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Historias y recuerdos de chilenos que crecieron bajo el gobierno de la UP
Los niños de Allende

Por Soraya Rodríguez

“Para que el niño tenga futuro y el anciano tranquilidad, debemos aprovechar los excedentes que producen economías e invertirlos planificadamente en el desarrollo económico y social de nuestro país”. Salvador Allende, discurso del 1 de mayo de 1971.

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22 kb"No quedan niños de esa época, porque los comunistas se los comieron a todos". La irónica frase refleja el mundo de contrastes que vivieron los chilenos que tenían más de cinco años y menos de 18 durante la década de los ‘70: una época de libertad y de volantines encumbrados arriba de los techos de las casas de la población, como de amenazas constantes contra los más débiles. Un espacio de luces y de sombras, pero sobre todo, de colores.

El medio litro de leche diario los hizo fuertes y los que pasaron el golpe militar fueron los mismos que dijeron basta a la dictadura en los ‘80.

Los Infantes y los Machucas nunca estuvieron más juntos en la historia de Chile que durante la Unidad Popular: varios iban a los mismos colegios y hasta jugaban juntos. Pero mientras unos tenían miedo, los otros estaban acostumbrados a dar la pelea.

En las casas de las poblaciones de Santiago, aquellas que surgieron de tomas como La Legua, La Victoria, San Gregorio y tantas otras, no había patios o eran muy pequeñitos. Por lo tanto, la vida se hacía arriba de los techos. Así fue para Carlitos y su amiga de la universidad. El techo de sus casas se transformó en un amplio espacio donde se podía hasta jugar a la pelota y sobre todo, ver los volantines con una perspectiva de sueños. "La UP fue en colores", recordó él hace tiempo, cuando quería ser hippie, pero americanista. Él con pantalones pata de elefante, ella con gina y ambos con flores y mirando a la calle cuando los "lolos" pintaban los muros al estilo Brigada Ramona Parra o Elmo Catalán, o cuando pasaban las marchas con el cura Rafael Marotto en La Legua a la cabeza o los Palestros en la Villa Sur. Ellos en los techos, haciendo una vida nueva.

Hace dos años (van a ser tres) Carlitos, como el angelito de Violeta, se fue para los cielos y dejó entre sus herencias un baúl con la más impresionante colección de cosas de la UP: el álbum de Música Libre, la completa impresión de estampillas del período, revistas miles (Ramona, Cabro Chico, Mampato, Amazonas, Ritmo, etc.), envases de yogurt (esos gorditos de vidrio) y discos por montones (entre ellos más de 20 versiones de El Pueblo Unido, la tradicional Muchacha Italiana, de Angélica María y otras tantas).

De esa generación hoy todos recuerdan algo. Para unos fue "atroz", para otros como un sueño... Son Infantes y Machucas, son, lo quieran o no, los niños de Allende, el Presidente que hizo de los niños su prioridad. Al crecer, nos hemos vuelto a encontrar, seguimos siendo los mismos niños y los pingüinos son nuestros hijos.

Allende, un mural y mi primer amor

"Fue en 1971, si mal no recuerdo. Tenía 13 años y hacía muy poco había estado en los trabajos voluntarios de la FECH. Yo trabajaba en la Brigada Ramona Parra del comité regional San Miguel del Partido Comunista; que dirigía el compañero Víctor Díaz.

Un día domingo en las paredes del Hospital Barros Luco empezamos a hacer un rayado que decía "El cobre ahora es chileno". Yo era el trazador y atrás venían todos los otros (más grandes que yo) que rellenaban. Estaba en eso cuando desde un auto negro bajó una rubia espectacular y detrás de ella un señor de unos 60 años, gordito y que miraba con mucha atención lo que hacíamos. Ella era rusa y era la traductora del señor. Me explicó que él estaba recorriendo varios países del Cono Sur filmando algunas cosas. Me pidió autorización para filmarnos a lo cual, por supuesto, accedí ¡era un ruso! Entonces bajó una gigantesca cámara del auto y se puso a filmar. Luego me pidió que por favor mirara a la cámara y explicara lo que estábamos haciendo y por qué lo hacíamos. Recuerdo que le dije que los muros eran como los diarios del pueblo y que la gente de izquierda no teníamos medios para dar a conocer nuestros pensamientos a la gente y por eso hacíamos esto. Cuando me preguntó qué es lo que estábamos escribiendo y por qué, le dije -vestido de brigadista: con casco, pinceles y esas cosas- que la principal riqueza de nuestro país era el cobre y que hasta ahora todo se lo llevaban los norteamericanos y que el compañero Presidente había tomado la determinación de nacionalizarlo, porque las riquezas del país debían ser para los chilenos y porque teníamos que financiar el medio litro de leche para los niños y la educación gratuita para nuestro pueblo. Cuando se iba le dije riéndome si me podía mandar una copia de lo que filmó y me dijo que se la mandara a pedir. Me dio su tarjeta. Roman Karmen. Mosfilm Moscú, rezaba. Me regaló un paquete de cigarrillos rusos, se subieron al auto y se fueron.

