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  Transnegocio

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  Estela tiene 23 años y dice que podría ser el sueño de cualquier hombre. Alta, rubia y voluptuosa. Parece modelo. Llegó desde Argentina hace dos meses y escuchó que en Chile la demanda de travestis era buena y decidió probar suerte. Cobra 70 mil pesos por una hora sin límites. Más del doble de lo que gana en su país.

Domingo 22 de junio de 2008

El mercado ha crecido como la espuma. Son argentinos, brasileños, uruguayos, ecuatorianos y peruanos. Tienen página web, contactos y alta demanda. Son travestis que buscan el comercio sexual y que dejaron sus países porque Chile se está transformando en un mejor lugar de trabajo: algunas cobran el doble o el triple que en sus países. Viven como reinas, ahorran y envían dinero a sus familias.

No crea todo lo que ve de los serios hombres chilenos. Ser mina y tener pene es un servicio que despierta gran interés en nuestras tierras.

Estela, por ejemplo, tiene 23 años y dice que podría ser el sueño de cualquier hombre. Alta, rubia y voluptuosa. Parece modelo. Llegó desde Argentina hace dos meses. Escuchó que en Chile la demanda de travestis era buena y decidió probar suerte. Viajó, arrendó un departamento en el sector oriente y se ofreció en los principales portales de sexo. Cobra 70 mil pesos por una hora sin límites. Más del doble de lo que gana en su país. El celular sonó de inmediato.

Su promedio de clientes varía entre cinco y seis diarios. Abogados, periodistas, médicos y empresarios. Hombres profesionales que vienen de vuelta y quieren darse un gustito. Según dice, la atención es tan buena que varios se han transformado en habitués de sus servicios. "Soy de nivel internacional. Me comporto como la novia más complaciente y mimosa. Tengo disfraces y hago todo lo que me piden", asegura.

Zona 33 es una empresa de comunicaciones que maneja medios como www.sexo.cl y Santiago/B. Publica desde picadas para tomarse un trago hasta ofertas sexuales. Chicas, chicos y travestis son parte de la parrilla. Pablo Córdova es el periodista encargado de entrevistar a las trabajadoras sexuales antes de que aparezcan en los portales. Él reconoce que este tipo de servicios son mejores aún cuando los ofrece un extranjero. "Son para volverse loco. Son superfemeninas y delicadas. Se encargan mucho más de exacerbar sus atributos e, incluso, son más llamativas que las niñas de verdad", señala.

LOS GUSTOS DE PAPI

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 Verena cuenta que durante el acto sexual los chilenos somos amables y cariñosos, pero después aparece el cargo de conciencia. "Pagan una hora, pero se van antes. Tienen su orgasmo y se vuelven ariscos. Te miran con asco".

El portal www.sexo.cl funciona desde hace ocho años y, según su propietario, Pablo Mery, fue el primero en publicar ofertas de travestis en la web. "Antes de empezar llamamos a todo el mundo. Queríamos ver si el negocio era viable. Hubo chicas y chicos interesados, pero ningún travesti. Incluso algunos querían cobrar por aparecer en el sitio", señala. "No entendieron el sistema, pensaban que nosotros queríamos lucrar con sus fotos".

Todo cambió cuatro años después. "Comenzaron a llegar travestis argentinas y uruguayas algunas bastantes estupendas que sí conocían el sistema y decidieron publicar sus datos de inmediato. Ahí se abrió la categoría. Hemos llegado a tener 20 travestis al mismo tiempo. Ahora hay menos porque es por etapas. La mayoría viaja a otros países y regresa cada cierto tiempo", dice Mery.

Un ejemplo es Verena. Es alta, morena y pechugona. Según sus anuncios, tiene 27 años, pero reconoce que bordea los 30. Es ecuatoriana, pero vive en Chile desde el año 2005. Estuvo en Argentina hasta hace un par de semanas, pero no fue buen negocio y volvió rápido. "Estaba entre los precios más altos y cobraba apenas 50 dólares", cuenta.

