
Miércoles 25 de junio de 2008
Siempre pensé que lo que separaba un deporte extremo de uno estándar era la presencia o ausencia de perímetros demarcados, reglas de juego, relojes a contrarreloj. El deporte estándar tiene un espacio físico delimitado, donde uno observa a deportistas que actúan según reglas de juego bien definidas. Son deportes que, como espectáculo, están bajo control. No pasa lo mismo con los deportes extremos. Casi siempre carecen de perímetros establecidos. El tiempo excede o no alcanza a cubrir los tiempos aceptados para observar o practicar deportes.
Quizás lo extremo sea esa falta de orden, cierto rechazo a las reglas que rigen todo deporte y vuelven profesionales a quienes lo practican. O quizás los deportes extremos son una forma barata de promocionar bebidas energizantes y anteojos de sol. La línea que separa el deporte extremo del estándar no radica en la naturaleza de la actividad, sino en sus potenciales consumidores. Estos deportes apuntan a un consumidor joven, de buen poder adquisitivo, dispuesto a invertir tiempo y dinero en viajes, equipos, preparación. Se vende como parte de un paquete extremo mayor: la vida al límite, personalizada, alternativa, cool, siempre por el borde del sistema. Hay ropas, marcas, bebidas, accesorios, música, tatuajes, canales de televisión, revistas y cualquier cosa imaginable.