Tiempo después, el secretario regional de las JJCC de San Miguel (Oscar Saravia, el mismo que después traicionó y colaboró con la CNI), me comunicó que el comité central había recibido una invitación del Komsomol Soviético para que un grupo de niños chilenos viajara a la URSS al campamento de Pioneros en Ucrania (Kiev) y que el regional me había seleccionado a mí para que los representara. Imagínate: mi sueño de toda mi corta vida había sido viajar aunque fuera a Mendoza y ahora me pedían que preguntara a mis padres si me autorizaban a viajar por un mes a la "madre patria". Pues bien, viajé junto a otros nueve cabros chicos. Fue un viaje maravilloso y uno de los más bellos recuerdos de mi vida. Mientras estaba en Artek - así se llamaba el campamento- conocí a mi primer amor, el más inolvidable. Ella se llamaba Natasha Selushenkova, tenía 13 años, era más alta que yo y tenía un pelo que me recordaba el cuento Rapuncel que siempre me leía mi madre: largo y rubio.

Cuando me vine sufrí mucho con ese amor, tanto que nos hicimos una promesa: le dije que el 3 de agosto (día del cumpleaños de mi madre) de 1976, a las 12:00 hrs., junto al mausoleo de Lenin, la estaría esperando para no separarnos nunca más.

Esa fecha marcó mi vida, todo lo que hice desde allí en adelante fue pensando que tenía que cumplir esa promesa. Pero bueno, el resto es sabido, vino el golpe y las cosas tuvieron que adaptarse. Por eso, en 1974, tomé la decisión de irme a Argentina para poder tomar un barco desde allí y partir a Rusia en busca de mi amada. Mala suerte, vino el golpe en Argentina y tuve que resignarme a trabajar como un emigrante más.

La historia no terminó allí. La traductora que nos asignaron los rusos cuando estuvimos en Artek se llamaba Galia. Ella nos traducía el pololeo que tuvimos allá con Natasha y después nos sirvió de puente para seguir comunicándonos.

Después de Argentina volví a Chile e ingresé a la Universidad, sin embargo siempre nos carteamos con Natasha. Ella mandaba las cartas a Galia, esta las traducía y me las enviaba a Chile junto con el original. Eso lo hicimos aún en dictadura. Un día cualquiera estaba en Concepción estudiando y recibí una carta de Natasha. Me decía lo siguiente (casi literal porque nunca lo he olvidado) "...Querido Franklin, hoy te vi. Tú en la pantalla, yo en la sala. Han pasado 8 años, ya no sé si es mucho o poco, pero te veías igual como te conocí y lloré, lloré mucho ...". Cuando leí esa carta no entendí nada por lo que inmediatamente escribí a Galia y le pregunté a qué se refería Natasha. Meses después, Galia me explicó que en la URSS existía un director de cine muy famoso -no sólo allá, sino que en toda Europa- que había filmado durante la guerra civil española y otras cosas, que era fundamentalmente un documentalista de la historia y que tenía el premio Lenin. Su nombre era Roman Karmen. Me contó luego que él había hecho hace un tiempo una película que se exhibía en Europa y que se llamaba "Continente en llamas" y que esta película relataba los procesos sociales que se estaban viviendo en algunos países del Cono sur: Uruguay, Brasil, Argentina y Chile.

La película consistía en entrevistas a los Presidentes de esos países (todos de izquierda en ese momento), las que iban acompañadas con imágenes del país. Galia me contó que los únicos que hablaban eran los mandatarios, pero que en el caso de Chile hablaban dos personas: Salvador Allende y yo. "Tú estabas con un traje como de pintor y había unos muchachos atrás tuyo...", me dijo.

Nunca he podido ver la película, pero siempre me acuerdo del convencimiento con el que hablaba yo acerca de la nacionalización del cobre, tratando de convencer a este hombre que para mí no era más que un ruso turista con plata que quería guardar recuerdos de su paso por este país". (Franklin Santibáñez)

"El que no salta es momio"

"Tenía ocho años e iba a una escuela que se llamaba Escuela Superior de Niñas N 24 que estaba en Independencia. En el boliche de al lado se cambiaban revistas de monitos. Recuerdo que andaba poniendo pegatinas que decían UP junto a mi mamá, que había muchas marchas y que a mí me gustaba ir porque uno cantaba y gritaba `el que no salta es momio’. También me acuerdo que comprábamos pollo en un lugar especial, porque lo traía la JAP. No viví mucho el tema del desabastecimiento, había chancho (chino) en lata y otras comidas como esa, mucha fruta y leche (nuestro medio litro asegurado) que mi mamá me hacía en postres con sémola, porque me encantaba. ¡Mmmhh todavía.

