
Domingo 29 de junio de 2008
Ha sido necesario llegar a su natalicio para que se destaque la figura de Salvador Allende. A lo mejor, habrá que esperar otros cien años para que se vuelva a hablar del doctor. Su nombre no se recuerda con la frecuencia que se podría esperar. Y cuando eso ocurre, subrayan su temple para enfrentarse a los golpistas cuando La Moneda era reducida a un montón de escombros. Queda la impresión que se inclinan por embalsamarlo, momificarlo como un gran faraón del socialismo, pero cuyas ideas no tendrían cabida en el presente. Hay más interés en recordar el epílogo del 11 de septiembre de 1973 que el prólogo del 4 de septiembre de 1970. Podemos intuir que muchos opositores a la dictadura, o algunos miembros de la supuesta izquierda, opinan como la derecha. Es decir, que habría sido mejor que el socialista no se alzara con la victoria frente a Jorge Alessandri y Radomiro Tomic.
Es incuestionable que esos tres años de Gobierno no fueron precisamente un modelo de gestión. Muchos burócratas encargados de implementar los cambios demostraron que la administración del fustigado Estado les quedaba como poncho. La improvisación fue un granito de arena en esa debacle instigada fundamentalmente por el Tío Sam y la predecible tentación golpista de nuestra derecha y sus fuerzas armadas.
¿Y hoy? Varios sobrevivientes de esa época, así como la llamada generación de recambio, hacen sus chambonadas. Incluso con arrogancia, porque están convencidos de que todo lo hacen bien porque llevan un notebook en la mochila y una Blackberry en la mano.
Sin embargo, la existencia de algunos ineptos en los pasillos ministeriales no constituye una razón para invalidar las ideas de los sucesivos mandatarios de la Concertación. Es el mismo trato que debería recibir Salvador Allende.
Por otra parte, la admiración que puede suscitar su decisión de resistir hasta el último minuto no puede relegar a un segundo plano las transformaciones que se propuso emprender. Su dimensión histórica es mucho más que la muerte trágica de un Presidente constitucional. Y, sin ánimo de caer en el lugar común de la nostalgia, sus principios siguen vigentes.
Evidentemente, en esa época no se invitaba a instalar temas en la agenda pública. Tampoco había una corte de institutos, fundaciones y centros de estudios que, previo pago de abultados derechos de inscripción, convocaran a seminarios sobre la modernización del Estado, la transparencia, la corrupción, la lucha contra la pobreza, o reformas varias. Un gran despliegue, donde a menudo el elefante a duras penas logra parir un ratón.
Algunas propuestas son válidas, pero no hay lugar para ufanarse tanto porque muchas son una tautología de las 40 medidas del Presidente Allende.
¿O realmente hay muchas diferencias entre la reciente reforma y esa vieja idea de incorporar al sistema previsional a los pequeños y medianos comerciantes, industriales y agricultores, trabajadores independientes, artesanos, pescadores, pequeños mineros, pirquineros y dueñas de casa?
¿No hay relación entre la trillada probidad tan de moda en esta década y el principio de la honestidad administrativa de 1970?
¿Se puede catalogar de obsoleta esa idea de establecer el derecho a becas en la enseñanza básica, media y universitaria de todos los buenos alumnos, en consideración al rendimiento y a los recursos económicos de sus familias? Agreguemos los tribunales para resolver casos especiales como abandono del hogar, la asistencia médica sin burocracia, la creación del Instituto Nacional del Arte y la Cultura. Y hay más. Cuando se discute tanto sobre la eliminación de algunos impuestos, no está de más recordar que en esos años ya se proponía terminar con los gravámenes que afectaban a los productos de primera necesidad y el fin del impuesto a la compraventa.
Se nos ocurre que los grandes pensadores de este moderno Chile del siglo XXI, al menos, deberían reconocerle a Salvador Allende sus derechos de autor. LND