
Domingo 8 de junio de 2008
La muerte fortuita de cualquier famoso siempre provoca un efecto colectivo que desata la necesidad de vivir el acontecimiento, sufrirlo y llorarlo. Hemos visto imágenes sobrecogedoras de chilenos haciendo turno por despedir a su desconocido favorito y refiriéndose a él como si lo hubieran visto minutos antes de su partida, pero algo como la muerte del general Bernales nunca.
El "General del Pueblo" desató actos de recogimiento y conmoción a nivel masivo, obviamente porque ya se había ganado un lugar en el Olimpo mediático. Como invitado estelar en los matinales y regalón de los medios de comunicación, Bernales era toda una figura pública en la lucha contra el gran enemigo de todos los chilenos, la delincuencia. El fallecido director sabía de lo que hablaba. Hizo carrera en plena dictadura trabajando en las Fuerzas Especiales y en la Dirección de Inteligencia de Carabineros y más tarde en la Araucanía, por lo que entendía perfectamente el significado de la palabra coerción. Pero, además, Bernales hablaba para los medios, y supo aprovecharse de las coyunturas nacionales para transformarse en todo un personaje.
"Matar un carabinero es matar el país", o "no se duerman", son frases que calaron fuerte en el ficticio nacional y lo acercaron a los públicos hambrientos de sangre y balazos. Por esto, los medios no dudaron en ungir a su aliado como un mártir, recurriendo a un viejo pero efectivo recurso: "El drama catódico". Así nos enteramos de quién era Bernales, su mujer, sus hijos y varios detalles más que aumentaban el dolor de su pérdida y los auspiciadores, que compraron espacios de publicidad en los programas especiales, extras de último minuto y la transmisión del gran espectáculo fúnebre que se tomó la pantalla. Bernales, ante los ojos de la ciudadanía, se convirtió en un héroe que murió mientras servía a la patria, aunque el hecho real haya sido un fatídico accidente, y eso casi nadie lo notó. La necesidad de desahogarse en momentos de incertidumbre económica, la histeria calcetinera o la simple voluntad del Gobierno de mostrar que la democracia también es capaz de rendirle honores a sus uniformados (sobre todo cuando tienen el mayor apoyo del pueblo), superaron la realidad misma de los hechos y nos sumieron por tres días en la extraña entelequia de este duelo nacional.