Después me cambiaron de colegio a la experimental de niñas en Av. España. Era una escuela topísima. Había salón de actos, sala de música, piano, instrumentos para todas las niñas, sala de arte, etc. Las cabras chicas eran un poco pesadas, pero el colegio era estupendo y gratis. Es difícil sustraerme de que mi familia estaba muy metida en el Gobierno. Yo sentía que se estaba cambiando el mundo y mis recuerdos están llenos de colores como los murales. Había mucha actividad social, mi mamá estaba en todas y yo con ella: en los actos en las plazas, en el cerro San Cristóbal con el Quilapayún, en el Caupolicán, etc.

De hecho, recuerdo haber tenido conversaciones políticas (que divertido suena) con mis compañeras en 5 Básico donde había unas muy momias. Pero seguíamos siendo niños: jugaba en la plaza frente a mi casa con los vecinos al pillarse, al tombo, al alto y con mi bici, que se turnaba, pues era la única para unos seis cabros chicos. Cuando éramos más jugábamos Naciones en la calle, en un tiempo en que casi no había autos". (Aída)

Comité de Niños de la Unidad Popular

"Para la campaña de 1970, estando en 4 Básico y teniendo 9 años, creé junto a mis dos hermanos chicos y tres vecinos, en Puerto Montt, el "Coprosa": Comité de Propaganda Salvador Allende, que se transformó en "Conup" "Comité de Niños de la Unidad Popular" -con sus mismos 5 integrantes, entre 6 y 9 años- cuando Allende asumió el Gobierno.

Todavía se pueden ver en las murallas de nuestras casas los rayados con tiza blanca y letra de niños, llamando "a defender el Gobierno Popular".

El día del Golpe, después que nos devolvieron de los respectivos colegios que estaban en paro (nosotros no, obviamente)- el Conup se reunió y decidimos salir a "enfrentar" la asonada golpista y cantarle el "Venceremos" a los milicos que se habían tomado el Hospital que estaba al lado de nuestras casas.

Desde los árboles que colindaban con el Hospital, estábamos cantando de lo lindo cuando un militar nos sorprendió y nos apuntó con una metralleta diciéndonos: ‘¡qué están haciendo ahí niñitos!’.

Con mucho miedo salimos corriendo despavoridos a nuestras casas. Lo terrible es que a nuestros padres -de izquierda todos- no les gustaba que sus niños participaran en política, así que tuvimos que actuar "clandestinamente" durante todo el gobierno de la UP, y después... así seguimos ... por 17 años más. (Hugo)

La amiga que perdí

Tenía 16, pero ya me creía todo un hombre. Iba a marchas y salía por las noches a pintar en las paredes "No a la guerra civil" con mi amigo el huaso chascón. Andábamos por las calles del barrio sin miedo a los cogoteos, pero con susto a encontrarnos con alguna brigada "fascistoide", que andaban con pistola.

Era uno más de los niños y adolescentes que íbamos a cambiar el mundo ¿o no? En mi casa me reclamaban porque no dedicaba tiempo a la cola para el pan.

En el invierno del ‘73, pernoctábamos en el liceo, para impedir que se lo tomaran. En la noche lavábamos la camisa del uniforme escolar y a la mañana siguiente estábamos dispuestos para entrar a clases.

Corrió el rumor de que los de Patria y Libertad intentarían dinamitar la copa de agua potable del sector, al lado del liceo. Unos cinco estudiantes nos ofrecimos para hacer guardia y en un rincón del recinto quedamos encargados una compañera llamada Blanca y yo. Esa noche cayó mucha escarcha y nos entumíamos.

Así, en la madrugada y por primera vez, me dormí abrazándola para que no nos congelásemos. Ella era hermosa. Murió asesinada pocos meses después". (Víctor)

"El cobre es nuestro y la sonrisa de Allende"

"Tenía siete años y nos llevaron a Calle San Martín con Independencia, con banderitas chilenas, a una cuadra de nuestra Escuela 1, donde cursábamos primero básico. Un señor de bigotes, con lentes, nos sonrió y siguió hacia la Plaza de los Héroes. Allí, con el monumento de O Higgins de testigo, el Presidente Allende firmó la nacionalización del cobre, incluyendo el Mineral El Teniente. Fue en invierno y hacía frío. También estaba el Cardenal Raúl Silva Henríquez, el parlamentario Héctor Olivares y el grandote dirigente sindical Orlando Moraga, que habló con voz atronadora.

Por ahí andaba mi padre también, pañolero de la maestranza de la mina subterránea "más grande del mundo", como recitan los rancagüinos con orgullo.

En la Escuela nos regalaron un librito para colorear. Aparecían las chimeneas de la Fundición Caletones, Sewell en la montaña que pinté morada, y un minero con su casco y sus gruesos brazos sosteniendo una gran barra de cobre. Hacía sólo unas semanas, con el profesor Inostroza, habíamos aprendido a leer con el silabario. Así que pude pintar y leer las grandes letras que colorié a destajo. La frase nunca se me ha olvidado y es el Allende de mi infancia: "El cobre es nuestro". (Esteban).


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