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  Réquiem por una Carmen

  ¿Y cómo nos arreglamos ahora sin la Carmencita? Seguro no hay respuesta pronta. Aquí a reina muerta no hay reina puesta, al menos tan rápido. El puerto baja en estos días un poco sus luces y entorna sus puertas por la partida.

Domingo 29 de junio de 2008

Cuando salía a las tablas parecía que recién había dejado el croché y el bordado al lado de la bolsa del pan recién comprado, con los batidos calentitos para el té con canela. Una mano de gato y al escenario. Se nos fue Carmencita, cuando el tiempo todavía la esperaba en el botecito para pasear de su Chipi Chipi.

Una noche, compartiendo la mesa con Carmen Corena en el Cinzano y comentando su amor por los boleros, los valses y el canto, dijo: "Miren, esta bien claro, yo canto porque si no canto me muero, y quiero morir cantando".

Nada de chingana con Carmencita. Ella arriba de las tablas era una profesional. Tampoco coqueteaba mucho con el público. Ella en lo suyo, y los parroquianos escuchándola y coreando el Chipi Chipi, aprende a bailar el ritmo del Chipi Chipi.

Será difícil para el Cinzano llenar el boquerón que dejó su partida. Porque siempre podrá ser recordada, pero su ausencia ya es absoluta. Cuando salga Alberto Palacios o Manuel Fuentealba a los tangos será imposible no pensar en ella. Ya no será anunciada por ellos. El único anuncio posible hoy es el de su muerte irreversible, que pone triste a un puerto que lagrimea la pérdida.

No era porteña nacida. Era de Coquimbo, pero aquí el puerto es uno sólo, no hay confusión. Anduvo por muchas partes, erró por la bohemia desde joven porque le gustaba cantarle a la noche. "Trabajé en muchos locales de vida nocturna desde joven, pero como yo nací cerca del mar siempre buscaba un puerto", dijo una vez.

En el Cinzano estaba desde 1986. Curioso, el bar existe en Valparaíso desde 1896. El bar cuyas tablas del piso que crujen de soportar tanta historia. Gastadas por el paso, no de los años, sino de los paños que le dan brillo para recibir cada noche de fin de semana a los que van a cargar sobre sus hombros los andamios de la memoria. Traicionera a veces, de punta y tajo, embrujadora otras, lastimera unas cuantas, vaciada hasta la última gota de la botella que la vuelve vida, avivada por el hechizo del lugar, aquel del rojo-azul con la Z grande al medio. Y el corazón verde como los pinos, los wanderinos.

Viéndola en la calle era una señora, una abuelita cualquiera del pueblo, con sus bolsos, las cosas de la casa, lentes de aumento enormes por culpa de su visión disminuida. Pero lo que no tenía disminuido era su cariño por quienes la aplaudían cada noche de fin de semana. "Porque por ustedes todavía vivo y canto", comentaba fuera del acogedor escenario del bar. Ese que es como un rincón de casa de cerro con ventana al mar, desde donde una tarde se admira encantado el abigarrado mapa que el viento dibuja sobre el agua.

¿Y cómo nos arreglamos ahora sin la Carmencita? Seguro no hay respuesta pronta. Aquí a reina muerta no hay reina puesta, al menos tan rápido.

El puerto baja en estos días un poco sus luces y entorna sus puertas por la partida. La neblina de la mañana la arropa húmedamente para llevarla donde ella quiso estar al final del tiempo. Donde sea. Quién sabe si como Bertina Campuzano, su verdadero nombre, o como Carmen Corena, el que la llevó a conquistar el alma de los enemigos del olvido. LND

 

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