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  "Conozco mejor a las mujeres que Camiroaga"

  "Conozco mejor a las mujeres que Camiroaga"

  Está convertido en un hit. La animación chacotera en un concurso de margarina en el "Buenos días a todos" le dio otro giro y ahora es éxito de sintonía y galán de las señoras. Acá Ricarte Soto, el nuevo bombón de cuarentonas, desnuda su nueva faceta, analiza las fallas del conquistador criollo y explica por qué las mujeres lo prefieren a él.

Domingo 6 de julio de 2008


Hace unos tres años, a Ricarte Soto (56), periodista y opinólogo del "Buenos días a todos", le llegó una iluminación que le alivió la carga que llevaba sobre los hombros. Una revelación que le permitió dejar de cuestionarse y sentirse como pollo informado en corral farandulero. Fue así de simple: un buen día se dijo a sí mismo: "El público al que le hablas no existe". Y convencido de esa verdad, dejó de sentirse incómodo en su nueva pantalla y se relajó. Después de pasar años preguntándose qué diablos hacía él, un periodista antes dedicado al comentario político y a la radio, en un espacio de comentarios de espectáculos, dejó de cuestionarse tanto y se despercudió de sus prejuicios. Tanto, que en la última Teletón no dudó en ponerse un disfraz de Lobo Feroz y pegarse un baile del koala con Luli versión Caperucita Roja. Tanto, que cuando el joven animador Felipe Camiroaga lo desafió hace un par de semanas en el matinal de Chile a animar un segmento de concurso de una margarina, Ricarte aceptó gustoso. Y cuando agarró el micrófono, simplemente se transformó en otro. En un animador chacotero, bailarín y divertido que interactuaba con las dueñas de casa al más puro estilo de Pepito TV, con Pindy (la periodista Fernanda Hansen) incluida. ¿Resultado? El rating subió un par de puntos, decenas de cuarentonas empezaron a llamar al programa para pedir más de Ricarte y aparecieron portadas con la nueva ricartemanía. Había nacido una nueva estrella. Un nuevo galán maduro llamado Ricarte Soto.

Ricarte, ¿qué te pasó cuando te viste en portada como el nuevo hit?
La sensación extraña dura unos diez segundos, pero ya estoy preparado. Sé que cuando uno está en la televisión hay muchas cosas extrañas que te pueden suceder, como verte en la calle. Esta cosa extraña de andar con un carné en la frente ya lo tengo asumido. Pero dejémonos de tonteras, esto es un privilegio.

¿Por qué?
Hay miles de personas que te escuchan opinar, animar. Eso es un privilegio. Y luego, evidentemente, hay un cierto confort económico, aunque no lo que la gente cree. Sí, vivo en clase media bien.

¿Clase media?
Clase media alta, ya. Igual a veces recurro a mi libreta de ahorros cuando estoy en apuros. Le puedo mostrar el auto que tengo: ando en un escarabajo, como un profesor de colegio subvencionado. Me gusta el lujo, pero no me gusta la ostentación

¿Qué lujos te das ahora que estás famoso?
Nada. Por la animación de este segmento no gano un peso más. Aparte de tirarme flores, nadie se ha puesto. Es una situación que explotó y nada ha sido planificado. Esto siempre lo subrayo: nunca he planificado nada en la televisión. Nunca presenté currículum para trabajar en televisión ni para animar un concurso de margarina.

¿Pero te subió un poco el ego?
Todos los que trabajamos en esto, evidentemente, tenemos ego. Todos quieren ser queridos de forma masiva. Lo que me parece extraño es que hasta antes del concurso, algunas telespectadoras decían que yo era serio e incluso pesado. Ahora hay unas que consideran que soy muy simpático y a aquellas que ya les gustaba como ya era, encuentran que me estoy desvirtuando.

¿Pero entonces ahora estamos perdiendo o ganado?
Ganando. Hay gente que le gusta cómo opino, y descubrir esta otra faceta me convierte en un personaje mucho más atractivo que antes.

Entonces, ¿ya eres rostro?
Digamos que una cara. Soy una cara- risas.

Animador clásico e informado

¿Dónde tenías escondido este lado más histriónico, Ricarte?
Siempre lo tuve. Soy muy simpático, siempre ando jugando. A los 15 años jugaba a ser locutor de radio: escuchaba a Freddy Hubbe y Davagnino en la radio Chilena, y a Hernán Pereira. Y después descubrí a Wolfgang Jack, un locutor negro que aparece en una película de Coppola que se llama "American Graffiti". Para mí, el sueño es esa soledad en la que está el locutor un sábado a las dos de la mañana, haciendo su programa en directo, hablándole a la gente él solo. Ése es el sueño que aún no puedo cumplir: estar en una radio que se escuche un sábado a las doce de la noche, programando música y hablando, pero solo, frente a un micrófono.

¿Pero éste es un personaje o es Ricarte en otro registro?
Ésta es una de las facetas, del lado C. El lado A es el columnista de LND. El B es el opinólogo y el C es el animador con unos tres registros diferentes.

Dicen que eres animador clásico, ochentero.
Me da mucha risa eso porque en los ochenta yo estaba en París. No tengo idea de esa tele y considero que no era buena: no puede haber buena televisión en dictadura. No puedes animar alegre así. Yo cuando animo estoy contento de verdad, no estoy fingiendo, me da risa estar bailando. Lo que pasa es que muchas veces en los programas tengo cara de tótem porque las tallas no me hacen reír. Pero animar sí me causa gracia: las personas deben encontrar extraño que este tipo esté bailando o preguntando lo típico de los concursos, cómo te llamas, dónde vives. Lo único que no me gusta es que tengo que levantar mucho la voz, ser demasiado ampuloso. Me gustaría hacerlo en un registro más bajo, pero es tanta la bullanga que hay que tirarse para arriba. Además, sin arrogancia, la gente sabe que soy más que un huevón que baila. Creo que soy una de las personas que más diarios y revistas del mundo lee en Chile.

