
Lunes 2 de junio de 2008
Por casi tres meses, la palabra conflicto ha marcado el ritmo de Argentina. Cortes de rutas, paralizaciones, desabastecimiento de alimentos, cruces de acusaciones y desafíos, tibios gestos de acercamiento e infructuosas negociaciones se han convertido en imágenes que ilustran la polarizada pugna que vienen sosteniendo el Gobierno de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner con agrupaciones patronales del campo trasandino.
Peor aún, la disputa, que estalló en marzo cuando el Ejecutivo impuso un alza en las retenciones (impuestos) móviles a las exportaciones de granos como la soja y el girasol, parece no encontrar una vía de solución.
Por de pronto, las agrupaciones agrarias -que en el marco del enfrentamiento llegaron a cortar el paso de camiones con alimentos en carreteras de 14 provincias durante 21 días- tiene previsto realizar hoy, lunes, una demostración de fuerza con la convocatoria a un "paro general".
Ante este panorama de franca de beligerancia, no pocos se preguntan cómo en Argentina se ha instalado tal grado de conflictividad. Al respecto, analistas y expertos trasandinos coinciden en un aspecto: la pugna Gobierno-ruralistas ha excedido el ámbito económico-sectorial y se ha transformado en una suerte de "catalizador" de problemas, visiones e incluso animosidades de diversa índole y significado.
"En el conflicto actual está todo mezclado. Una discusión que inicialmente comenzó como un fenómeno de puja de ingresos se ha combinado con posturas políticas de algunos sectores del ruralismo y de fuera de él", explicó a La Nación el economista argentino Eduardo Curia.
Es más, para el experto económico trasandino, facciones de las cuatro agrupaciones rurales (Federación Agraria Argentina, Sociedad Rural Argentina, Confederaciones Rurales Argentinas y Confederación Intercooperativa Agropecuaria) estarían junto a sectores político-económicos unidos en el planteamiento de una alternativa al modelo económico de corte redistributivo vigente.
"Estos sectores aspirarían a minar al Gobierno para forzar el retorno al modelo económico de libre mercado de los años '90 (impuesto por el entonces Presidente Carlos Menem), que beneficia sus intereses ya que no contempla grandes gravámenes", indicó.
¿CHOQUE IDEOLÓGICO?
Según denunció hace unos días a la prensa trasandina, el vicepresidente de la Comisión Nacional de Valores de Argentina, Alejandro Vanoli, detrás de estos esfuerzos "reformistas" se hallarían influyentes grupos financieros y grandes exportadores vinculados a sectores concentrados de la economía, así como operadores de derecha.
De hecho, desde el Ejecutivo se han lanzado múltiples acusaciones al respecto contra las entidades del agro, apuntado a un supuesto propósito "desestabilizador".
Luciano Miguens, presidente de la Sociedad Rural Argentina, rechazó tajantemente esas denuncias. "No estamos contra la estrategia económica del Gobierno. Sólo queremos la revocación de una medida que perjudica nuestro trabajo. Con las retenciones en un nivel de 35% -como estaban hasta marzo- muchos productores estaban en el límite de la rentabilidad. Por eso, el aumento del impuesto móvil al 44% 'rebasó el vaso'", dijo.
Con todo, otros expertos alertan sobre la posibilidad de que el país pueda ser escenario de un choque ideológico de persistir el conflicto. "Por un lado tenemos al Gobierno y al kirchnerismo de centroizquierda y, por el otro, al agro y a una oposición de izquierda y derecha, que anónimamente acompaña sus reclamos para desestabilizar al Gobierno y sacar réditos políticos. De polarizarse aún más las posturas, se podría llegar a una pugna ideológica", aseveró el politólogo argentino Huberto Muraro.
"En este enfrentamiento existen elementos antinomia. Es decir, fricciones culturales entre dos concepciones de vida y desarrollo como son la ciudad y el campo", destacó, a su vez, la socióloga Laura Golbert, del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes).
DESCONFIANZA Y EROSIÓN
Explicaciones más explicaciones menos, lo cierto es que la persistencia de la pugna y la rigidez de las posturas de los actores enfrentados no ha hecho sino crear en Argentina una incipiente sensación de crisis. De hecho, en las últimas semanas circularon rumores de devaluación y hasta de un canje compulsivo de depósitos por bonos.
Estas versiones hicieron que se multiplicaran la compra de dólares, cuyo tipo de cambio se mantiene estable en torno a los tres y 3,20 pesos argentinos.
Para los expertos, este signo de desconfianza es precisamente fruto de la prolongación del conflicto Gobierno-agro que, por lo demás, ha erosionado la popularidad de la Presidenta trasandina.
Según los resultados del último sondeo divulgado la semana pasada por la encuestadora Romer y Asociados, la imagen positiva de Fernández cayó de 54% a 41% entre marzo y abril, y la ponderación favorable a su gestión declinó de 38% a 29% en el mismo lapso. Es decir, un 67% de los argentinos considerarían "regular" o "mala" la gestión gubernamental.
Además del enfrentamiento con los sectores agropecuarios, un factor que explicaría el desgaste que afronta la gobernante trasandina radicaría en el alza internacional en los precios de los alimentos y, sobre todo, en la inflación, que según estadísticas oficiales llegaría entre abril de 2007 a abril de 2008 al 8,9%, pero que estimaciones privadas la multiplican por tres.
"Aunque desde el Gobierno lo nieguen, el poco transparente manejo del aumento de la inflación no sólo se ha convertido en una flanco para los ataques en su contra, sino que también en un elemento que refuerza el malestar ciudadano y que, al mismo tiempo, potencia las protestas del mundo rural, que en cierta forma canaliza el descontento", explicó el analista Huberto Muraro.
Esto, a pesar de que los principales indicadores económicos dan cuenta que Argentina atraviesa un claro período de bonanza: el Producto Interno Bruto (PIB) ha crecido a un ritmo del 8% en los últimos cinco años, las reservas monetarias ascienden a más de 50.000 millones de dólares, y tanto el superávit fiscal y la recaudación tributaria muestran un constante ascenso.
"En Argentina, los conflictos siempre se han dado en escenarios recesivos. Hoy, hay elementos que potencialmente pueden devenir en una crisis en plena prosperidad", alertó el economista Eduardo Curia.