
Domingo 8 de junio de 2008
El de 10 de septiembre de 1968, el poeta Pablo de Rokha se levantó de su cama, a eso de las nueve de la mañana, como casi todos los días, y se cubrió los hombros con su viejo y gastado abrigo de tweed. Reinaba un silencio rural, campesino, en esa crujiente casa de Valladolid 106, comuna de La Reina, que él mismo había levantado, viga por viga y tabla a tabla. Imperaba un silencio que hoy imaginamos fragante a ruda, a hierbabuena, levemente manchado por el ladrido de algunos perros y claveteado por aquí y por allá del gorjeo remoto de zorzales, chercanes, diucas y gorriones, revoloteando entre las ramas de los paltos y los damascos que aguardaban la primavera, despuntando sus yemas a un sol remolón y pálido. A las diez con diez, los pájaros volaron súbitamente de las copas. El estampido de un revólver calibre 44 quebró el silencio como un vaso. Era la descarga del
Smith & Wesson del poeta. La misma arma con que su hijo y secretario se había matado en julio de ese año. Revólver que le había sido obsequiado a De Rokha, en México, por las autoridades de ese país, como un recuerdo, tras haber seguido la larguísima cabalgata que replicaba la realizada por Emiliano Zapata, el Centauro del Norte, muchos años antes. Cuando su hija y la empleada de la casa entraron al dormitorio lo hallaron sentado en su silla, con la cabeza dramáticamente inclinada hacia atrás. Los clásicos anteojos de montura negra le colgaban de una oreja. La izquierda. Y una vertiente de sangre le manaba a borbotones de la boca. Ni cartas ni explicación alguna sobre el escritorio, ni en los bolsillos del raído sobretodo. Qué falta hacían de un hombre que había dicho, sólo tres meses antes: "Pues bien, mi hijo se mató. Yo no le reprocho nada. Si me duele en las entrañas es cosa mía. Pablo de Rokha hijo vivió como un hombre y murió como un hombre; yo lo respeto. Lo dijo Epicuro y yo lo repito: si la muerte no está en nosotros, no la temamos porque no está. Y si ella está con nosotros, no la temamos porque nosotros ya no estamos. Este viejo pedazo de carne que yo soy, compañero, puede irse al fondo de la materia cualquier día de estos.
No quiero la muerte, pero no la temo". Se afirma que ese mismo día 10 de septiembre debía internarse en la Casa de Orates para someterse a un tratamiento siquiátrico. Nunca llegó a las dependencias de avenida La Paz. La 44 lo libró. Nadie necesitaba excusas de ese creador cuya obra, en el prólogo del recientemente reeditado "La escritura", de Raimundo Contreras, el poeta Leonardo Sanhueza define como "es más Chile que el propio Chile, porque es un país que todo el año huele a duraznos y en que cantan las tencas bajo la lluvia o el sol y hasta las chiquillas más cartuchas andan a poto pelado celebrando los frutos de la patria colorada y magnífica".
Se le otorgó el Premio Nacional en forma tardía y a regañadientes. No lo quisimos bien. Nuestra mezquindad lo persiguió a donde fuera. Él lo expresó así: "Compañero Usted ve, nunca me he lamentado de mi suerte. Para que a ustedes los nuevos poetas no les pase lo mismo, quiero decirles un par de cosas. Me han negado y matado en silencio, pero lo peor es que aprovecharon para robarme. Si tuviera facultad para maldecir, yo maldigo entonces, aunque sea por última vez, a los que despojan a los verdaderos creadores, a los que usurpan el trabajo y la creación ajenos para su propio éxito personal". LND