
Domingo 29 de junio de 2008
Como en el poema de Pezoa Véliz, la lluvia cae fina, grácil, leve, sobre un Puerto Montt grisáceo y triste. En las discretas dependencias de un hotel cinco estrellas, y con las miradas perdidas en un PowerPoint, los representantes de las más importantes empresas salmoneras de Chile escuchan, muy atentamente, al científico noruego Are Nylund.
El hombre es la máxima eminencia mundial en el tema del virus ISA, el mismo microorganismo que hoy diezma toneladas de salmones jóvenes en nuestro país, poniendo en riesgo mortal a la bullente fiebre del oro anaranjado. Tras meses de estudio, el biólogo de la Universidad de Bergen baja sus cartas en un veredicto final: "El análisis revela que el tipo de virus ISA encontrado es idéntico a los hallados en una compañía noruega de salmones. La misma compañía que ha estado vendiendo ovas a Chile, y sabemos por otros estudios que el virus ISA puede ser transmitido por la vía de los huevos".
¿Alguien puede ser tan chilenamente incauto como para creer que se trata de un lamentable error? Sabemos perfectamente que en el mundo de hoy esos fallos no existen. Y si los hay, son simplemente el resultado de la ingenuidad bobalicona de unos compradores que hoy esconden la cara, roja de vergüenza. El sabotaje es evidente. Y todos guardan un silencio sepulcral. Es el silencio de quien sabe que ha pecado miserablemente de oveja idiota en estos días lobunos. Un silencio de niñitos porros rajados en una prueba de adaptación a la ferocidad del comercio internacional. Se pueden firmar todos los TLC que queramos. Lo que no podemos hacer, en ningún caso, es olvidar que no hay fair play que corra.
Nada nuevo si miramos hacia atrás. En 1989, los productores chilenos de uva fueron víctimas de las maniobras arteras y descaradas de Estados Unidos, que impuso un embargo inédito al ingreso de esa fruta chilena. Tras hallarse un misterioso grano de uva de mesa envenenado con cianuro, las puertas se cerraron de golpe para esa fruta que, según todo indica, fue contaminada por encargo de los productores locales para sacar nuestros racimos de los supermercados y fruterías del paraíso de la libre competencia. Los bajos precios de nuestra moscatel, torontel, dedo de dama o coco de gallo tenían frenéticos a los viñateros gringos. Y claro, optaron por el camino corto al que son tan aficionados. La debacle en el sector fue total, y jamás se esclarecieron los detalles de esa bellaquería proteccionista. Cosa que no es rara en un país manejado por la Mafia y donde ni el asesinato de un Presidente se aclara. El misterio cayó como un manto y aquí no ha pasado nada. Queda meridianamente claro que somos un pequeño país al que se puede boicotear y sabotear sin temor a represalias. Una remota república en algún lugar del mapamundi, a merced de los grandes tiburones del comercio internacional y sus trucos, viejos como mear en la pared. Aquí va un caso histórico: el 22 de enero de 1934, Luis Alberto Vera recibe en su oficina de Illapel un telegrama en inglés en el que se le notifica que las autoridades norteamericanas han encontrado talco en el polvo de pimentón que él exportaba en sacos al mercado norteamericano. Se probó en laboratorio la falsedad de la acusación, a pesar de lo cual, y naturalmente, el negocio de Vera se fue a pique. Parece que estamos condenados a caminar sobre hielo muy delgado. Sólo nos queda esperar que la Virgen del Carmen tenga piedad de nosotros. LND