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  Cuatro piedritas

  Me miró con unos ojos de luna llena y dijo: voy a bañarme, rozó con sus manitas mi mano y fue como si el cielo hubiera llegado a mi alma.

Viernes 20 de junio de 2008

Eran cuatro piedritas sin nombre. Cuatro piedritas sin color. Puras piedritas de la calle y él las tomaba como si fueran cuatro pedazos de amor, cuatro estrellas del cielo, cuatro planetas y las miraba con sumo cuidado, con tan profunda ternura las colocaba de vuelta en el suelo que me estremecía el alma. Yo mantenía una distancia prudente, tan cuidadosa como la de él. No fuera cosa que se intimidara, que se asustara y partiera. No quería perder este regalo de vida, este hermoso esfuerzo que hacía él por construir un juego que yo no entendía y que no necesitaba entender. Él y sus cuatro piedritas eran un gigantesco goce de la imaginación.

Sus ojos las miraban con atención, sus manos las acariciaban buscando cualquier relieve, cualquier distinción, cualquier gentileza que pudiesen ofrecer. Su cabecita se alzaba, a ratos, buscando, a la distancia, ver a su nana que charlaba encantada, sentada en la pequeña plazoleta. Después de un largo rato, su atención se desvió encandilada hacia el resbalín y ahí quedaron, borradas, las cuatro piedritas sin dueño.

Lo seguí con la mirada y vi cómo subía lentamente la escalerita y con locura se tiraba en las más distintas posiciones: de guata, de lado, de cabeza. Era, sin duda, un niño dotado de una generosa confianza en la vida y en sí mismo. Debían amarlo mucho. Después, corrió y se tumbó en la arena. Separaba y golpeaba, con el pie, una pelota imaginaria que lograba sacar de su boca el grito de gol, gol, gol.

A ratos, volteaba el cuerpo y al ver a su niñera volvía a su mundo, mejor dicho, al mundo. Intentó, sin mucha gloria, escalar un viejo cerezo. Molestó con ternura a un viejo can que reposaba su vejez bajo unos arbustos. Voló, con la misma pasión que Superman, un rato por toda la placita. Se sentó casi a mi lado sin verme o al menos sin demostrar verme. Tenía la carita mojada pese a la tarde fría, un surco de arena acompañaba la hermosa partidura de su pelo y los labios tenían un color frambuesa de puro goce.

Me moría por tocarlo o decirle algo, sin embargo, no quería perderlo, así que acallé mi sed de ternura acompañando su animado ir y venir. Desapareció de mi campo visual y logré verlo, un rato después, al lado de su nana. Regresó al centro de la plaza con un biberón lleno de algún tipo de jugo, del cual disfrutaba de modo escandaloso. Botó la mamadera y volvió a la carga contra el resbalín, el cerezo y el viejo perro. Volvió a rodar por la arena, como si fuera el dios de los vientos y las tempestades.

Se paró de repente, al oír la voz que lo llamaba. Gritó: acá, nana, y partió raudo hacia mí. Me miró con unos ojos de luna llena y dijo: voy a bañarme, rozó con sus manitas mi mano y fue como si el cielo hubiera llegado a mi alma. Salió corriendo y mientras lo miraba se detuvo repentinamente. Fue agachándose con lentitud y con suavidad cogió las cuatro piedritas, las miró con ternura y las metió en el bolsillo. En la plaza quedó el biberón medio lleno, olvidado por su poca importancia frente a cuatro piedritas mágicas.

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