
Lunes 9 de junio de 2008
Respecto de África, la compasión es de rigor. El continente es presentado como una tierra perdurablemente pobre. Esa mirada, caritativa o "lúcida", no carece de relación con un África que emerge de varias décadas de crisis. Pero ignora las convulsiones que se están produciendo y de las que pocos captan hoy la magnitud ni las oportunidades.
La población del África subsahariana pasará de 750 millones a 1,2 mil millones en 2025 y 1,7 mil millones en 2050. Esto va acompañado de una urbanización masiva: en 2025, 600 millones de africanos vivirán en ciudades, contra 200 millones en 2000 y 20 millones en 1950. El África de mañana será joven: 65% de los subsaharianos tienen menos de 25 años.
Cabe esperar tres órdenes de consecuencias. Primero, migratorias. La movilidad de las poblaciones se ampliará en la medida del reequilibrio entre zonas superpobladas y espacios de densidad más débil, pero también debido a las transformaciones rápidas y heterogéneas del espacio económico africano. Si bien la mayoría de esas migraciones ocurrirá en el continente, su amplitud implicará un crecimiento de los flujos hacia el Magreb y Europa.
En seguida, geopolíticas. La duplicación de la población africana en menos de 40 años y las transferencias que resultarán podrían generar fuertes tensiones políticas. África podría no estar, quizá, al final de sus conflictos. Por último, económicas, que permiten abrigar esperanzas. A medida que la población se reagrupa, crece en productividad. Las infraestructuras son más eficaces en zonas pobladas y el comercio se desarrolla.
África podrá contar por varias décadas con una relación entre activos y pasivos favorable, la misma que permitió, hace poco, el despegue económico chino. Combinado a esto, el nuevo marco macroeconómico mundial (crecientes precios de las materias primas, desaparición de la hiperinflación y fuerte reducción de la deuda soberana africana) ofrece oportunidades de crecimiento inesperadas. Hecho poco conocido, el crecimiento del África subsahariana se ha establecido en cerca de 5% promedio desde 2000, el doble del registrado en Europa. El FMI proyecta una tasa superior a 6% para 2008.
Es importante que las políticas públicas europeas estén en línea con este momento, a falta de lo cual se corre el riesgo de tener ante las puertas un caos que ninguna infusión humanitaria podría contener. El desafío es llevar el crecimiento del continente de 5% a 8% ó 10% anual. Supone permitir a las economías africanas insertarse plenamente en el sistema internacional, y abrir más los mercados a sus bienes. Pero este anclaje en la globalización mediante los intercambios no podrá ocurrir en ausencia de una red funcional. El apoyo al sector privado debe también figurar entre las prioridades en la ayuda pública a África.
La atenuación de los factores estructurales de crisis forma igualmente parte de la solución. La materialización de esas ambiciones requerirá la movilización del ahorro africano. Pero el financiamiento no podrá eximirse de un esfuerzo internacional en términos de ayuda pública. El África de los mil millones y medio se impondrá en la globalización. Si no, nos arriesgamos a que se invite a sí misma a las políticas internas de Europa.