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  Ministerio de Educación: ¿también la tecnocracia?

  Ministerio de Educación: ¿también la tecnocracia?

  Podría presumirse que el listado de prioridades huele a concepciones tecnocráticas, economicistas y productivistas. Pero esa crítica quedaría corta. Al interior de las ciencias sociales también hay tendencias y escuelas calificables de tecnocráticas. Lo que refleja esa decisión es algo más profundo y delicado.

Domingo 29 de junio de 2008

Cuando la Concertación se ve forzada a definirse doctrinariamente, lo usual es que se autoidentifique como la reunión del humanismo cristiano y del humanismo laico. Por otra parte, siempre dentro del marco conceptual, la alta valoración de lo social y de lo societario se esgrime como uno de los postulados diferenciadores de los pensamientos de derecha.

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22 kbEsas dos ideas-fuerza, que tocan a las esencias intelectuales del progresismo chileno, dan derecho a deducir que la Concertación le asigna un papel relevante a las llamadas ciencias humanas y sociales. No obstante, la realidad indica que la discursividad humanista y asociativista de las elites y los aparatos de poder de la coalición no se condice con el nivel de atención que le han prestado.

Si hasta ayer esa contradicción causaba molestias y conflictos de baja intensidad, hoy debería motivar muy serias preocupaciones y a más de un debate enérgico. ¿Qué ha pasado?

Doña Mónica Jiménez de la Jara, ministra de Educación, según consta en la prensa, ha fijado los ámbitos prioritarios para postular a becas de especialización en el extranjero, en virtud de la creación de un Sistema Bicentenario de Capital Humano. Entre las prioridades establecidas no hay ningún campo que contemple áreas clave de las ciencias sociales y humanas. Ninguno. Téngase en cuenta que ese sistema va a contar con una capitalización de seis mil millones de dólares y pretende llegar a la cifra de 30 mil posgraduados en el curso de casi 10 años. Es decir se trata de un inmenso proyecto en el que, sin embargo, no tienen cabida alguna las ciencias de la sociedad y del "espíritu". ¿Qué pasó con las definiciones humanistas y con el interés por el desempeño y perfeccionamiento de las sociedades organizadas?

Podría presumirse que el listado de prioridades huele a concepciones tecnocráticas, economicistas y productivistas. Pero esa crítica quedaría corta. Al interior de las ciencias sociales también hay tendencias y escuelas calificables de tecnocráticas. Lo que refleja esa decisión es algo más profundo y delicado.

Refleja, ante todo, el sometimiento a una idea unilateral, unívoca y unidimensional del ser y deber ser de la modernidad. Idea que concibe a la modernidad como estadio histórico o proceso inconflictuado en sí mismo y definido "inhumanamente" por el natural progreso de las tecnologías. Así, la modernidad no debe ser pensada o discutida. La modernidad debe ser adquirida y aplicada. En definitiva, las prioridades efectivamente obedecen a criterios tecnocráticos, pero, además, neoconservadores.

Refleja, en segundo lugar, desconocimiento o ignorancia de grandes espacios problemáticos e intrínsecos a las sociedades modernas o en vías de modernización y que son, precisamente, los espacios de competencia de las ciencias humanas.

La modernidad acarrea infinidad de fenómenos multifacéticos de reconstrucción/deconstrucción que afectan radicalmente a las sociedades en su organización y funcionamiento. "Vivimos, por tanto, inequívocamente, en una época de democracia confusa", escribió Giovanni Sartori hace algunos años. Con el pasar del tiempo, esa frase se torna válida para todas o casi todas las instituciones, cuerpos de ideas, tipo de relaciones, valores y conductas sociales, etc., que habían regido ancestralmente las sociedades inmersas en la cultura occidental y cristiana. La modernidad ha puesto en interrogación y resquebrajado desde la figura del Estado-nación hasta la molecular estructura familiar tradicional. Y nadie medianamente informado podría decir que esas dinámicas estremecedoras de lo tradicional se han detenido o que las respuestas reconstructivas están al alcance de la mano.

Por el contrario, lo que se visualiza, con ópticas analíticas y científicas, es que todavía la modernidad está en fase expansiva y de profundización y que, por consiguiente, los fenómenos deconstructivos se harán más extensos, complejos y eruptivos, planteándoles a las sociedades amenazas críticas y desafíos de reordenamientos radicales.

¿Nada de esto tuvo en mente la ministra Jiménez al confeccionar o aprobar su lista de prioridades? Pareciera que no. Al menos así se deduce de sus propias palabras: "Más que fijarnos en las rigideces que nosotros les poníamos, lo que vamos a privilegiar son los desafíos del país ". Una de dos: o la ministra no ha registrado los problemas no-económicos que acompañan deconstructivamente a la modernidad o piensa que Chile está exento de desafíos de esa naturaleza.

El nivel de modernidad en que se encuentra hoy el país ya ha producido carencias significativas en áreas sociológicas, politológicas, antropológicas, sicológicas, etc. Carencias que redundan en falta o debilidades de diagnósticos y propuestas para un reordenamiento social, político e institucional que resuelva el desfase entre prácticas sociales generadas espontáneamente y las estructuras socialmente orientadoras y dirigentes. Un desfase que se hará tanto mayor, ergo, riesgoso, si, como se busca, Chile avanza en modernidad, pero en una modernidad sesgada, básicamente tecnocrática y sin modernizar el instrumental y la capacidad reflexiva y propositiva de las ciencias humanas.

Si eso no lo comprende una ministra de Educación, es irónico y un tanto patético, tratándose de un Gobierno progresista (humanista). LND

Publicado con autorización del Centro de Estudios Sociales Avance (www.centroavance.cl).

 

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