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  Helsinski, donde los pobres tienen yate

  Helsinski, donde los pobres tienen yate

  Atrás, un niño de chasca dorada masca una hamburguesa de reno. Se está comiendo al papá de Bambi, pienso, y no entiendo a este pueblo tan extraño en su inexpresividad nórdica, en su mudez alcohólica que se emborracha de frío, que sale de sus saunas con el poto rojo a zambullirse al mar congelado.

Domingo 8 de junio de 2008

 Y desde aquí tan lejos, al otro lado del mundo, donde el verano finlandés hace tiritar los pálidos huesos chilocos. En este paraíso de albinos uno no puede sentir el ocio turista mientras va surcando los canales verde oscuro con lanchas y yatecitos blancos bamboleados por la ventisca polar. Porque aquí hasta los pobres tienen yates, me dice una finlandesa latinoamericanista que se casó con un chileno exiliado.

Y claro, el chileno sólo atinó, asegurándose los privilegios de ese casorio con la rubia enternecida por lo mal que lo pasábamos los chilenos entonces.

Y de viaje en viaje, y de solidaridad cristiana con los maltratados, los suecos y finlandeses agarraban pobres perseguidos, desnutridos, para lucir el trofeo en estos bellos paisajes; callecitas de cuento, catedrales doradas como de película, porque Helsinki es así, helado como la tula de Tarzán, pero hermoso como postal de calendario colorinche. Todos aquí viven bien, y a los niños, forrados de astronautas, los cuidan como porcelanas.

Y caminando por el laberinto de fachadas decoradas como tortas, ves multitudes de niños por los parques llenos de ardillas, los ves como pequeños gnomos recorriendo la suntuosa Helsinki.

Sus torres puntiagudas y las cúpulas de oro que dejó el imperio ruso; sus flores y tulipanes rosados, amarillos, lilas por doquier, y ese olor fragantón que a la larga es nauseabundo mezclado con la sutil fetidez de los canales.

Tan lindo es todo aquí que agrede ver a los pobres inmigrantes rumanos y rusos hincados, con las manos juntas, suplicando un euro. Así es. Los ves en todas las esquinas, rezando por una mísera moneda, mirando al cielo con su muda súplica denigrante. Y los finlandeses pasan al lado, con su altivez, haciéndole asco a los mismos rusos que fueron sus colonizadores, años atrás, cuando formaban parte del imperio zarista.

Así fue. Mitad colonia sueca, mitad colonia rusa. Y por todos lados ves los empompados vestigios de la historia al alcance de la mano. Y sin ninguna ceremonia de museo te puedes sentar a tomar una chela en el café Juttutupa, un castillo de piedra donde Lenin, sí, el mismísimo Lenin, planificó la revuelta bolchevique.

Esto no me lo creerán, pensé al escribir esta crónica en la mesa con cubierta de vidrio sobre las fotos que autentifican que el líder escribió ahí mismo, con pluma y tinta roja, la proclama de la revolución.

Pero aquí, a pesar de la amabilidad de algunos finlandeses, igual se está solo en la noche eterna del invierno blanco, en la noche con sol del verano helado. Se está doblemente solo en este paisaje cinematográfico viendo a los patos nadar con sus patitos en la laguna azul. Los finlandeses son indiferentes. Parecen amables, sonríen siempre, no sé de qué, son extremadamente civilizados, y toman copete como bestias día y noche, solitarios en los bares. Me la ganaron en eso.

Pero del indiaje latino saben poco o nada. Sólo conocen la very tipical caricatura del "buen salvaje". Nada más. Hace una semana que estoy por acá, invitado a un festival literario, y sólo miro rubios de ojos de cielo, y este cielo de ojos no me ve. Todo lindo, todo hermoso, todo vidriado por los canales verde mar que culebrean la ciudad semivieja, semimoderna, donde hasta los pobres tienen yates. Y sigo caminando por el empedrado disparejo de estas calles de nombres consonantes, como ensalada de equis, zetas, enes imposibles de recordar. Un alce, un oso, un carnero y un bisonte disecados, arriba de un camión, reúnen a un grupo de gente. Se lamentan con lágrimas ecológicas, acariciando el pelaje empolvado de los animales.

Atrás, un niño de chasca dorada masca una hamburguesa de reno. Se está comiendo al papá de Bambi, pienso, y no entiendo a este pueblo tan extraño en su inexpresividad nórdica, en su mudez alcohólica que se emborracha de frío, que sale de sus saunas con el poto rojo a zambullirse al mar congelado. Y corren desnudos por el hielo con los cachetes azules, y siguen bebiendo para no llorar. LND

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