¿Sí? ¿Cuántos te lees?
Me levanto a las 5:30 de la mañana y estoy hasta las 8 leyendo. Veo las portadas de los diarios alemanes y rusos, miro los diarios suizos, franceses, argentinos y todos los de Estados Unidos, incluyendo los de distintos estados. Leo todas las revistas que encuentro: "Caras", "Cosas", "Gente", "Paula", y hasta las revistas de belleza. Leo todo. Todo, todo, todo, porque me encanta.

¿Y para qué lees tanto si estás opinando de espectáculos?
La lectura no tiene un fin utilitario: leo porque leo y porque me ayuda a tener cosas para reflexionar. Todas las cosas me sirven; por ejemplo, cuando llegó Ingrid Betancourt, sé que Francia tiene siete de esos aviones para todos los ministros. Y también caché que cuando bajó del avión, el canciller francés estaba ahí. El resto de la televisión chilena no cachaba. Ahora, ¿para qué sirve esa huevada? No sé.

¿En qué quedamos, entonces?
Es una cosa de curiosidad. Muchas veces los medios son fomes porque son poco curiosos, se dan vueltas en lo mismo. No tiene que ver con la edad; no es que echen a los animadores por viejos, sino porque ellos no hacen el upgrade. No saben cuándo una imagen está pixelada, no saben usar Photoshop.

¿Y tú le pegas?
Sí, me manejo. Hay cosas que desecho, como los notebooks, porque son una vulgaridad; todo el mundo los tiene. Además tienen notebook, pero en realidad lo único que hay es el disco duro, porque ellos son incapaces de meterle algún contenido. Eso es como una caja de zapatos.

¿Dónde escribes tú?
Mi maletín es un pendrive. Es más piolita y no ando preocupado con la cuestión.

Galán sénior

¿Es verdad que ahora estás hecho un galán de señoras?
Sí, pero, modestia aparte, hace rato ya. Lo noto en la calle, con mi intuición y mi lado femenino. Hay algunas que me tocan la cara y me hablan. Ninguna me ha pasado el teléfono ni nada, pero me han dicho buen mozo, atractivo y tincudo. Una vez, en un avión, una azafata me agarró los cachetes.

¿Y tú cómo reaccionas?
Me pone nervioso, porque tú sabes que para ser fiel hay que reprimirse. No hay ninguna gracia que venga del cielo y yo, como no quiero caer, llego hasta ahí nomás.

¿A qué atribuyes este arrastre?
No sé, no sé.

Quizás es porque los caballeros están en extinción.
Puede ser. Es que los caballeros en Chile, incluso los treintones, soy muy despreocupados.

Y tú, ¿cómo te preocupas? ¿Eres pretencioso?
No, pero me carga sentir el cinturón apretado. Me carga, me siento pésimo. Por eso desde los 20 años que estoy a dieta.

Pero eres delgado.
Sí, pero soy comilón compulsivo: soy capaz de comerme un plato de ravioles después del postre. Y lo he hecho. Pero me cuido, porque si no ya sería una bola. Por eso voy al gimnasio desde hace cinco años. Voy como tres veces a la semana y hago una hora y media escaladora y máquinas. Después me meto al baño de vapor. Y me siento muy bien. También me gusta la ropa. Y si me falta mi eau de toilette Sauvage de Dior, me la compro.

¿Qué ventajas tiene un galán como Ricarte Soto versus un Camiroaga?
Yo creo que conozco mejor a las mujeres que Camiroaga. Llegué a Francia el 75, cuando todo el tema del feminismo era muy fuerte. Entonces viví esa época donde las mujeres no tenían amarras. Por eso sé desde los setenta lo que ellas piensan; sé que a ellas también les gusta el poto de los hombres, que esperan que los hombres tengan una estética, que les gusta que un hombre las haga reír. Pero los hombres chilenos son fomes porque son poco curiosos. Invitan a un restaurante, ¿pero de qué hablan? De negocios o de lo que hacen. Y tú no puedes estar toda una comida con la lesera de que fuiste a Lima a cerrar un negocio o que hiciste un MBA.

¿Qué buscan las mujeres en una pareja?
Buscan un padre. Por eso detesto la palabra gordo y gorda. Eso demuestra que esa relación ya no tiene ningún encanto. Quiere decir que son como los tíos de un jardín infantil que están criando hijos y que, aparte de eso, no hay nada más.

¿Cómo ves al galán criollo?
No tienen ningún sentido de la estética para vestirse. Hay reglas muy sencillas que aprendí en Francia: tus calcetines no pueden ser de otro color que el pantalón porque te corta la figura, hay combinaciones de colores posibles y otras imposibles. Pero acá todos se visten como gringos: andan con chaquetita azul, pantalones dockers crema con calcetines negros, bototos o mocasines café. Y botones dorados que ya no se usan. Todos se colocan chaleco con corbata. Esa tontera no se usa, la corbata no puede andar cortada. Además, algunos andan con cadenas, unos relojes horribles y anillos.

¿Y tu anillo, a todo esto?
Yo no uso anillo.

¿Por qué? ¿Desde cuándo?
Desde que las de cuarenta me felicitan.

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