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  La felicidad

Domingo 6 de julio de 2008

La noticia de la semana ha sido el rescate de Ingrid Betancourt. Después, la inflación que vuelve a resucitar en el imaginario nacional. Todo esto tiene que ver, sin embargo, con una nota menor que pasó algo inadvertida en los medios: la felicidad de los chilenos. La encuesta es norteamericana y prestigiosa. En un ranking de países, aparecemos en el lugar 27 entre 93, por debajo de muchos otros de nuestro continente. Puntea Dinamarca, al cual es fácil imaginar como un país perfecto con sus casitas Lego. No en vano, Lars von Trier señalaba que inventaron el cine Dogma (realizado con mínimos recursos, sobre temas candentes y dramáticos) para librarse de la tranquilidad del país y de la, a ratos, insoportable democracia en los estudios, donde cada plano era discutido hasta por los electricistas. Lo que llama la atención es que también estén en la cima países como Venezuela y la misma Colombia, la de los 700 rehenes, las FARC, la narcoguerrilla y la incertidumbre sobre el fin de los enfrentamientos. Nosotros, con el paso al libre mercado, con cifras macroeconómicas todavía más que aceptables, habiendo vivido años de democracia y prosperidad, confesamos que no somos tan felices como se supondría. Lo cierto es que la felicidad es algo raro de definir. Hay quien dice que es apenas un momento y requiere un desarrollo de la conformidad y la flexibilidad para aceptar momentos difíciles que quizás ha desaparecido en nuestro país, donde la promesa del paraíso está en toda la publicidad y se convierte en una especie de tierra prometida que nunca llega, un mesías que aparece a destiempo y una frustración permanente.

Los sociólogos hablan de la desaparición de redes de amistad reales, de apoyo y respaldo, en un medio que se ha vuelto infinitamente más competitivo y poco confiable. También, cómo no, se aparece el alto nivel de endeudamiento. Otras encuestas señalan la sensación de haberse endeudado irresponsablemente, de haber mordido demasiados anzuelos, de quedar encadenados a los trabajos y a los salarios que se pueda con tal de pagar las deudas que reemplazaron a los ahorros para la mayoría de la población. El estrés de un país que se ha ido convirtiendo cada vez más trabajólico se multiplica ante un fin de mes incierto.

De alguna forma, y conservando las distancias, el sistema de deudas múltiples nos convierte en una suerte de rehenes atrapados por nuestra propia fantasía y donde no hay a quién culpar, fuera de nosotros mismos, por la ingenuidad del avance en efectivo y el triunfo del deseo sobre la realidad. Los colombianos y los venezolanos pueden vivir un cúmulo de tribulaciones, pero no son las que afectan esta extraña dimensión, tan subjetiva, de la felicidad. Nosotros, los que nos creíamos alguna vez los jaguares de América Latina, resulta que estamos estresados como animales en una jaula del zoológico neoliberal. Jaguares tal vez, pero en cautiverio. Difícil que confesemos que somos felices. Las jaulas de las deudas son estrechas y se multiplican sobre sí mismas como un laberinto. El sentido de la vida se desvanece y crece el índice de depresiones y el malestar en la ciudad. La urbanización ya no apareció y los sistemas de locomoción no funcionan. Mientras tanto, los políticos se canibalizan entre hermanos y nosotros esperamos una operación de inteligencia (nuestra) para autorrescatarnos de un sistema que nos ha atrapado mucho más de lo que podríamos imaginar. En años duros como 1972, una encuesta sobre satisfacción de los chilenos arrojó un país mucho más tranquilo consigo mismo, por encima de la situación de crisis que se vivía. ¿Tendrá que ver la felicidad con un sueño utópico? ¿Con una esperanza, por borrosa que sea? Si es así, vivimos años algo desesperados. El IPC sube, la PSU manda, la LGE no convence. Y nadie viene a rescatarnos.

* Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.

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