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  Mujeres refugiadas en Chile

Viernes 20 de junio de 2008

Más de un tercio de las personas refugiadas en el mundo, ocho millones de seres humanos, corresponden a niñas y a niños. Sus padres y madres debieron dejar su tierra, sus afectos y sus redes sociales de apoyo para establecerse en países que por lo general desconocían, con la esperanza de recuperarse de los traumas de la persecución o la guerra y empezar de nuevo.

Chile ratificó la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, que obliga a nuestros gobiernos a proteger y a asistir a estas personas, asegurando que ninguna sea devuelta a un país donde su vida o libertad corran peligro, y que todas puedan ejercer sus derechos en plenitud. La agenda está fresca en nuestro país, no sólo porque el 20 de junio es el Día Mundial del Refugiado -y la refugiada-, sino porque hace poco llegó un grupo de 117 de ellos, provenientes del campamento de Al Tanaf, en la frontera de Irak con Siria y Jordania, compuesto principalmente por mujeres, niñas y niños, los que desde hace unos meses se encuentran en proceso de reasentamiento en las comunas chilenas de La Calera, Ñuñoa, Recoleta y San Felipe.

Pero queremos hablar de las mujeres, porque a veces no las vemos. O no las vemos como son en realidad. Por lo normal, la prensa nos ofrece imágenes de mujeres llorando sobre los cadáveres de sus hermanas, madres, esposos, hijas o hijos. Pero casi nunca nos enteramos de que luego de enterrarlos, ellas se levantan y vuelven a ocupar su lugar en la lucha por sobrevivir y proteger a los suyos. En gran número se han convertido en jefas de familia. Han sido la columna vertebral en una guerra que no les entrega medallas, sino que les demanda valentía, fortaleza y tolerancia; que les exige a sus cuerpos y a sus espíritus. Es una guerra que les pide olvidarse de la paz que tanto aman, que les arrebata a su gente y les ordena secar sus lágrimas para continuar dando hasta el último gramo de su fuerza.

Estas palabras son un homenaje al lado menos conocido de las mujeres. Un lado al que esta vez sólo nos hemos asomado un poco, pero lo suficiente para sorprendernos. Hemos sabido de la cálida acogida que la población chilena ha brindado a las personas reasentadas, y también de algunos que no ocultan su rechazo, desconfianza y actitudes xenófobas. Nos quedamos con lo primero, que nos enaltece como país.

Recibir y saber de este grupo de refugiados y refugiadas nos otorga la oportunidad de hacer lo que tantos países hicieron con nuestras conciudadanas y conciudadanos, en épocas oscuras de nuestra patria, cuando ser acogidos por otro Estado era recuperar la posibilidad de vivir como personas libres, en dignidad y con derechos.

La Presidenta Michelle Bachelet quiso que la mesa estuviera dispuesta para ellos y le pidió al país atenderlos con cariño y con cuidado. Y lo haremos con las hijas y los hijos de cualquier país de nuestro planeta, que requiera poner a salvo su vida y sus derechos.

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