la mirada de los intrusos, algunos chicos ocultan su cara en los gorros de sus polerones. Es la hora del sexo casual.

Carlos es rubio, delgado y tiene 23 años, hace tres años trabaja de mesero en un café de la calle Lastarria, dice que conoce al revés y al derecho "el barrio", como llama al sector de Bellas Artes. Cuenta que el sexo entre hombres escondidos en los ciber se transformó en un clásico hace un par de años.

Carlos explica que esta práctica es una de las primeras formas de conocer tipos en la primera etapa de "la salida del clóset", una suerte de rito de iniciación. También agrega que este tipo de sexo "al paso" no es exclusivo de los jóvenes homosexuales. "De vez en cuando, las parejas hetero caen en la tentación del sexo furtivo, quizá por el bajo costo para acceder a una cabina", cree Carlos. Una especie de alternativa al motel, pues la privacidad de estos cubículos de madera lo permite.

En el primer piso la luz es tenue y la música es sugerente, se oye el estribillo de una balada a todo volumen: "Libérame, por favor, me dueles, libérame de tu amor".

Carlos dice que es una canción de Mónica Naranjo algo así como la diva de la música gay y también suenan las canciones lentas de David Bisbal. No es la única melodía. Los otros ruidos son portazos que se sienten cada vez que los chicos se cambian de cabina, golpes en las endebles murallas cuando las parejas se escudriñan contra la pared, se susurran y tosen para disimular gemidos.

Carlos abre el chat interno y comienza a hablar con un chico de la cabina 9. Dice que esa ubicación corresponde a las casetas del subterráneo. Comienza a chatear y su "imagen para mostrar" es su pene. No hay pudor.

-Carlos: ¿Qué buscas?

-Cabina 9: Algo piola ¿y tú?

-Carlos: Busco sexo oral.

-Cabina 9: Me gusta hacerlo, pero depende del tipo.

-Carlos: ¿Y podríamos...?

-Cabina 9: Ya, pero baja a saludarme.

Así de apresurado se da el flirteo en el ciber. Carlos asegura que después de esta rápida presentación, dentro de las cabinas sucede el sexo. En el lugar se venden condones y pañuelos desechables, que se exhiben en la vitrina en medio de los kojaks, chocolates y ceniceros que se ofrecen a los fumadores.

La media hora de navegación en internet tiene un valor de 500 pesos. Una vez en el compartimento se puede acceder al chat que comunica con las otras cabinas en las que se puede tener cibersexo, luego se pasa al cara a cara. Carlos explica que la rutina de esta frenética búsqueda de sexo por las tardes es siempre la misma.

"Después de hablar por el chat interno, de mirarse el torso, el cuerpo a través de la webcam, uno se pasa a la otra cabina o el chico viene a la tuya. Haces como que vas al baño y una vez en la caseta puedes tener sexo con él", asegura Carlos. Ahora recuerda que la práctica no es exclusiva de chicos gays, porque quien le dio el dato fue una pareja de amigos hetero que quisieron cumplir la fantasía de tener sexo en un lugar público. Por "quina" accedieron a media hora de total intimidad protegidos por el cubículo.

"Tuvieron sexo sin que nadie los molestara, y es que los tipos que están en la entrada se hacen los lesos", asegura, mientras recorre el cubículo con la mirada. Este mide más de dos metros de altura. Recuerda que antes, en lugar de puertas de madera, había cortinas de género que cumplían la función de otorgar total intimidad a los usuarios, sobre todo para que pudieran visitar las páginas pornográficas sin estar expuestos al resto de los clientes.

Eso asegura Miriam, quien hasta el año pasado trabajaba en un ciber de la calle José Miguel de la Barra. También cuenta que en estos lugares muchos jóvenes trabajan en la prostitución y utilizan el chat interno para ofrecer sus servicios.

"Me tocaba el asqueroso trabajo de limpiar las cabinas. Un día me topé con un cubículo que estaba cerrado, me subí a una silla para ver qué pasaba y sorprendí a un tipo de 20 años teniendo sexo con un cincuentón", recuerda. También asegura que un gran número de asiduos visitantes a estos lugares son sesentones.

