
Domingo 8 de junio de 2008
"La vida es una bestia estúpida", decía la poetisa que vivía en la Villa Olímpica y que en la década de los cincuenta dejaba en claro que ella era "de lo más under de lo under", que tenía un tatuaje en un brazo, una calavera atravesada con un cuchillo, que simbolizaba la muerte de la muerte.
Cabellera de fuego, "Colorida" la llamaban cuando se paseaba por las calles de Santiago, en bares donde aparecían y discutían Enrique Lafourcade, Jorge Teillier, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Alejandro Jodorowsky, Jorge Edwards... Pero el rojizo se fue a blanco en su pelo, como una corona de nieve, y su voz ronca, ruda, rabiosa, también partió en junio de hace dos años en una pieza común del Hospital del Salvador. Tenía 79 años.
Cuatro años antes, Fernando Guzonni (25) leyó el libro "Poemas & Antipoemas", de Nicanor Parra, y se encontró con los versos de "La víbora" "Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer/ Que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda/ Ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar/ Con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita" . Guzonni quedó impactado y comenzó a investigar quién podía ser esa mujer. "La víbora", Stella Díaz Varín.
"TE VOY A MATAR"
"Luego leí 'La danza de la realidad', de Jodorowsky. Según él, 'La víbora' de Parra era Stella", cuenta Guzonni, quien no pasó mucho tiempo para que consiguiera su dirección y la visitara en su departamento de la Villa Olímpica. Era el invierno de 2005 y Guzonni le contó la historia a Werne Giesen (codirector), y comenzaron a trabajar sin tener claro el final. Sólo deseaban registrar la vida de la autora de "Los dones previsibles".
"Éramos tres los que llegamos a golpear su puerta, íbamos de negro y pensó que éramos mormones, pero le dijimos la admiración que sentíamos por ella y nos citó en la SECH para la semana siguiente", cuenta Guzonni, codirector de "La colorina", documental que será estrenado en agosto en el Sanfic (Santiago Festival Internacional de Cine).
Pero Stella Díaz no llegó a la cita, y los jóvenes comenzaron a lanzarle mensajes y poemas por debajo de la puerta de su departamento. "Más que por hacer una película, era la obsesión y la urgencia de rescatar a este personaje que también se estaba muriendo", dice Guzonni, quien recibió un combo en el hocico de parte de Stella. "Si tú me traicionas te voy a matar", le aclaró rayando la cancha. Era la segunda vez que se veían.
Cuando ya optó por trabajar con los realizadores, a veces, a Varín le bajaba el pánico escénico "o simplemente por cagar la onda, y no aparecía cuando íbamos a grabar", cuenta Guzonni, para decir que ella en algunas oportunidades los presentaba como "mis cineastas", quienes empezaron a visitarla dos veces por semana, y terminaron llevándola al hospital todos los miércoles, donde iba a hacerse un tratamiento por el cáncer mamario que padecía.
LA INVENCIÓN DE STELLA
El documental "La colorina" está hecho en multiformato, "Frenético y sucio", definido por sus directores, sin voz en off, con animación, donde Díaz Varín viaja por una carretera de imágenes que podrían ser la órbita en la que se movía. El caos, la belleza, el alcohol, la pena, el humo de cientos de cigarrillos que hicieron de su vida y obra una banda de rock.
Y en su viaje la acompañan, poetas, escritores, amigos, familiares, la peluquera, que era su vecina. En "La colorina" podrá ver al poeta Piero Montebruno recordándola al ritmo del rap con un pasamontañas, a Bruno Vidal recitando en una fundición de fierros, y Delia Domínguez da su testimonio arriba de un auto antiguo.
Además de José Miguel Varas, Armando Uribe, Soledad Fariña, Raúl Zurita, Alejandro Jodorowsky contando su romance con Stella , su amiga Claudia Donoso y los poetas más jóvenes, Diego Ramírez y Héctor Hernández, quien aparece en escena con camisa de enfermo en el pasillo del hospital donde estaba la pieza en la que Stella murió.
Finalmente, aparte de los testimonios, se filmó el último año de la vida de Varín, donde aparece comprando en la feria, cocinando, recitando, dando charlas, escribiendo, emborrachándose, escuchando de noche sentada en la banca de una plaza con audífonos su propia voz que la asusta.
Stella, que en plena dictadura tenía una bandera del Che Guevara en la ventana de su departamento, desde donde gritaba: "Viva el Partido Comunista". "Ella sentía que su obra había sido eclipsada por sus mitos, que era la musa de los poetas, que era punk, que era buena para los combos, que era alcohólica, que era comunista, pero también había ratos en que le sacaba provecho a esas historias. Ya después contaba la verdad de ciertas anécdotas, como la del tatuaje sale en el documental , el cual se hizo en 1949, en el tiempo que Gabriel González Videla proscribió al Partido Comunista. Y en el fondo los mitos eran bastante reales, porque le pegó a Enrique Lafourcade en la dictadura por sapo, ¡le sacó la quijada!", relata Guzonni.
El director recuerda una historia que no aparece en la cinta. Un día miércoles la acompañó al hospital, después se fueron a almorzar, en el local había unos cuadros con los rostros de Louis Armstrong y Charlie Parker. Ambos comentaron su gusto por Parker, y Guzonni le dijo que andaba con un disco del trompetista. Entonces fueron al Parque Forestal, Stella se puso los audífonos y durante una hora fue otro el ritmo de las esferas, con los ojos cerrados, mientras sus brazos aleteaban como un pelícano saliendo del agua. "¡Nos van a llevar presos por locos!... ¡Nos van a llevar presos por locos!'...", gritaba con una sonrisa en la cara. LCD