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  Un oasis de dignidad

  Un oasis de dignidad

  En aymara y agradeciendo a la Pachamama, atestiguamos el lanzamiento de un texto de imágenes sobre los perdidos pueblos del altiplano. Ahí donde parecen no existir fronteras de Estado-Nación, se lucha por el agua y se recuerdan a los ancestros en noches de carnaval. Una postal de este lado de la tierra que no cumplirá 200 años, sino que miles.

Domingo 6 de julio de 2008


En la mitad del desierto más seco del mundo, una pequeña niña de cuatro años llegó a unas aguas termales buscando un milagro. Una ceguera incomprensible obligaba a su padre a transformarse en lazarillo en tiempos en que el Imperio Inca ocupaba una extensa línea territorial latinoamericana que llegaba hasta el norte de Chile. De fechas no hay certezas. Sin embargo, la leyenda traspasada de boca en boca cuenta que cuando la pequeña fue sumergida en las aguas, su mirada alguna vez perdida recuperó la luz. El agua tan escasa y valorada por estos lados había logrado lo que ningún curandero. Así nace el nombre de Mamiña, en quechua significa "niña de mis ojos".

Historias como ésta brotan como la quínoa en los pueblos andinos del norte de Chile. Y son precisamente esas miradas las que el fotógrafo Claudio Pérez, en una actividad gestada por el grupo de servicios Central de Restaurantes Aramark, logró plasmar en el libro "Comunidades" (Perú-Chile).

Cajamarca, Toconao, Pica, Cancosa y Mamiña aparecen en el registro que fue lanzado con comparsa incluida, en el mágico centro de Matilla, pueblo de 600 habitantes cercano a Pica donde todos se volcaron a las calles.

Con la iglesia ya restaurada por completo luego del duro terremoto que azotó la zona el 2005 la noche fue testigo de historias sobre las personas más viejas del lugar. Como la de Juan Lee, un comerciante chino que en época de crisis, según la versión de Camila Trabuco de sexto básico, fue muy generoso con los pobladores de este vergel llamado Matilla. "El chino" regaló alimentos a los habitantes, que incluso le robaban cigarrillos, pero él se dejaba ya que sabía que los necesitaban. En cambio su hermano José Lee corrió otra suerte ya que "por feíto" la gente nunca lo quiso y murió sin pena ni gloria.

BAJO EL LENTE

La tarde del jueves, y luego de una temperatura que sobrepasó los 35 grados, el oasis mágico, amparado en la soledad del desierto y la cadencia de su gente, fue testigo de un carnaval que tenía por motivo devolver a las comunidades un trabajo realizado en Perú y Chile.

La mirada de autor de Pérez conmovió a los presentes. "Sin ustedes, este trabajo no existiría", dijo casi sollozante el fotógrafo que ha documentado también el dolor de los familiares de Detenidos Desaparecidos, en medio de discursos a ratos corporativos y políticos que hablaban de desarrollo sustentable, responsabilidad empresarial y ayuda sin paternalismo. Y pese a lo sospechoso que pueden parecer este tipo de ofertas, al menos para los más descreídos, los rostros aymaras que desbordaron la plaza parecían felices.

Los acordes de la comparsa se fundían con el baile, y las piernas desnudas de las mujeres andinas se movían sin parar mientras una docena de jóvenes incansables soplaba bronces que podían escucharse hasta las afueras del pueblo. Los piscos, mangos y guayabas sour desfilaban ante la mirada complaciente de Carabineros que esa noche no tenían nada que resguardar. Mixturas y fiestas que sólo se dan en estas tierras del norte, donde el turismo combate a ratos con los intereses agrícolas, y donde la escasez de agua es un tema real y urgente que divide a la población entre apoyar o no a las mineras cercanas que generan población flotante, recursos y contaminación.

Pero la noche del jueves la fiesta superó las divisiones. Niños de ojos rasgados corrían comiendo cocadas mientras algunos conseguían identificarse en la exposición de fotos montadas en la mitad de la plaza, emocionándose con pudor.

Entre inciensos y hojas de coca se agradeció a la Pachamama por un libro que se transformó en la vedette y que fue entregado a las comunidades. Las mismas que recuerdan que el bicentenario es sólo una mirada occidental de las cosas. Porque estos pueblos llevan habitando el altiplano hace más de 10 mil años.

Y volando por una pampa que parece interminable, donde el sol en el desierto a veces no permite otra vida que ser contemplado por la arena, encontramos el colegio Padre Hurtado, donde los niños y sus cultivos demuestran que a veces un pueblo tan pequeño como Pica puede derrotar en el Simce a grandes colosos como los centros educacionales de Iquique.

Y Claudio Pérez afiló el lente y sacó testimonios o "fotos que deben leerse", de comunidades donde atribuir un país de origen es injusto, entendiendo que son culturas ancestrales anteriores al concepto Chile o Perú. "Esta hueá es dignidad", explica el fotógrafo mientras los niños de ojos rasgados corren.

Y el testimonio vuelve a quedar registrado, con un desierto y sus pueblos más vivos que nunca, entre frutos, aire puro y un amor perdido, buscando "la niña de mis ojos".

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