
Domingo 6 de julio de 2008
Si en Chile hubiese un ranking de los eventos sociales exitosos, la inauguración de la galería de Patricia Ready encabezaría la lista. Lo digo porque fue impresionante lo que pasó. La lógica natural es que a estos eventos no siempre llega la gente que importa. Hay casos especiales en que la dueña organizadora coquetea con el mundo del poder y, naturalmente, convence a ministros de Estado y ex presidentes para que hagan presencia obligada. Pero no es lo habitual. Las exposiciones son visitadas por familiares y amigos del artista y sería todo. Los eventos sociales son parcos y recatados, pues aquí se inventó esa ley de que es de mal gusto que se note el lujo y la ostentación. Pero lo que pasó el lunes en Vitacura en la galería Patricia Ready fue concebido con parámetros de primer mundo. Hubo descaro en sacar toda la carne a la parrilla para ser la número uno en glamour, capital y convocatoria. La galerista hizo que la plutocracia saliera esa noche de sus casas y llegaron con sus zorros, pelos escarmenados, trapos importados y color, mucho color. Los hombres figuraban con pañuelos en el cuello y faldas. Desde el más formal hasta el más ondero experimentaban matices de sensibilidad homosexual. Esa que los muestra estéticos a destajo. Llegaron unas dos mil personas y quedaron boquiabiertas al ver el potrero que se construyó esta diva del arte.
Esa noche alguien me explicó que el poder de convocatoria de un evento de bien era directamente proporcional al bótox inyectado en el cuerpo de la directora. Y puede ser cierto. Me he fijado que mientras más presencia de toxina botulínica exista en las expresiones de la dueña de casa, el interés del público por verla y saludarla se multiplica como metástasis. Ésta no fue la excepción. No es por ser pesada, pero las mujeres millonarias o las que heredan tienen esa debilidad de preocuparse por perder las expresiones naturales que Dios les dio.
La socialité se le acercaba a Patricia Ready a más no poder, y no es para menos, si desde esta semana ella es la dueña de la galería más grande del país. Ella es una señora que lleva 27 años trabajando con el arte. Es la esposa de Juan Carlos Yarur, cuya familia es dueña del BCI y las farmacias SalcoBrand, entre otros negocios. Es una mujer rica que, en vez de dedicarse a viajar
como dice ella , decidió hacer un aporte a la comunidad. Pensó su potrero como un lugar donde los artistas sintieran una real preocupación estética y espacial por exhibir sus obras. Y lo logró. Pensó además en cada uno de los detalles. Le quitaba el sueño que no hubiera interruptores o enchufes que ensuciaran los muros donde Duclós inauguraría. Y se despertaba por las noches y anotaba qué elemento faltaba para hacer de su galería una experiencia social relevante.
La primera mujer importante que vi fue Carmen Waugh, acompañada de Luisa Durán. Cuando me percaté de ella pensé lo que es no tener plata. Carmen fue precursora del arte en Chile y le costó tanto todo. Fue sincera en reconocer que lo que se estaba viviendo ahí era maravilloso y lo decía convencida y cero rasgo de envidia. Francisca Sutil dijo que era apoteósico. Roser Bru, con su chasquillita de Mafalda, se tropezó con los garzones y lanzó un "espléndido". Isabel Aninat saludaba sosteniendo su brazo lesionado. Se acercó para decirme que era impresionante lo que su vecina había hecho. Ricardo Ventura-Junca confesó que fue de los primeros que le compró un cuadrito a Patricia. Le costó mil dólares y desde ese momento no dejó de ser muy amigo de la familia. La periodista Verónica López, junto a su mamá, Gladys Helfmann, armaron una dupla de elegancia que se mimetizaba con el desfile de accesorios que emperifollaban a la mayoría. Un grupo formado por Eugenio Téllez, Patricio Court, Rosario Santander, Jorge Edwards y Roberto Irarrázaval daban gracias a la vida de poder olfatear un trocito de Nueva York en el perímetro nacional. ¡Qué Tokio, qué Londres! Gracias, Patricia, decían en alta voz. Julio Jung, con traje a rayas manchado, entregaba lo mejor de sí. Dijo que era espectacular lo que veían sus ojos hace ya rato operados. A su lado, la rubia Alejandra Chellew por primera vez lanzó una frase. Estaban equivocados los que pensaban que no hablaba. "Esto es un aporte a Chile", dijo.
Estar ahí era como estar en un Transantiago en hora punta: pegoteados todos con todos. En un momento tuve la nariz de la neoyorquina Mari O'Neil metida en mi oreja. Y sentí a Patricio Melero, Rafael Fuentealba y a Arturo Fontaine, quien confesó que esto era "¡la raja!". Ignacio Pérez-Cotapos, Jorge Swett y Ramón Sauma quienes se irían más tarde al Da Carla estaban extasiados mirando lo que se podía mirar entre el gentío. Lo cierto es que estas personas pocazo pudieron ver las obras. Pero como lo importante es mostrarse y divertirse, lo otro no importa. El muralista Marco Cadis fue el elemento social de la noche. Saludado por nadie, dijo que tiene fe en que realmente el espacio pueda ser visitado por todo tipo de chilenos.
Después de los discursos y la bendición católica correspondiente, Patricia Ready se fue con Julita Astaburuaga que, pisco sour en mano, venía llegando de Perú al sector del auditorio. Ahí se sacó los zapatos para pasar la excitación y los nervios. Con su vestido del italiano Antonio Marras, insistía en alejarse de la multitud.
La jazzista Claudia Acuña no se despegó de Denisse Ratinoff, única mujer de la socialité que no habla como cuica. A Gracia Denisse la arrinconaban para comentarle que la habían visto en una subasta en Christie's, y Denisse, entera dijecita, hacía sentir bien a quien se le acercaba aunque no la conociera, como le ocurrió con la fotógrafa Paz Errázuriz. "Para mí, este es un Chile desconocido", sentenció la retratista. Y tiene razón, el primer mundo es desconocido para el 99,5% de la población. Si usted visita la galería y no hay nadie, no se sienta solo. Imagine que cuando se inauguró había tanta gente como cuadros maravillosos.