Todas las cabinas tienen papeleros plásticos, como si se tratara de baños. Carlos dice que pasadas las seis de la tarde (hora peak), se pone papel higiénico: es una regla. No todos respetan. Las cabinas están sucias y los fluidos cubren las puertas desde comienzo a fin; es el vestigio del sexo brusco y apresurado. "Creo que a los encargados del local, una vez que pagas, no les importa en qué ocupes la cabina".

Ernesto, estudiante de periodismo de 25 años, dice que la mayoría de los cafés quedan ubicados entre las estaciones Santa Lucía y Bellas Artes. "Los más conocidos son el Mhitos, Revelación, Liberación y Friends". El estudiante tiene un ranking personal sobre lo permisivo que puede llegar a ser cada local respecto al sexo. "En uno de los locales hay un cuarto oscuro donde se pueden meter cuatro personas y tocarse", asegura Ernesto.

TENTACIÓN HETERO

En los foros de internet chilenos se pueden encontrar testimonios de hombres que narran experiencias de sexo en lugares públicos. El escenario favorito es el ciber, por la adrenalina que se siente durante un encuentro sexual, al borde de ser sorprendidos.

En una de las confesiones, un chico revela la excitación que le provocó la hazaña: "En aquella cabina se podía hacer de todo por lo espaciosa. Camino a conocer el ciber, le hice una apuesta, mi amiga dudaba de la dirección del local. Le propuse que si el ciber quedaba en la dirección que yo señalaba jugaríamos a quitarnos la ropa ante las cámaras. Ella en su cabina y yo en la mía. Cuando llegamos al lugar, le dije que había ganado. Después de mostrarnos el cuerpo por la webcam me pasé a su cabina, la senté en la mesita del PC y lo hicimos muy rápido. Fue una sensación increíble".

En el sitio chileno chile.warrez.cl se puede ver un video donde aparece una pareja teniendo sexo sobre la alfombra. La cajera echada sobre la mesa duerme sin sospechar lo que sucede a sus pies. Abajo una chica morena que está encima de su novio va quitándose poco a poco la ropa para tener sexo. El video tiene un gran número de visitas.

Juan tiene 29 años y hace tres años le dijeron que es portador del VIH. Recuerda que antes de su enfermedad era asiduo a los cibercafés de Providencia, ubicados cerca de las Torres de Tajamar. Dice que allí se disfrutaba de esta especie de complicidad grupal con los otros hombres.

Recuerda muy bien esos pasillos iluminados sólo por la luz sutil de tubos fluorescentes, lo que facilitaba la desinhibición. Asegura que para subir la temperatura, en los computadores se pueden encontrar carpetas con películas XXX.

"Siempre ha habido hueveo en estos ciber y allí se juntan los chiquillos a conocer a otros minos. Allí se va a la segura si lo que quieres es sexo. Lo malo es que no todos se cuidan", asegura Juan.

En medio de la nube de humo del cigarro y los susurros en el ciber de la calle Merced, Carlos explica que la discreción de estos lugares es perfecta para los amantes apresurados, porque aunque por fuera estos ciber parecen un negocio común y corriente, adentro es una fiesta subterránea donde los hombres corretean de cabina en cabina y todo está permitido.

Carlos agrega que lo malo de esta pequeña orgía es la falta de higiene y de prevención "Muchos creen que el sexo oral no es peligroso. El lugar tampoco es higiénico, los fluidos quedan ahí, tampoco sabes quién estuvo antes", explica.

Aún recuerda que la primera vez que cruzó la puerta de un ciber para conocer hombres su visita terminó en 10 minutos de sexo rápido con el tipo más "pasable" del lugar. Al final se intercambiaron los teléfonos. Del encuentro no quedó nada. "Es sólo un buen rato. Hay sexo oral y también llegas a la penetración, pero muy pocas veces se usa condón", asegura Carlos, como recordando una fiesta con mal final.

La Nación

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