
Domingo 8 de junio de 2008
Probablemente, Gabriel García Márquez nunca pensó que el famoso título "Crónica de una muerte anunciada" iba a ser tan usado, ni para tantas cosas que nada tienen que ver con la literatura. Pero si de fracasos anunciados se trata, la derrota del Gobierno a manos de los camioneros podría ser un best seller político-literario. Porque esta movilización pudo haber sido desactivada si el 21 de mayo, en lugar de hacer anuncios sobre acuerdos, preacuerdos y postacuerdos, se hubiese hablado franca y derechamente de eliminar un impuesto creado hace más de veinte años para mantener y reparar las calles y carreteras dañadas por un terremoto. Primero, porque está claro que gran parte de esas carreteras están ahora concesionadas y hay que pagar, no al Estado sino a privados, por usarlas. Y segundo, porque si uno circula por las calles de Santiago que no han sido concesionadas, le queda claro que de los dos mil millones de dólares que el Gobierno recauda por el impuesto específico a los combustibles, muy poco ha ido a parar a las dichosas reparaciones.
Pero claro, cualquiera que haya obtenido un aumento de sueldo sabe que mientras más se gana, por alguna misteriosa conjunción estelar, más se gasta. Eso corre por igual para un individuo, una familia y para el Estado. Mucho más para el Estado. Y entre la decencia de devolver y la conveniencia de conservar, la decencia se convierte repentinamente en un concepto demasiado sobrevaluado y el buen economista opta por la vieja táctica de pasar piola. Aunque eso signifique mantener un tributo que incide directamente en el alza de la inflación, supuestamente, una de las mayores preocupaciones del Gobierno y del autónomo Banco Central.
El asunto había efectivamente pasado piola, hasta que los camioneros decidieron tomar cartas en el asunto, o mejor, tomarse las carreteras. La movilización tuvo tanto de sorpresa como un implante de silicona en una modelo. Todo el gremio lo venía anunciando desde hace un par de meses. Y como telón de fondo, uno que otro nostálgico de la dictadura acordándose de lo mal que lo pasó Allende cuando le tocó a él.
Pero como la tónica para tratar los conflictos es la reacción y no la previsión, hubo que esperar a que las carreteras estuviesen flanqueadas de camiones para dar el brazo a torcer. Linda manera de hacer el ridículo. Supongo que hay otras peores, pero no se me ocurren muchas. Porque si hacemos memoria, hace un par de meses que el Gobierno metió plata al Fondo de Estabilización del Petróleo, cuya función es precisamente amortiguar el impacto que las alzas de precio tienen en los bolsillos de nuestro Chilito, importador nato de combustibles. ¡Ah, ahora me acuerdo! A nadie se le ocurrió que, junto con el de las bencinas, fuese bueno bajar el precio del diésel. En esos días había que ser condescendiente con el votante automovilista y no con el votante camionero.
En la raya para la suma, las medidas se tomaron tarde, los camioneros dejaron en claro una vez más que la racionalidad de una solicitud debe ir acompañada por una medida de presión (por la razón y la fuerza, habría que cambiarle el lema al escudo nacional). La UDI se subió por el chorro y anunció que no aprobará la medida en el Congreso y que exigirá que se elimine el impuesto a los combustibles. Y como han funcionado las cosas desde el acuerdo sobre la educación, pocas ganas les veo de negociar. Aunque eso dependerá de lo que se pueda ganar, como siempre.
Ahora, si usted es uno de los que se compró un auto petrolero, pensando que siempre le iba a salir más barato que el bencinero, consuélese, somos muchos los ingenuos. Por otra parte, piense que el suyo es siempre más rendidor que el bencinero. Pero pierda las esperanzas acerca de la baja de los impuestos. Recuerde que los tributos son necesarios para que el país pueda satisfacer las innumerables necesidades que tiene, y que los recursos son escasos. Y escasearán todavía más, después de todo, entre los mil millones de dólares que se van al mencionado Fondo de Estabilización y los 52 millones que costará dejar contentos a los camioneros, al erario fiscal sólo le van quedando unos 950 de los dos mil millones que debía recaudar por concepto de impuesto específico. Y si no se lo han dicho, el Servicio de Impuestos Internos detectó una baja de un 8% en la recaudación fiscal, especialmente por las grandes mineras. Pero claro, ellos tienen un poquitito más de poder y recursos que usted o yo a la hora de elaborar su declaración de impuestos. No hay caso, todo indica que, al menos para algunos, la decencia está definitivamente sobrevalorada. LND