Hace unos días estuve en Helsinki, por una invitación de la Comunidad Europea y de nuestro Ministerio de Educación para conocer la experiencia de ese país del norte de Europa en la enseñanza del idioma inglés. En el blog www.masescuela.blogspot.com podrán encontrar mis registros de las reuniones e impresiones del -actualmente- mejor sistema de enseñanza del mundo. Ahora quisiera compartir con ustedes otras ideas que "se me aparecieron", a propósito de esta experiencia.
Visitar un país de los más desarrollados del mundo produce una impresión desconcertante si se mira y observa con detenimiento -lo que no había hecho antes-, más aún cuando la cultura y el comportamiento aprehensible en sólo una semana se le aparecen a uno como una cortina que inhibe la comunicación. En efecto, no nos quedaba más que mirar y observar quiénes eran los finlandeses y por inferencia los del mundo desarrollado hoy, podríamos decir.
Vi un país de gente que confiaba en sus instituciones y en ellos mismos, en sus lugares de trabajo y también en la calle. No existían funcionarios fiscalizadores que andaban sospechando de todos en el sistema educacional; la televisión en horario prime exhibía programas que están dedicados a la entretención, sin violencia, programas de entrevistas de actualidad y cine en inglés subtitulado en finés; en las calles las personas esperaban el cambio de luces del semáforo aun cuando no se veía acercarse vehículo alguno, y en los cruces con sólo paso de cebra los automovilistas se detenían cuando menos a dos metros, sin amenazarnos.
No escuché siquiera un bocinazo en esos días; la locomoción colectiva funcionaba como reloj, llegaban al paradero a la hora anunciada en el tablero electrónico; los transeúntes depositaban sus colillas de cigarrillos en los recipientes habilitados, nada de papeles o envases de comida en las calles. Nuestro cónsul me dijo que, como en toda sociedad, había crímenes, suicidios, pero nada de asaltos, hurtos ni lanzazos. Además, no eran temas de portada o apertura de noticiario. Más bien el reproche social a estas conductas llegaba a esos niveles de consideración periodística.
Tremendos contrastes con nuestra realidad: hace unos días en tres de nuestros canales de la televisión abierta, a este mismo horario, mostraban programas de muertes pasionales, de delincuencia en las calles céntricas de la capital de nuestro país y de la "eficacia" de nuestra policía en apresar delincuentes. Un sábado anduve caminado por el centro de mi comuna y a cada cierta cantidad de pasos debía hacerle el quite a la basura y a los restos de comida que habían tirado nuestros ciudadanos. En el trabajo me encontré con dos multas de sendas instituciones fiscalizadoras del sistema escolar, ambas muy discutibles. También tenía un par de informes respecto de que otros no hacían bien su trabajo y unas cartas "confidenciales" denunciando ciertas actitudes que habrían ocurrido en mi ausencia en unas escuelas. Pareciera que la orden del día que primero debemos cumplir es acusar.
En Finlandia, observé una situación más profunda. Percibí que ellos están viviendo en una sociedad que ha transitado a un estadio de convivencia distinto, han pasado de las viejas sociedades disciplinarias cerradas a una sociedad con dispositivos de control abiertos y continuos. En efecto, nosotros seguimos confiando en una sociedad disciplinaria, cuya técnica preferida es el encierro, el encierro en el hospital, en la cárcel, en la empresa, en la escuela o en la oficina, propias de la realidad del siglo XIX (tengo esta manía de recurrir a la historia para explicar todo, pero la madre de las ciencias, es la madre).
Nosotros apostamos a "normalizar" a las personas enfermas, a los que delinquen, a los niños y a los trabajadores, con la vieja técnica del encierro. Y ahí les dejamos caer todo el peso de nuestro poder moralizador, porque, en definitiva, lo que está de nuestro lado es la dominación serena del bien sobre el mal, la del orden sobre el desorden, la de quien sabe sobre el que no sabe. Seguimos hablando de hospitales, escuelas y cárceles, pero se trata de instituciones en crisis, que no son capaces de responder a las nuevas realidades que están instaurando un nuevo tipo de vigilancia, de educación y sanción. Si, allá la vida se desenvuelve a partir de una concepción del control social establecido de manera institucional y conductual, de un control continuo y una comunicación instantánea. Me ha impresionado la impronta del deber incorporado, de la responsabilidad personal primero y colectiva luego.
El desarrollo no consiste en el bienestar material, sino en una convivencia distinta, donde los prisioneros no son tratados como niños ni los niños como prisioneros. Nuestros niños sufren una infantilización que no es la suya y las escuelas se comportan un poco como prisiones (allá los niños tienen entre 19 y 30 horas de clases, aquí de 36 a 43, en la semana), lo mismo que nuestros lugares de trabajo. Nuestras relaciones se basan en la desconfianza del saber del niño y del trabajador: como no saben hay que encerrarlos y vigilarlos para que aprendan y trabajen.
No estamos dando cuenta de los avances tecnológicos sobre todo, para dejar de tener relaciones e instituciones disciplinarias, que se fundan en la sospecha y la desconfianza, para construir relaciones e instituciones que se funden en la confianza y la colaboración, que permitan transitar bajo formas de control más sofisticados y colocados a disposición del aprendizaje y la convivencia más humana y no al servicio de la "normalización" por no saber, por no comportarnos o hacer lo que quieren quienes detentan el poder (el poder del guardia, del jefe o del profesor).
Nuestro gran desafío para ser desarrollados no consiste en tener más y mejores carreteras, más y más altos edificios, ni siquiera un PIB más alto, ni mayores volúmenes de productos exportados. Consiste en que nuestra educación cambie sus prioridades: dar a nuestros niños y jóvenes una formación valórica y ciudadana de país del primer mundo, lo demás viene por añadidura. La autodisciplina, la conciencia ambiental, la tolerancia y el respeto al otro, el compromiso social y con el país, el trabajo bien realizado, el buen comportamiento en las calles, el buen conducir, el beber con límites; esto constituye la base para el mayor aprendizaje de las ciencias, de las matemáticas y de las lenguas. Sin obligación, sin coerción, sin castigo.
En las sociedades disciplinarias los niños se envían o dejan en la escuela en horarios rígidos que si no los cumplen son castigados; en las sociedades del control los niños van a la escuela porque tienen conciencia de la importancia que ésta tendrá para su futuro personal y para su país; en las primeras las escuelas castigan a los niños que no aprenden, en las segundas los que no aprenden de una manera lo harán de otra. Esa es la diferencia, ni más ni menos.