En Chile su oferta varía entre 50 y 100 mil pesos, dependiendo del servicio. El más caro es el fisting (introducir la mano en el ano). Atiende hasta 10 clientes por día y sus ingresos mensuales superan los tres millones. "La mayoría de mis clientes pertenece al campo de la computación. También hay abogados, contadores y unos pocos son médicos. En general, profesionales casados y con hijos, aunque además vienen estudiantes, habitualmente de Vitacura o Las Condes, que por uno u otro motivo deciden vengarse de sus pololas", relata.

Verena vivió seis años en Europa. Ahí aprendió todas sus técnicas. En España se operó los pechos y se hizo varias liposucciones, pero no quiso cambiarse de sexo. "El aparato masculino es nuestro plus. Si no tuviera pene, ellos preferirían a una mujer de verdad", explica. "La fantasía del cliente es ser follado por una chica. De cada diez, ocho son pasivos. También me piden mucho el 69 con 'beso negro' y que eyacule en sus rostros. Otros pagan por vestirse con mi lencería y les gusta que los trate de putas mientras los penetro".

Verena que no quiere decir su edad por miedo a que sus clientes se desmotiven agrega que durante el acto sexual los chilenos somos amables y cariñosos, pero después aparece el cargo de conciencia. "Pagan una hora, pero se van antes. Tienen su orgasmo y se vuelven ariscos. Te miran con asco", señala. "Otra diferencia es que debo luchar mucho para usar preservativo. Si los penetro sin condón, ellos encantados; mientras que en otros países es el cliente quien exige protegerse".

Por sus publicaciones en la web paga alrededor de 150 mil pesos mensuales, pero lo considera una inversión. "Así selecciono a mis clientes. Al principio intenté trabajar en la calle, pero duré unos días. Fue terrible. Me asaltaron y trataron de agredirme. Dije no más. Arrendé un departamento en Nueva de Lyon y me publiqué en www.sexo.cl".

Para Mery, las ventajas de la web son innumerables: "La segmentación de mercado es óptima, pues el usuario de internet es muy distinto al del diario o de cualquier otro medio. Además, entrega total libertad para que las chicas cobren y ofrezcan lo que quieran. Evitan los peligros de la calle y pueden trabajar en forma completamente independiente".

SEXO EN LA CIUDAD

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8 kbSon cientos los travestis deambulando cada noche por Santiago. Algunos de los puntos más conocidos son El Golf, Vicuña Mackenna y Vivaceta, pero existen innumerables sitios de encuentro. Basta con ir al centro o Providencia y caminar unos minutos. Aparecerán por todos lados.

Casi siempre andan en grupos para protegerse de los ataques. Su especialidad es sexo oral en algún lugar piola, pero en ocasiones el cliente se anima y van a un motel. Rara vez se ocupa preservativo. Los precios varían entre los 5 mil y 30 mil según la atención.

Pamela trabaja en el barrio Brasil y acepta conversar un rato. Exige a cambio una cerveza. Entramos a un local y pedimos dos schops. Todos nos miran raro. Me cuenta que es peruana y que vive en Chile hace un año, en una pensión de Estación Central. Se niega a confesar sus ingresos mensuales, pero admite que gana más del triple de lo que obtenía en Perú. Gran parte de sus ganancias se las envía a su familia.

Tiene el rostro lleno de cicatrices, parece un hombre golpeado, pero su cuerpo es de mujer. Se operó las nalgas y el pecho. Las heridas responden a mil palizas recibidas. "Varias veces he terminado en el hospital con los huesos quebrados", explica apoyándose en la silla. Desde otra mesa un tipo la mira con odio, la mira con asco y se levanta. Tiene pinta de nazi. Está rapado al cero y viste completamente de negro.

"Casi siempre atiendo a tipos con trago. Se envalentonan y quieren que se lo chupe. Conozco algunos lugares donde no pasa gente y lo hacemos rápido", admite. "Pero en ocasiones atiendo a hombres que vienen por un rato largo. Su señora no les presta 'el chico' y se desquitan conmigo", agrega entre risas.

Terminamos la cerveza y nos vamos. El nazi hace una seña. Pamela va tras él y me deja solo. Decido seguirlos. Me descubren y tratan de evadirme. No lo logran. Se pegan manso atraque en una esquina y el sexo del tipo se pierde en la boca de Pamela. No molesto más. LND

La Nación

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