
Domingo 29 de junio de 2008
Por razones que no alcanzo a comprender la desidia, la pereza, el cansancio, el estrés que todo se lo lleva , me encontré viendo televisión toda la semana, zapeando entre los noticiarios y viendo los programas de reportajes en la noche.
Alguien dijo y perdí la cita que al ver los telediarios daban ganas de marcar el 133 de inmediato. La situación es peor. Arrancan las noticias con un mar de delincuentes, pauteados además en fila para que no haya escapatoria, permitiendo sólo la pausa del pronóstico del tiempo o la misma pauta repetida de noticias deportivas.
Pareciera que el único paraíso posible es el del consumo los avisos económicos y el fútbol en cualquiera de sus formas. Quedamos con mi mujer con el corazón en la boca. Luego los reportajes, cual más sensacionalista que el otro, pintando una sociedad en llamas, una ciudad de la furia, un espacio amenazado por todas partes. Se agradecía que algún programa otorgara alguna educación cívica demostrando que los que creemos beber poco bebemos demasiado a la hora de conducir, pero la utilización de imágenes de accidentes y retratos de accidentados revolcaba la náusea que ya nos habían provocado los telediarios.
Cosas así son las únicas que explican el éxito de la farándula. Ver a Pamela Díaz, ese extraño personaje que se ha ganado un sitio a punta de mala educación, teñida hasta el copete, parecía un oasis, y uno terminaba agradeciendo que en un canal se bailara sin importancia después del bombardeo de la semana y "El señor de la Querencia" para colocarle un poco más de color al asunto.
La crónica roja, que siempre existió y tuvo escritores fascinantes, parece haberse tomado el imaginario después de las nueve de la noche de manera inquietante. Lo veo en mis pacientes que suspiran y les late el corazón ante la revelación nocturna; la denuncia, como suele llamarse, de la cual se abusa como si abarcara a todo un universo y no solamente un sector. Se dilatan los programas utilizando mínimo material o se convierten en programas ya históricos, como "Mea culpa".
Hace mucho tiempo que dejé de ser pacato, fui crítico de televisión, el oficio imposible, por un buen tiempo, escribí para la televisión y estuve dentro del infierno que puede ser un programa de entretención familiar. La cosa es que quizá me ha hecho mal estar viendo cosillas del cable que seguimos religiosamente con mi mujer; mucho DVD, mucha salida, mucha conversación.
Lo cierto es que el país imaginario de cierto periodismo aterroriza y funciona a través del terror. Todavía no me recupero y noto que me veo obligado a farandulearme o buscar una comedia o sumirnos el uno en el otro con mi esposa abrazándonos ante este fin de mundo que es la única explicación de esta ciudad de alarmas y perros guardianes, donde efectivamente la delincuencia existe y las diferencias sociales crean una tensión ambiente muy molesta, pero que dista de ser la batalla campal que se nos muestra.
Hace décadas, la BBC no transmitía malas noticias los fines de semana. Hoy, la televisión es una alerta roja permanente. Ya sea por los rayos ultravioleta, la contaminación, los accidentes o el hampa. La cosa es que tal vez por eso estamos durmiendo mal. Preguntando si nos queda una pastillita, pidiendo una receta, buscando algo o alguien que nos calme y nos serene. LND
* Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.
