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  Sexo con robots

  "Sex and the city" es una montaña rusa que hay que ir a ver porque es la mejor expresión de pornografía femenina jamás exhibida en una sala de cine. Hay matrimonio, regalos caros, frapuccinos, falos, compras inútiles, referencias a libros de autoayuda pelotudos y todo lo que les encanta a las chicas de la casa.

Domingo 6 de julio de 2008

Según proyecciones de David Levy, experto en robótica, en unos 50 años más o menos lograremos follar con equipos de sonido y nintendos wii. La promesa de un mundo donde los robots se encargarán de nuestros deseos está más cerca que nunca. El fin de semana pasado fui a ver "Wall-E", una tostadora con sentimientos, y el martes fui a la premiere de "Sex and the City", que también tiene a Sarah-Jessica Parker, que es tan sexy como una aspiradora.

Igual ya era la función clase Z, así que no estaba la Bolocco ni nadie de su estirpe. Los más lindos éramos Julio César y yo. Pero eso no impedía que la gigantesca cantidad de hormonas femeninas expelidas en mayor volumen que las de una pieza con Raquelita Calderón se manifestase durante toda la eternidad de la cinta.

Las dos veces fui al cine con mi novia. Debo admitir que estoy enamorado porque me encanta el sonido que emite su boca cuando come cabritas. Y estoy en condiciones de decir que la crítica masculina comete un error al analizar "Sex and the city" basándose sólo en que demuestra que los hombres somos una basura radical, cuestión que es tremendamente cierta. Yo mismo admito que he tenido la experticia como para jamás haber logrado dejar a nadie, y, en cambio, haber sido tan voluntariamente irresponsable, cobarde e hinchapelotas como para que siempre me dejen a mí. Pero lo esencial es invisible a los ojos, como dijo un famoso homosexual que no salió del clóset. En realidad, lo que a uno le molesta es la consumidora pedorra de esta clase de productos; esa que piensa que riéndose como hiena y paseándose por Isidora Goyenechea junto a otras tres treintonas ninfómanas faltas de sexo va a ser igualita que estas cabras de Nueva York.

"Sex and the city" es una montaña rusa que hay que ir a ver o tolerar, si usted no superó la Edad de Piedra , porque es derechamente la mejor expresión de pornografía femenina jamás exhibida en una sala de cine. Hay matrimonio, regalos caros, frapuccinos, falos, compras inútiles, referencias a libros de autoayuda pelotudos y todo lo que les encanta a las chicas de la casa. Pero también provoca el placer de ver qué es lo que goza la pareja de uno y así entender por qué no es buena idea regalarle el DVD con la gloriosa campaña de Colo Colo '91.

Si en "Sex and the city" el mundo es una frialdad extrema, propiciada por la compra desenfrenada y el infantilismo del macho contemporáneo, en el de "Wall-E" los nostálgicos de un planeta sin destrucción ecológica son las máquinas, y los humanos somos sólo gordos adictos al MSN que no se tocan.

En la penúltima "Rolling Stone" salió una nota sobre Larry Brilliant, el gurú de Silicon Valley que los chicos de Google eligieron para, con sus ganancias, construir "un mundo mejor" usando la energía de forma más decente. Steve Jobs utiliza la apariencia de un profeta en sus presentaciones. Pero no hay de qué extrañarse: la Biblia es un manual de colonización para tribus y niños que piensan que Adán y Eva de verdad existieron. "Wall-E" es el testamento creacionista de la web 2.0. Un upgrade religioso y evangelizador, que trae un mensaje de esperanza pero también relata una época de hombres perdidos, en plan infantil. En el fondo, es una obra de arte con robots que se demuestran afectos, aunque tengan corazones tan plásticos como los de las chicas de Nueva York tan rascamente emuladas en los parajes de José Miguel de la Barra Village o Manuel Montt Soho.

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