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  Puente de Huérfanos, el Brooklyn del centro

  Puente de Huérfanos, el Brooklyn del centro

  Aquí tienen cabida los deportistas mañaneros que botan el estrés pre pega en aisladas corridas al ritmo del MP3. También, las parejas de amantes furtivos, y los travestidos especímenes de la oscuridad, que suben a las heladas cumbres del puente a gritar el triunfo de un amor ocasional.

Domingo 6 de julio de 2008


Aunque no lo parezca, las reminiscencias de Brooklyn se oponen a este rincón. ¿El motivo?: la prepotencia minimalista de un estilo que deja fuera, de frentón, las grandes evocaciones monumentales "made in USA". Y aunque de todos modos la estrechez de este puente llena pleno centro de un aire impensado desde hace 15 años, cuando para cruzar la Panamericana el tranco obligado eran las calles que hoy circundan desde lejos esta llamativa estructura, se trata sólo de un solitario paseo peatonal que además de ofrecer un paso fácil desde el Registro Civil a los campos urbanos colindantes con la Universidad Arcis, se atiborra de los hálitos del residuo verde que se consume en los papelillos de arroz, y que suben en un jugueteo oloroso como una niebla que atesta los sentidos del transeúnte de espirituosas ganas de fumar. De observar la letanía: una soledad que a la hora del taco da pie a la distendida conversación.

Aquí, los sentidos se vuelan hacia las carreteras y hacia las cumbres urbanas que en invierno toman ese tono nítido y triste del nublado santiaguino. "Fumémonos un guarisnaque y quedemos Liz Taylor". Esa es la máxima de los oficinistas o de los quiosqueros y chocopanderos, que buscan, anhelan y encuentran aquí su minuto de libertaria parsimonia. Además, tienen cabida los deportistas mañaneros que botan el estrés pre pega en aisladas corridas al ritmo del MP3. También, las parejas de amantes furtivos, y los travestidos especímenes de la oscuridad, que a eso de la medianoche suben a las heladas cumbres del puente a gritar el triunfo de un amor ocasional. Un manoseo en los oscuros rincones cercanos al inutilizado ascensor. Un besuqueo que mezcla los jadeos de la emoción con los ajetreos asmáticos de un océano de tráfico que pasa por debajo como un cauce luminoso de rojizas estrellas interminables. Autos que se pierden en el silencio. El Metro que pasa y desaparece. El viento que corre, llevándose el humo paraguayo o verde hacia donde termina la realidad y empieza el cielo. Aquel cielo de terrazas Paz Froimovich por donde la superpoblación capitalina se asoma, igualmente anhelante de volar, esperando vacilantes, desde la altura de sus ventanales, dar el paso hacia el vacío.

 

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